Artículo completo
sobre Pamplona
Capital de Navarra mundialmente famosa por los Sanfermines; combina historia medieval con zonas verdes y una rica gastronomía
Ocultar artículo Leer artículo completo
La lluvia de abril golpea los adoquines de la calle Mercaderes con ese sonido metálico que tienen las piedras viejas. En el interior de la catedral, el silencio huele a incienso y a piedra fría. Un grupo de peregrinos se quita las mochilas y se masajea los hombros marcados por las correas. Llevan andando desde Saint‑Jean‑Pied‑de‑Port, varios días ya, y Pamplona suele ser la primera ciudad grande que pisan en el Camino. Afuera, las campanas repican las ocho. Bajo los soportales del ayuntamiento empiezan a abrir las primeras persianas mientras alguien cruza la plaza con el paraguas torcido por el viento.
La ciudad que se abre paso entre los siglos
Desde el mirador de la Media Luna, la ciudad se extiende como un mosaico de tejados rojizos interrumpidos por las torres de Santa María. La catedral, vista desde fuera, parece más contenida de lo que uno imagina al oír hablar de ella. Dentro cambia la escala: el claustro es amplio y silencioso, y la luz entra sesgada por los arcos apuntados, dibujando triángulos dorados sobre la piedra. Si vas a primera hora de la mañana, a veces solo se oye el roce de los pasos y el eco de alguna puerta que se cierra en la nave.
En el centro, las murallas conviven con calles comerciales y con los bares donde la chistorra aparece en bocadillo casi a cualquier hora. La Ciudadela, esa estrella de cinco puntas que mandó levantar Felipe II, ya no protege de nada. A media tarde se llena de gente paseando, estudiantes tumbados en la hierba y niños aprendiendo a montar en bici. Los jardines interiores huelen a césped recién cortado cuando empieza el buen tiempo. En un banco, alguien lee el periódico sin levantar la vista aunque pase medio Pamplona por delante.
Cuando la ciudad se viste de blanco y rojo
Julio transforma Pamplona en algo completamente distinto. A las siete de la mañana, la plaza Consistorial mezcla olores de vino, café y suelo recién baldeado. Los mozos corren delante de los toros con esa mezcla de miedo y euforia que se contagia incluso a quien solo mira desde detrás de las vallas. Las calles estrechas del casco antiguo retumban con tambores y txistus, y muchas fachadas acaban salpicadas de vino tinto antes de que el día llegue a la mitad.
Pero los sanfermines no son solo el encierro. También están las peñas cantando a coro en cualquier esquina, las abuelas que cuelgan sábanas desde los balcones para proteger la ropa tendida, los niños jugando a toros en los parques con pañuelos rojos demasiado grandes para su cuello.
Si vienes en esas fechas, conviene evitar el casco antiguo entre las ocho y las diez de la mañana si no te interesa el encierro. A esa hora el parque de la Taconera suele estar tranquilo: los ciervos se mueven despacio bajo los castaños y apenas llega el ruido del centro. Otra opción es cruzar el Arga y subir hacia el monte Ezkaba. Desde arriba, la ciudad queda extendida como una maqueta y se entienden mejor las murallas que la rodean.
El sabor de lo que se come de pie
En los mercados de la ciudad, las pochas de Navarra aparecen a finales de verano todavía con algo de tierra pegada a la vaina. Los vendedores suelen repetir lo mismo cada año: que son delicadas y que su temporada es corta. Fuera de esos meses, lo que se encuentra ya es otra cosa.
La chistorra se fríe rápido y chisporrotea en la plancha mientras se tuesta el pan. El olor a pimentón se queda pegado a la ropa si entras en una cocina donde la estén preparando. También siguen apareciendo platos de cordero guisado despacio, de esos que se hacen durante horas y que perfuman la casa entera.
Al caer la tarde, mucha gente sale simplemente a picar algo y a tomar un vino. En calles como San Nicolás o San Gregorio, las barras se llenan de pequeños bocados: queso, pimientos, pan crujiente todavía tibio. Se habla apoyado en la barra o directamente en la calle, con ese murmullo continuo que sube y baja según avanza la noche.
El río que atraviesa la ciudad despacio
El Arga serpentea bajo varios puentes de piedra y marca un ritmo distinto al del centro. A primera hora de la mañana, antes de que las cafeterías se llenen, algunos peregrinos cruzan el puente de la Magdalena con las botas todavía húmedas del día anterior. Desde ahí se entra a Pamplona caminando entre árboles.
La ruta fluvial que sigue el río hacia Villava es uno de los paseos más usados por la gente de aquí. El sendero discurre entre chopos altos y praderas donde suelen verse patos, garzas y corredores que van y vienen sin demasiada prisa. En otoño, las hojas cubren el camino con un crujido seco bajo las zapatillas.
Al atardecer, la luz se queda unos minutos más sobre las murallas del casco antiguo. La piedra toma un tono dorado apagado y el río refleja ese color como si fuera una lámina de metal. Es una de esas horas tranquilas en Pamplona, cuando la ciudad baja el volumen antes de que vuelvan a llenarse las calles del centro.