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sobre Ezkurra
Pueblo de montaña en el alto del mismo nombre; vistas espectaculares y entorno de bosques atlánticos
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A las siete, la humedad todavía está pegada a la hierba y el silencio solo lo rompe el agua del río. El turismo en Ezkurra huele a madera húmeda y a tierra. Alguna persiana se abre despacio. El valle está medio cubierto por la niebla que se queda entre las laderas.
El pueblo se recorre en pocos minutos. La carretera entra por la parte baja y, casi sin darte cuenta, estás frente a la iglesia de San Miguel. La piedra oscura de la fachada guarda bien los años. Si te acercas, verás marcas irregulares en los muros y algún escudo antiguo incrustado en las casas cercanas. Ezkurra funciona a escala pequeña.
Un caserío que se abre al valle
Desde la plaza salen un par de calles cortas que se meten entre construcciones de mampostería y entramados de madera. Algunas conservan vigas vistas en los balcones y contraventanas pintadas en tonos verdes o rojizos. Esos colores resaltan cuando la luz de la tarde cae de lado sobre las fachadas.
A veces hay puertas abiertas hacia los corrales y se oye movimiento dentro: herramientas, gallinas, alguna conversación breve entre vecinos. No es un decorado; es un pueblo que sigue funcionando con su propio ritmo.
Al atardecer, los tejados de teja se tiñen de naranja unos minutos antes de que el sol desaparezca detrás de las montañas.
Caminos entre prados y bordas
En cuanto sales del núcleo, el paisaje cambia. El valle del Ezkurra se abre en praderas húmedas salpicadas de bordas, cercados de madera y pequeños caminos que suben hacia el monte.
Son pistas de tierra y grava. Cuando ha llovido —algo habitual aquí— el suelo puede volverse resbaladizo, sobre todo a primera hora. Conviene llevar calzado con suela firme; las zapatillas urbanas duran poco.
Si caminas despacio se notan otros sonidos: el picoteo insistente de un pájaro carpintero, el crujido de ramas en el borde del bosque o el tintinear lejano de algún cencerro. Los corzos no suelen dejarse ver, pero a veces aparecen huellas frescas en los márgenes del sendero.
En otoño, el olor a tierra húmeda y a hoja caída llena todo el valle. También es temporada de setas, aunque en muchos montes de Navarra la recolección está regulada. Conviene informarse antes de entrar al bosque con cesta.
El calendario del pueblo
Las fiestas giran en torno a San Miguel, hacia finales de septiembre. Suele haber actos religiosos y reuniones en la plaza, con vecinos que se conocen desde siempre y mesas que aparecen poco a poco a lo largo de la tarde.
En invierno el pueblo se recoge mucho más. Las chimeneas se notan por el olor a leña en el aire y las calles quedan casi vacías al anochecer. Aun así, en Navidad todavía se oyen villancicos en euskera dentro de la iglesia o en pequeños encuentros vecinales.
Cómo llegar y cuándo pasar
Desde Pamplona se tarda algo menos de una hora en coche. La carretera se va estrechando a medida que te acercas al valle y aparecen más curvas. Con niebla o lluvia conviene conducir sin prisa.
Antes de entrar al pueblo hay varios puntos donde parar un momento. Desde ahí se ve Ezkurra encajado en el fondo del valle, rodeado de montes cubiertos de bosque.
Si vienes en fin de semana, intenta llegar temprano. El pueblo es pequeño y los coches ocupan rápido los pocos espacios donde se puede aparcar.
Un paseo corto basta
Con un par de horas es suficiente para recorrer Ezkurra: la plaza, las casas más antiguas, algún tramo junto al río y un pequeño paseo por los caminos que salen hacia los prados.
Las pendientes no parecen grandes al principio, pero se notan si no estás acostumbrado a terreno irregular. Mejor ir sin prisa y darse la vuelta cuando el valle empieza a cerrarse entre los montes.
Ezkurra no funciona como un lugar al que ir a “ver cosas”. Aquí lo que queda es más discreto: el sonido del agua bajando por el valle, la sombra fría de los bosques cercanos y esa sensación de que el pueblo sigue exactamente a su ritmo, sin adaptarse demasiado a quien pasa por allí unas horas.