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sobre Beriáin
Antiguo pueblo minero (potasa) transformado en zona residencial cerca de Pamplona; conserva su casco antiguo
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A primera hora, cuando la luz todavía entra de lado sobre los campos de cereal, Beriáin huele a pan reciente y a tierra removida. Algún coche cruza la autovía cercana con un zumbido constante, pero en las calles del pueblo el día arranca despacio. Las casas bajas se agrupan alrededor de la torre de la iglesia, y el sonido de las campanas marca las horas con una calma que contrasta con la cercanía de Pamplona, apenas a unos minutos en coche.
El pueblo que creció con la mina
Si subes hacia el antiguo poblado ligado a la explotación de potasa, el trazado cambia. Las calles son más rectas, las casas se alinean como si alguien hubiese dibujado primero el plano y luego hubiese levantado el barrio encima.
La mina transformó Beriáin a mediados del siglo XX. Hasta entonces era un núcleo pequeño, agrícola. Con la actividad minera llegaron familias de muchos lugares de España: Andalucía, Extremadura, Castilla. En pocos años el pueblo multiplicó su tamaño y aparecieron bloques de viviendas, equipamientos y ese poblado que aún hoy conserva un aire distinto al casco antiguo.
Al caminar por allí se notan los años. Hay jardines algo descuidados, farolas que han perdido pintura y algunas persianas que llevan tiempo bajadas. Aun así, al caer la tarde todavía se ven vecinos sentados en los bancos hablando despacio. Muchos trabajaron bajo tierra cuando la mina estaba en plena actividad, y las conversaciones suelen acabar volviendo a aquel tiempo en que los camiones salían cargados y el polvo rojizo se pegaba a la ropa.
La iglesia en el centro del pueblo
La iglesia de San Martín ocupa el mismo lugar desde hace siglos, dominando la plaza con su torre de piedra clara. El origen del templo se remonta a la Edad Media, aunque el edificio que se ve hoy tiene añadidos y reformas posteriores.
En la portada aún se reconocen relieves románicos bastante sobrios. Dentro, la luz entra filtrada por ventanas estrechas y el olor es el de las iglesias que siguen abiertas cada semana: cera, madera vieja, un poco de humedad en invierno.
En documentos medievales ya aparece mencionado el pueblo, y se sabe que las epidemias del siglo XIV golpearon con fuerza a muchas localidades de la Cuenca de Pamplona, incluida esta zona. Son episodios que hoy sobreviven más en la memoria transmitida que en detalles precisos, pero ayudan a entender lo antiguo que es este pequeño núcleo frente al crecimiento reciente del siglo pasado.
Campos abiertos a la salida del pueblo
Basta caminar unos minutos desde las últimas casas para encontrarse con caminos agrícolas que atraviesan campos muy abiertos. En primavera el cereal cubre todo de verde y el viento lo mueve como si fuese agua. Entre las parcelas aparecen manchas rojas de amapolas y alguna hilera de olivos viejos que llevan aquí más tiempo del que muchos vecinos recuerdan.
Por la mañana es fácil ver aspersores en marcha cuando empieza el calor. El agua dibuja arcos breves sobre la tierra y deja ese olor húmedo que dura unos minutos antes de que el sol lo seque.
También es zona de paso de rebaños. A veces se oyen los cencerros antes de ver a las ovejas cruzando lentamente por los caminos que bordean el pueblo.
Cuándo acercarse y qué tener en cuenta
La primavera suele ser el momento más agradecido para caminar por los alrededores. Los campos están verdes y el aire todavía no pesa. En verano el sol cae fuerte al mediodía y conviene moverse temprano o esperar a última hora de la tarde, cuando la luz baja y el calor afloja.
Los domingos por la mañana el centro tiene algo más de movimiento. La gente se saluda en la plaza, los niños corretean cerca del ayuntamiento y la conversación se alarga un rato antes de volver a casa.
Para llegar basta con tomar la autovía que conecta Pamplona con el sur de Navarra; el desvío hacia el pueblo está bien indicado. La cercanía con la capital hace que muchos lo vean casi como un barrio más de la comarca, pero cuando te quedas un rato —sobre todo al atardecer, cuando el ruido del tráfico se vuelve lejano— el ritmo cambia.
Desde la parte alta del antiguo poblado se ve toda la llanura de la Cuenca de Pamplona extendiéndose hacia el norte. Los campos, las naves industriales dispersas, la silueta de los montes al fondo. Una mezcla de campo, historia minera y vida cotidiana que explica bastante bien lo que es hoy Beriáin.