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sobre Villava
Cuna de Miguel Induráin; localidad compacta unida a Pamplona con fuerte identidad y vida cultural
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A las ocho y media de la mañana, el sol entra rasante por la calle Mayor y enciende el Rollo de Justicia como si fuera un farol. La columna toscana, más de dos metros de piedra gris que ha visto pasar siglos, todavía conserva el frío de la noche cuando la tocas. Si uno piensa en el turismo en Villava, conviene empezar así, temprano, cuando el pueblo aún bosteza. Aquí no hay casi nadie. Solo el ruido seco de una persiana que sube y el olor a pan recién hecho que se escapa de alguna casa.
El pueblo que no quería dormir
Villava —Atarrabia, según quién lo diga— es ese vecino que se levanta antes que Pamplona. Está a apenas cuatro kilómetros de la capital, pero el ritmo cambia en cuanto cruzas el puente. Los caminantes del Camino Francés lo atraviesan a menudo sin darse cuenta de que han cambiado de municipio: las aceras se ensanchan, aparecen terrazas incluso cuando el aire corta la cara, y alguien ha pintado de azul el banco junto al frontón.
El casco viejo cabe en tres calles que convergen en la iglesia de San Esteban, tan baja y ancha que parece agacharse para no molestar a las casas.
Dentro, el olor es mezcla de cera y piedra húmeda. La iglesia tiene partes que se remontan a la Edad Media, y esa sensación de frescor antiguo sigue ahí. A media mañana, el sol entra por el óculo del ábside y dibuja un círculo de luz en el suelo que se mueve despacio. Afuera, en la plaza, es fácil oír conversaciones en euskera con acento de la Cuenca: erres suaves, frases cortas, gente que habla mirándose a la cara.
Donde el río cuenta otra historia
El Arga pasa discreto por el norte del pueblo. No es el tramo urbano de Pamplona, más ancho y más transitado. Aquí el río todavía conserva algo de borde de huerta. Durante siglos movió molinos y pequeños talleres ligados al agua; hoy lo acompaña el parque fluvial, una franja verde donde los perros corretean sin demasiadas normas y los ciclistas pasan sin prisa.
En primavera, los chopos sueltan esa pelusa blanca que flota en el aire. Si vas hablando mientras caminas, alguna termina inevitablemente en la boca.
El sendero lleva hasta el puente de la Trinidad, con varios arcos de piedra sobre el río Ulzama poco antes de que se junte con el Arga. Desde ahí se ve Arre, que pertenece al municipio pero mantiene aire de núcleo aparte. La ermita de la Trinidad, con su ábside románico encajado entre edificios más recientes, funciona hoy como albergue de peregrinos. A ciertas horas suele salir olor a cocina por la puerta: alguien calentando sopa, mochilas apoyadas contra la pared, botas secándose.
Cuando el pueblo se viste de fiesta
El 30 de noviembre, día de San Andrés, todavía se mantiene la costumbre de bendecir panes. Se ven cestos con hogazas redondas marcadas con una cruz, colocadas cerca de la iglesia antes de la procesión. Durante un rato la calle Mayor huele a mezcla de incienso y masa caliente.
En febrero llega San Blas y con él una feria que mezcla puestos de ropa, dulces y alguna rifa. Ha cambiado bastante con los años, pero sigue siendo uno de esos días en que el pueblo entero baja a la calle aunque el frío apriete.
Lo que no te cuentan en las guías
Villava tiene dos nombres oficiales desde hace décadas, pero mucha gente sigue diciendo “Villava-Atarrabia” entero, como si fuese un apellido largo. Los mayores del barrio de la Estación aún dicen “voy a Pamplona” cuando cruzan el puente de Santa Engracia, aunque en realidad apenas se han movido unos metros.
La antigua Escuela de Peritos, un edificio rojizo con ventanas altas que recuerda más a un cuartel que a un campus, forma hoy parte de la universidad. A mediodía los estudiantes se sientan en los escalones con el táper o el bocadillo. Si pasas por allí sobre las dos, el aire suele oler a comida recién calentada: tomate frito, arroz, algo guisado.
El frontón cubierto de Atarrabia tiene una acústica curiosa. El golpe seco de la pelota rebota por todo el recinto y se mete en el pecho. Algunas tardes se ven partidas lentas de veteranos: silencios largos, pasos cortos, ese “uf” cuando la pelota se queda corta. En las gradas hay montones de abrigos doblados; dentro siempre hace más calor del que uno esperaba.
Cómo y cuándo
Primavera suele ser el momento más agradable para pasear por Villava. El parque fluvial se llena de verde y el olor a tierra húmeda todavía no pesa en el aire.
Conviene informarse antes de venir en ciertos fines de semana de otoño: cuando la zona acoge grandes celebraciones populares o eventos culturales, el pueblo cambia bastante y las calles se llenan de gente.
Si llegas en coche, lo más sencillo suele ser aparcar en las zonas deportivas y bajar caminando hacia el centro. Son unos minutos cuesta abajo entre bloques de viviendas y pequeños jardines.
También hay autobuses urbanos desde Pamplona que paran cerca del centro. Desde allí todo queda a distancia de paseo.
Al atardecer, cuando se encienden las luces del frontón y el Rollo proyecta su sombra larga sobre la calle, Villava huele a pan tostado y a río. Es una hora tranquila: los ciclistas vuelven del parque fluvial, alguien sacude un mantel desde un balcón y el pueblo recupera su nombre más antiguo, el que todavía se oye en muchas conversaciones: Atarrabia.