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sobre Esteribar
Valle alargado que acompaña al río Arga y al Camino de Santiago hacia Pamplona; incluye Zubiri
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Las campanas de Zubiri repiquetan a las seis de la mañana cuando el cielo todavía es un gris azulado. En el albergue municipal, los peregrinos se mueven como sonámbulos, buscando las botas con los pies dormidos. Afuera, el río Arga baja cargado de la noche, oscuro y frío, y el aire huele a pan recién hecho que sale de algún horno del pueblo. Esteribar empieza así, antes que el sol, antes que los coches, cuando solo se oye el crujir de las mochilas que vuelven a ponerse en marcha.
El valle que camina
La comarca se estira entre Pamplona y el Pirineo navarro, unos cuantos kilómetros de valle estrecho donde la tierra rojiza acaba pegada a las suelas. Es un territorio de casas de piedra gris, tejados oscuros y hayedos que en octubre viran hacia el cobre y el rojo apagado. El Camino de Santiago atraviesa Esteribar de sur a norte y marca el ritmo de varios pueblos: Zubiri, Larrasoaña, Zuriáin, Akerreta. Todos mantienen una escala pequeña, de las que todavía permiten reconocer a la gente al cruzarse por la calle.
El paisaje se abre en valles laterales que entran hacia las sierras calizas. Por las mañanas, no es raro que la niebla se quede atrapada en el fondo mientras las copas de los árboles asoman por encima, como pequeñas islas verdes. En invierno el sol tarda en entrar y las casas guardan el olor de la leña quemada la noche anterior, ese humo dulce que se queda en la ropa cuando caminas por las calles estrechas.
El puente que cura
En Zubiri, el Puente de la Rabia cruza el Arga desde época medieval. No es un puente monumental, pero ha aguantado siglos de crecidas y sigue siendo uno de los lugares más reconocibles del valle. La tradición dice que pasar bajo su arco central curaba la rabia de los animales. Durante generaciones se llevó allí al ganado —sobre todo perros— para hacerlos beber agua del río junto al puente, mezclando fe popular y remedios de campo.
Desde el puente se ve el núcleo de Zubiri agrupado junto al río. Las fachadas suelen tener algo de hiedra, balcones con plantas y ese sonido constante del agua que acompaña toda la travesía del pueblo. En temporada de Camino se suma otro ruido: el de las botas y los bastones de los peregrinos que atraviesan la calle principal todavía medio dormidos.
Cuando el valle huele a brasa
En Esteribar el humo de las parrillas aparece muchos domingos, sobre todo en caseríos y merenderos familiares. Huele a encina, a grasa cayendo sobre las brasas, a carne hecha sin prisa. La chuleta forma parte de la cultura ganadera de esta zona, donde las vacas han pastado tradicionalmente en prados húmedos entre monte bajo y bosque.
En otoño, cuando los hayedos empiezan a soltar hojas y el valle tiene ese olor mezcla de tierra mojada y setas, es cuando más gente se reúne alrededor de una mesa larga. Chorizo a la sidra, morcilla con pimientos, pan cortado grueso y una chuleta que se comparte entre varios. Las conversaciones suelen ir por donde han ido siempre: el ganado, el tiempo que viene, o quién ha empezado ya la temporada de setas.
Senderos entre hayedos
Por encima de los pueblos quedan muchos caminos que durante siglos fueron pasos de ganado o enlaces entre valles. Algunos se han señalizado y otros siguen siendo pistas forestales que suben poco a poco hacia el monte.
Desde Akerreta y los pueblos cercanos salen rutas que ganan altura entre hayas y robles. La subida es constante, pero no técnica. A medida que se avanza se empieza a ver el valle desde arriba: el Arga dibujando curvas entre prados, los tejados oscuros de los pueblos y, más al fondo, las montañas que anuncian el Pirineo.
En octubre el suelo del bosque está cubierto de hojas secas que crujen bajo las botas. El aire huele a seta y a madera húmeda. Conviene madrugar: a media mañana el sendero empieza a llenarse de caminantes y pierde parte de esa calma que tiene al amanecer.
Cómo llegar y cuándo volver
Esteribar queda muy cerca de Pamplona. En coche se llega siguiendo la carretera que acompaña al río Arga hacia el norte, una vía con curvas suaves que atraviesa prácticamente todos los pueblos del valle. También hay autobuses que conectan Zubiri y otras localidades con la capital navarra, aunque las frecuencias no son muy abundantes y conviene mirarlas con antelación.
El otoño suele ser el momento más agradecido para recorrer la zona. Los hayedos cambian de color, el Camino de Santiago se vuelve más tranquilo que en pleno verano y el valle recupera un ritmo más pausado.
En verano merece la pena madrugar si vas a caminar por el monte: la luz entra baja entre los árboles y el bosque todavía conserva el frescor de la noche. En cambio, durante algunos puentes y semanas festivas el tráfico de excursiones aumenta bastante y los pueblos cambian de ambiente durante unas horas. Aquí se entiende mejor el lugar cuando todo vuelve a quedarse en silencio.