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sobre Elgorriaga
Famoso por su balneario de aguas hipersalinas; pequeño pueblo en el valle de Malerreka rodeado de montes
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A las nueve de la mañana, en Elgorriaga, la humedad todavía se queda pegada a la piedra. El valle del Bidasoa amanece despacio y el pueblo apenas hace ruido: alguna puerta que se abre, el murmullo del río cerca y los pájaros moviéndose entre los árboles. Así empieza muchas mañanas el turismo en Elgorriaga, más de paseo tranquilo que de plan organizado.
El pueblo es pequeño, apenas un puñado de calles cortas que se acomodan en la ladera. Las casas mezclan piedra oscura, madera envejecida y tejados inclinados que bajan casi hasta tocar los balcones. A esa hora la luz entra de lado y marca bien las vetas de la piedra y las juntas antiguas de los muros.
La iglesia y el centro del pueblo
En medio del caserío aparece la iglesia de San Miguel. No es un edificio grande, pero el campanario sobresale lo suficiente como para orientarte cuando llegas caminando desde la carretera. La puerta a veces está abierta durante el día, aunque no siempre; en pueblos de este tamaño depende mucho del momento y de si hay actividad en el interior.
Alrededor se concentra la parte más reconocible del casco urbano: algunas casas con balcones de madera, portales amplios y pequeños huertos pegados a las fachadas. No es raro ver herramientas antiguas colgadas bajo un alero o montones de leña ordenados junto a la pared. Los geranios y las macetas aparecen sobre todo en verano, cuando el rojo de las flores contrasta con la piedra oscura.
Agua salada en medio del valle
Hay algo poco habitual aquí: el agua. Elgorriaga es conocido en Navarra por sus manantiales muy salinos, algo que sorprende estando tan lejos del mar. Esa presencia del agua se nota incluso al pasear: el río Bidasoa pasa cerca y el aire suele tener ese olor húmedo de valle cerrado, con helechos, musgo y tierra mojada.
Tradicionalmente el pueblo ha estado ligado a esos manantiales, y todavía hoy mucha gente llega atraída por ellos. Aun así, el núcleo del pueblo sigue siendo pequeño y tranquilo; basta caminar dos o tres calles para que vuelva el silencio.
Caminos entre robles y helechos
En cuanto sales del casco urbano aparecen pistas y senderos que se meten en el bosque. El paisaje aquí es muy atlántico: robles, castaños, helechos altos y suelo oscuro que después de la lluvia se vuelve blando. En otoño el camino se llena de hojas húmedas y el aire huele a madera.
No hace falta planear una ruta larga. Con media hora andando ya estás rodeado de bosque y apenas se oye el tráfico. Eso sí: si ha llovido —algo bastante frecuente en esta parte de Navarra— conviene llevar calzado con suela decente. El barro aparece rápido en los tramos de tierra.
Un pueblo que se recorre en poco tiempo
Elgorriaga se puede recorrer entero en poco más de media hora. Precisamente por eso funciona mejor sin prisa: sentarse un rato cerca del río, subir por alguna calle que se empina entre casas o seguir un camino hasta que el pueblo desaparece detrás de los árboles.
Las fiestas del pueblo suelen celebrarse alrededor de San Miguel, a finales de septiembre, cuando el valle empieza a oler a otoño y las tardes se acortan. Son celebraciones de escala pequeña, muy ligadas a la gente del lugar.
Cuándo acercarse
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradecidos para caminar por la zona. En primavera el valle se vuelve intensamente verde y el río baja con más fuerza. En otoño llegan los ocres y el bosque cambia de color casi de una semana a otra.
En verano el ambiente es más animado por la gente que llega al valle, y los fines de semana puede haber más movimiento del habitual para un pueblo de poco más de doscientas personas.
Llegar y moverse
Desde Pamplona el camino atraviesa carreteras de valle con bastantes curvas. Conviene tomárselo con calma y, una vez en Elgorriaga, dejar el coche en alguna zona donde no estorbe a vecinos ni accesos agrícolas. A partir de ahí lo lógico es moverse andando.
Aquí todo queda cerca: el río, los caminos del bosque y las pocas calles del pueblo. Y al cabo de un rato, lo que más se escucha vuelve a ser el agua y el viento entre los árboles.