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sobre Lekunberri
Centro turístico y de servicios de la zona de Aralar; punto de partida de la Vía Verde del Plazaola
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Hay pueblos que son como esas salidas de la autovía que siempre ves pero nunca coges. Pasas mil veces por delante y piensas: “otro día paro”. Con Lekunberri pasa mucho eso. Está entre Pamplona y San Sebastián, a tiro de volante, pero la mayoría sigue de largo. Y es curioso, porque cuando por fin entras te das cuenta de que era como ignorar un bar lleno de gente del barrio: si está lleno, por algo será.
El pueblo que se hizo de nuevas
El nombre ya lo dice todo. Lekunberri significa “sitio nuevo” en euskera. Lo gracioso es que de nuevo tiene lo mismo que una casa de pueblo bien cuidada: puede parecer recién pintada, pero los cimientos llevan siglos ahí.
El fuero es del siglo XII, así que nuevo, lo que se dice nuevo, no es. Pero tiene esa sensación de lugar que se mantiene en marcha. Como esas cocinas donde siempre hay algo al fuego.
La iglesia de San Juan Bautista, por ejemplo, es gótica y se levantó en el siglo XIV. No hace falta saber de arquitectura para notarlo. Entras y da la misma impresión que cuando ves un roble viejo en medio del monte: está claro que llegó antes que tú y seguramente seguirá después.
Encima, en lo alto del valle, está el santuario de San Miguel de Aralar. Subir hasta allí es como abrir la ventana de golpe después de horas en casa. De repente todo se ensancha: el valle de Larráun debajo, las montañas alrededor y ese silencio que en ciudad solo existe cuando se va la luz.
La Vía Verde que se convierte en costumbre
Si alguien habla de turismo en Lekunberri, casi siempre acaba mencionando la Vía Verde del Plazaola. Y tiene lógica. Es como esas rutas que empiezas con la idea de dar un paseo corto… y acabas mirando el reloj porque se te ha ido la mañana.
La vía sigue el antiguo trazado del tren que unía Pamplona con la costa. Hoy son más de cincuenta kilómetros entre túneles, bosques y tramos abiertos del valle. El firme es cómodo, así que pasa un poco como en los centros comerciales grandes: entras pensando en media hora y cuando te quieres ir ya llevas dos.
La primera vez que la recorrí me adelantó un señor en bici eléctrica. Tendría más de setenta. Subía tan tranquilo que parecía ir al mercado a por el pan. Me dijo algo que se me quedó grabado: “esto antes lo hacía el tren; ahora lo hacemos nosotros”.
Y es verdad. Empiezas caminando sin prisa, luego te animas con la bici, y al final acabas mirando mapas para ver hasta dónde llega el siguiente túnel.
El chuletón que te hace replantear el plan del día
La comida aquí tiene lógica con el paisaje. Mucho prado, muchas vacas. No hay misterio.
El chuletón de Lekunberri funciona un poco como esas comidas familiares que se alargan más de la cuenta. Llegas pensando en algo rápido y cuando te das cuenta llevas dos horas sentado y estás discutiendo si aún cabe un trozo de queso.
La carne suele ser de ganado de la zona. Se nota en el sabor, pero también en la naturalidad con la que lo cuentan. Aquí la ganadería no es un reclamo turístico. Es el trabajo de toda la vida.
Y luego aparece el queso. En esta parte de Navarra se mueve mucho Idiazabal, del que huele a humo y a establo. Ese olor que, si has pasado veranos en el pueblo, te recuerda a los caseríos igual que el olor a gasolina recuerda a las gasolineras de carretera.
Consejo de colega: ven con hambre. Intentar comer ligero aquí es como ir a una sidrería y pedir solo agua.
Cuando el pueblo se pone las alpargatas
En otoño el pueblo cambia el ritmo. Las fiestas que se celebran en torno al Pilar suelen durar varios días y el ambiente pasa de tranquilo a animado bastante rápido.
Las danzas de los dantzaris tienen algo hipnótico. Los ves moverse y da la sensación de que los pasos llevan repitiéndose generaciones, como una receta que nadie se atreve a cambiar porque funciona tal cual.
Por el centro aún queda el lavadero público. Hoy la gente lo mira más que lo usa, claro. Pasa como con las cabinas de teléfono: ya casi nadie las necesita, pero cuando ves una te recuerda cómo funcionaban las cosas antes.
Las casas siguen siendo de piedra, con balcones de madera y tejados que han visto más inviernos de los que cualquiera recuerda. No hay decorado aquí. Es simplemente el pueblo siguiendo su vida.
Una vez coincidí con una procesión pequeña. Un niño me preguntó si había venido a ver ciclismo. Le dije que no, que solo estaba paseando. Me miró como si eso fuera lo más lógico del mundo y dijo: “pues aquí se pasea bien”.
Y ya está. Explicado en una frase.
Un desvío que acaba siendo el plan
Lekunberri queda a unos cuarenta minutos de Pamplona y menos de una hora de San Sebastián. En el mapa parece un alto rápido en el camino. Luego llegas y te pasa como cuando paras cinco minutos a estirar las piernas y terminas quedándote una hora.
No es el pueblo más grande ni el más fotografiado de Navarra. Pero funciona. Montaña cerca, caminos largos y comida que te devuelve la energía después.
Yo suelo recomendar algo sencillo. Aparcar, caminar un rato por la Vía Verde, subir hasta Aralar si apetece montaña y luego sentarse a comer sin mirar demasiado el reloj. Después un café en la plaza, viendo pasar la tarde.
En pocas horas te haces una idea. Y normalmente pasa lo mismo: te vas pensando que la próxima vez pararás otra vez en ese desvío que siempre habías ignorado.