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sobre Fitero
Sede del primer monasterio cisterciense de la península y famoso balneario; inspiración de Bécquer
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A las ocho de la mañana, cuando las campanas del monasterio marcan la hora, el sol todavía tarda en entrar del todo en el valle del Alhama. La piedra del conjunto monástico guarda el fresco de la noche y en la plaza apenas se oye más que alguna persiana que sube y el ruido breve de una furgoneta de reparto. Así empieza muchas mañanas el turismo en Fitero: con el pueblo todavía medio en silencio y el monasterio marcando el ritmo.
El monasterio de Santa María se levanta a un lado del casco urbano como una masa de piedra clara que domina todo el conjunto. Los primeros monjes cistercienses llegaron en el siglo XII desde el sur de Francia, y durante mucho tiempo este lugar fue una referencia para la orden en la península. La iglesia es grande, sobria, con esa sensación de espacio desnudo que suele buscar el Císter. Cuando la luz entra por el crucero, a media mañana, el suelo se llena de rectángulos pálidos y el interior cambia de temperatura.
Aquí estuvo también ligado el origen de la Orden de Calatrava, impulsada por el abad Raimundo de Fitero en plena época de frontera. Ese pasado militar y monástico todavía se intuye en el tamaño del edificio, más cercano a una fortaleza que a una simple iglesia de pueblo. El claustro, en cambio, es más silencioso: piedra fría, pasos que resuenan, y a veces el olor húmedo de los muros cuando ha llovido.
Conviene entrar temprano o a última hora del día. A mediodía, sobre todo en fines de semana, suele coincidir más gente.
Lo que se cocina en Fitero
A ciertas horas el pueblo cambia de olor. Al mediodía aparece el humo de las cocinas y algo de tomillo cuando el aire baja desde los montes cercanos.
Uno de los platos más conocidos es el rancho fiterano, un guiso contundente que suele prepararse en cuadrillas y celebraciones. Lleva carne, embutido y legumbre; de esos platos pensados para comer despacio y después quedarse un buen rato sentado. Tradicionalmente hay un día dedicado al rancho dentro del calendario festivo, cuando las ollas salen a la calle.
También es habitual el llamado gazpacho de Fitero, que sorprende a quien espera tomate. Aquí la base es pan, agua, aceite y ajo. Es una receta humilde, muy antigua, que recuerda a las sopas frías de otras zonas del interior.
En muchas casas todavía se preparan empanadas saladas con masa de aceite de oliva y dulces como torrijas o rosquillas cuando llegan determinadas fiestas. No es una cocina pensada para exhibirse, sino para alimentar reuniones largas alrededor de la mesa.
Las aguas calientes del Alhama
A unos pocos kilómetros del casco urbano, siguiendo el curso del río Alhama, aparecen los Baños de Fitero. El paisaje cambia: más vegetación junto al río, campos de cultivo alrededor y el vapor del agua cuando el aire es frío.
El lugar se conoce desde época romana. El agua brota muy caliente y con un ligero olor mineral que se nota en cuanto uno se acerca a las pozas. Las piedras están redondeadas por el uso de siglos y el sonido constante es el del agua moviéndose entre los muros.
En invierno el contraste es fuerte: el vapor se eleva mientras alrededor hay escarcha en la hierba. En verano el entorno se llena más y el calor del sol puede hacer que el baño resulte menos agradable a mediodía. Si se busca tranquilidad, suele funcionar mejor ir temprano por la mañana o ya al caer la tarde.
Días de fiesta en el pueblo
El calendario festivo gira en buena parte alrededor de la Virgen de la Barda, patrona local. La celebración principal llega en septiembre, cuando las calles se llenan de gente del propio pueblo y de familias que vuelven esos días. Hay procesión, música y comidas colectivas que se alargan hasta bien entrada la noche.
En marzo se recuerda a San Raimundo Abad, una figura muy vinculada al origen del monasterio. Y en primavera suele celebrarse la romería del Barranco, una caminata hasta las orillas del río que mezcla tradición religiosa con merienda al aire libre.
Quien llegue fuera de esas fechas encontrará otro ritmo: calles tranquilas, vecinos que se paran a hablar en la plaza y el sonido de las campanas marcando las horas.
Subir a Tudején y mirar el valle
A unos tres kilómetros del pueblo quedan los restos del castillo de Tudején. La subida es suave y atraviesa campos de cultivo y zonas de monte bajo donde el olor de romero y tomillo aparece cuando el sol calienta.
Arriba apenas quedan muros, pero la vista compensa el paseo. Desde allí se reconoce bien la forma del pueblo: el monasterio dominando el conjunto, las casas agrupadas alrededor y, más allá, la llanura que acompaña al Ebro.
En otoño los olivares de la zona empiezan a cargarse de fruto y el aire huele a aceituna recién trabajada cuando se acerca la época de recogida. En invierno el paisaje se vuelve más seco y el viento corre sin obstáculos por el valle.
Antes de volver, muchos pasan por el teatro Calatrava, instalado en lo que fue el antiguo refectorio del monasterio. Aún conserva esa mezcla curiosa de edificio histórico y espacio cultural de pueblo: madera, escenario cercano y carteles de funciones pegados en la entrada.
Cuándo ir: primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. El verano puede ser muy caluroso en la Ribera, sobre todo a partir del mediodía.
Qué tener en cuenta: si vas a las termas en julio o agosto, intenta evitar las horas centrales del día. Y si subes a Tudején, lleva agua: la subida es corta pero el sol pega fuerte cuando no hay nubes.