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sobre Marcilla
Famosa por su imponente castillo gótico de ladrillo; localidad dinámica con industria y agricultura
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El turismo en Marcilla suele empezar —y casi siempre volver— al castillo. No se levantó para impresionar, sino para controlar. A comienzos del siglo XV, en tiempos de Carlos III el Noble, la fortaleza quedó en manos de Mosén Pierres de Peralta con una función muy concreta: vigilar el paso del río Aragón y asegurar esta parte de la Ribera. Hoy, desde la carretera que llega desde Pamplona, la silueta de sus torres almenadas sigue marcando el territorio. También señala el cambio de paisaje: aquí Navarra deja atrás los valles húmedos del norte y entra en la Ribera agrícola, abierta y regada.
El castillo que se negó a desaparecer
La historia de Marcilla suele contarse a través de su castillo, sobre todo por un episodio que aparece tanto en la tradición local como en algunos documentos. Tras la incorporación del reino de Navarra a la Corona de Castilla, a comienzos del siglo XVI se ordenó desmontar muchas fortalezas. En Marcilla, Doña Ana de Velasco —vinculada a la familia que controlaba estas tierras— logró frenar la demolición. La escena se ha repetido durante siglos en la memoria del pueblo: la señora del castillo enfrentándose a los enviados reales para evitar que la fortaleza acabara reducida a escombros.
Sea cual sea el detalle exacto de aquel episodio, lo cierto es que el edificio sobrevivió y condicionó el crecimiento del lugar. El caserío se fue extendiendo alrededor de sus muros. Con el tiempo la fortaleza perdió función militar y pasó a residencia señorial, transformándose poco a poco por dentro. En su patio de armas se guardaron durante siglos objetos vinculados a la familia de los marqueses de Falces; entre ellos, según la tradición, la espada Tizona asociada al Cid, que hoy se conserva en Burgos.
Marcilla ha crecido más que otros pueblos de la Ribera. A lo largo del siglo XIX y del XX el municipio fue aumentando población hasta acercarse a los tres mil habitantes actuales, algo relativamente poco frecuente en el entorno rural navarro.
Entre el Arga y el Aragón
Marcilla se entiende mejor mirando el mapa. Está cerca de la confluencia del Arga con el Aragón, en una llanura que depende del agua tanto como del clima. El paisaje alrededor del pueblo tiene esa geometría propia de los regadíos del valle del Ebro: choperas alineadas, acequias, parcelas largas y caminos agrícolas que siguen el trazado de los canales.
A unos kilómetros del núcleo urbano hay pequeños altos desde los que se aprecia bien esta estructura del territorio. Desde allí el castillo aparece como referencia visual y se entiende su posición estratégica: un punto elevado desde el que controlar caminos, ríos y campos. Durante siglos, quien dominaba este paso controlaba también parte de las comunicaciones entre el interior peninsular y el norte.
El convento de los agustinos
En la parte alta del pueblo se levanta el antiguo convento de los agustinos recoletos. El conjunto, de ladrillo, resulta grande para el tamaño que tenía la villa cuando se construyó, probablemente en el siglo XVIII. La iglesia conserva retablos barrocos y el claustro mantiene el aire sobrio de los edificios conventuales de la Ribera.
Durante mucho tiempo los frailes tuvieron un papel relevante en la vida local: enseñanza, actividad religiosa y, en general, presencia cultural. En el edificio se conserva también una pequeña colección de piezas traídas de Filipinas por misioneros de la orden, recuerdo de la conexión que muchas comunidades religiosas españolas mantuvieron con el archipiélago.
Cómo recorrer Marcilla
El pueblo se recorre a pie sin dificultad. Lo más lógico es empezar en el entorno del castillo y bajar después por la calle Mayor, donde todavía se percibe la estructura del antiguo recinto. Del sistema defensivo apenas quedan restos; uno de los accesos tradicionales es el arco de San Blas.
Al descender hacia la parte baja aparece un Marcilla más reciente. El llamado barrio de la Estación recuerda el paso del ferrocarril que funcionó aquí hasta mediados del siglo XX. Las vías desaparecieron, pero algunos edificios ligados a aquel trazado siguen formando parte del paisaje urbano.
Los alrededores se prestan a caminar o a recorrerlos en bicicleta por caminos agrícolas. En otoño, cuando empiezan a caer las hojas de las choperas y la huerta está en plena actividad, el ambiente del regadío se percibe con claridad: humo de podas, tractores en los caminos y parcelas todavía trabajando. Es el mismo sistema agrícola que ha sostenido el pueblo durante generaciones.