Artículo completo
sobre Leitza
Villa emblemática del deporte rural vasco y escenario de "Ocho apellidos vascos"; entorno verde y montañoso
Ocultar artículo Leer artículo completo
Te juro que llegué a Leitza porque el GPS se equivocó. Iba para Ochagavía, pero el coche decidió que me apetecía más subir por una carretera que parecía hecha para cabras. Cinco curvas después, el pueblo apareció ahí, como quien no quiere la cosa, entre dos ríos y una capa de niebla que lo hacía parecer un escenario de esas series nórdicas que ven tus amigos cuando descubren las plataformas de streaming.
El pueblo que no necesita altavoces
Lo primero que notas en Leitza es el silencio. No el silencio raro, ese que da un poco de cosa, sino el que te deja oír tus propios pasos. Aquí viven algo más de tres mil personas repartidas en un término bastante grande, con caseríos salpicados por el valle. Para que te hagas una idea: como si cogieras un barrio de ciudad y le quitaras casi toda la gente.
El caso es que bajé del coche en la plaza de los Fueros y me encontré con el frontón cubierto. Grande, serio, de esos que parecen estar siempre esperando a que alguien saque la pelota. No había partido, claro. Solo un señor con boina que me miró con esa expresión universal que significa algo así como «¿este de dónde ha salido?».
La iglesia de San Pedro está ahí mismo, sin hacer mucho ruido. Es un templo antiguo, levantado hace siglos y retocado con el tiempo, como suele pasar en los pueblos. Dentro hay un retablo barroco bastante trabajado y una talla de Santa Lucía que, si te quedas mirándola un rato, casi parece que vaya a decir algo. No lo hace, pero te quedas con la sensación.
Cuando el bosque es vecino
Lo mejor de Leitza es que el monte empieza donde acaba el asfalto. Sales del casco urbano y enseguida estás metido en hayedos y abetales. Toda la zona de Leitzalarrea es un bosque enorme que la gente de aquí usa como quien tiene un parque al lado de casa, solo que en versión salvaje.
En uno de los caminos llegas al abetal de Izaieta, un antiguo vivero forestal del siglo XIX que hoy se conserva como espacio protegido. Hay árboles de muchos tipos y alguno realmente alto. Uno de los abetos Douglas pasa de los cincuenta metros, que en persona impresiona bastante más que en una ficha botánica.
El paseo hasta allí es corto y bastante cómodo. Una de esas caminatas que se hacen sin pensar demasiado, mirando el musgo, las setas si es temporada y el ruido del agua. Yo me quedé un buen rato hablando con una mujer que conocía el bosque al dedillo. Me enseñó un hongo y me dijo: «Comestible es… pero mejor no». Mi madre usa esa misma frase para describir a algunos de mis ex.
Megalitos sin cola ni entrada
A pocos kilómetros del pueblo, en el monte, hay restos prehistóricos que llevan allí muchísimo más tiempo que cualquiera de nosotros. El menhir de Aritz‑Andu sigue plantado en su sitio desde hace varios milenios. Una piedra alargada que sobresale del terreno y que ha visto pasar de todo: pastores, guerras, carreteras… y ahora gente sacándole fotos con el móvil.
Cerca también se reconocen túmulos funerarios, montículos de tierra y piedras que funcionaban como enterramientos colectivos en la prehistoria. No hay centro de interpretación ni taquilla. Solo el paisaje, la piedra y el viento. A veces eso explica mejor las cosas que cualquier panel.
Comer sin etiqueta
Volví al pueblo con hambre de oso. La cocina de esta zona no entiende de platos pensados para salir bien en Instagram. Aquí se tira de parrilla, de carne buena y de recetas de toda la vida: chuleta a la brasa, cordero asado, migas de pastor con uvas cuando toca.
El queso Idiazabal manda bastante en la zona. Se hace con leche de oveja latxa y tiene ese punto ahumado que engancha rápido. Suele haber ferias y días dedicados al queso a lo largo del año, pero aunque no pilles ninguna, en el pueblo te orientan sobre dónde encontrar productores de la zona.
Yo acabé comprando un trozo bastante generoso. La señora que me lo vendió me dijo: «Si no te gusta, me lo devuelves». No hizo falta. Me lo comí en el coche con pan de pueblo y un poco de pacharán casero que sabía a endrinas y a licor de abuelo.
Caminos para estirar las piernas
Otra cosa que funciona bien en Leitza es salir a andar sin demasiada planificación. Hay varios senderos señalizados que siguen el río Leizarán o se meten hacia los montes cercanos.
Uno de los paseos más conocidos sigue el valle del río durante varios kilómetros por una antigua vía acondicionada. Es bastante llano y mucha gente lo usa para caminar o ir en bici.
Si te apetece algo con más cuesta, hay rutas circulares por los montes cercanos que te hacen sudar un poco antes de volver al pueblo. De esas que te dejan las piernas calientes y te dan excusa para sentarte luego con algo de comer.
También pasa por la zona algún sendero de gran recorrido que conecta con otras comarcas de Navarra. Vamos, que si te pones, puedes seguir andando bastante más lejos de lo que habías planeado. A mí me entró la prudencia antes.
¿Es recomendable?
Depende de lo que busques.
Si tu plan es pasar el día entre tiendas de recuerdos y terrazas con música, aquí te vas a quedar un poco descolocado. Leitza va por otro lado. Es un pueblo donde el frontón sigue siendo punto de encuentro, donde el monte está literalmente a la vuelta de la esquina y donde la vida tiene un ritmo bastante más tranquilo.
Yo estuve unas horas y me bastó para entender el sitio. Un paseo, algo de monte, buena comida y ese silencio que al principio sorprende y luego agradeces. Y todo porque el GPS decidió tomar un atajo raro. A veces los errores funcionan mejor que los planes.