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sobre Ollo
Valle escondido y precioso cerca de Pamplona; alberga el manantial de Arteta y las saleras
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A las siete de la mañana, la luz que entra por las ventanas de la iglesia de San Martín de Tours revela las piedras desgastadas en sus muros. En días claros, los vitrales dejan pasar una claridad amarillenta que cae sobre el suelo como una mancha tibia. Fuera, a pocos pasos, un callejón estrecho desemboca en la plaza, donde todavía queda una fuente de piedra y algunos bancos de madera. A esa hora casi siempre hay silencio: alguna puerta que se cierra, el ruido breve de un coche que cruza el pueblo.
El turismo en Ollo, en la Cuenca de Pamplona, tiene más que ver con esa calma que con una lista de monumentos. Es un municipio pequeño —unos 435 habitantes— y se nota en cómo están organizadas sus calles: pocas, cortas y algo irregulares, como si hubieran crecido sin demasiados planes previos.
La torre como faro entre las casas
La iglesia de San Martín de Tours marca el centro del pueblo. Su torre cuadrada se ve desde varios puntos cuando caminas entre las casas, un faro de piedra clara recortándose contra el cielo navarro, que aquí suele ser de un azul pálido o un grís plomizo. Sirve para orientarse.
Dentro predominan los bancos de madera y una luz suave, sobre todo por la mañana. Algunos elementos han sido restaurados con el tiempo, algo habitual en iglesias que han seguido usándose generación tras generación.
Alrededor de la plaza y en las calles cercanas aparecen las casas más antiguas. Muchas están levantadas con mampostería irregular, balcones de madera ya un poco combados y tejados inclinados de teja rojiza. Si caminas sin prisa, se ven pequeños detalles de vida diaria: una huerta detrás de un muro bajo, un gallinero, algún peral o manzano que asoma por encima de una tapia. No es raro oír gallos o el sonido metálico de una azada desde un corral cercano.
Los caminos que se pierden en el campo
Basta salir por cualquiera de los caminos que parten del pueblo para que el paisaje se abra. La Cuenca de Pamplona aparece como una sucesión de campos cultivados —verdes o dorados según la época—, lomas suaves y pequeños grupos de casas dispersas como barcas en un mar de tierra.
Los caminos son de tierra apisonada o grava, los mismos que tradicionalmente se han usado para llegar a huertas y pastos. No todos están señalizados, así que conviene caminar con atención y recordar por dónde se ha venido. Aun así, es difícil perderse si no te alejas demasiado: siempre hay alguna colina o la torre del pueblo a la que volver la vista.
En días despejados, hacia el norte se adivinan montañas más altas en el horizonte. Cuando entra la niebla o llueve, el paisaje cambia por completo; los contornos se vuelven difusos y el sonido se amortigua. Solo se oyen pájaros y, de vez en cuando, el motor grave de algún tractor a lo lejos.
Si te gusta observar aves, merece la pena llevar prismáticos. En las vaguadas y bordes de campo suelen moverse pequeñas especies de campo abierto —alondras, trigueros—, sobre todo en las primeras horas de la mañana, cuando el rocío todavía brilla sobre la hierba.
El ritmo del año
La vida aquí sigue bastante ligada al calendario agrícola y a las tradiciones del valle. En noviembre se celebran las fiestas en torno a San Martín, patrón de la iglesia, cuando el otoño ya se nota en el aire cortante de la tarde y las hojas secas crujen bajo los pies.
En verano suelen organizarse encuentros vecinales y actividades sencillas. No están pensadas como grandes eventos; más bien son momentos para reunirse quienes viven allí todo el año y quienes vuelven en vacaciones. El sonido entonces es diferente: risas en la plaza, música baja desde una ventana abierta.
Un paseo para sentir el lugar
Si llegas con poco tiempo, lo mejor es caminar sin prisa por el casco urbano. En media hora puedes recorrer las calles principales, pasar por la plaza y acercarte a la iglesia cuando la luz es buena.
Después conviene salir por alguno de los caminos que suben ligeramente hacia las lomas cercanas. Desde arriba se ve el conjunto del pueblo —ese mosaico de tejados rojos y paredes claras— y parte de la cuenca. No hace falta alejarse mucho; en menos de una hora de paseo ida y vuelta ya se entiende bastante bien el entorno.
Cuándo ir y cómo moverse
Primavera y otoño son los momentos más agradables para caminar por los alrededores. El campo cambia mucho de color entre abril y mayo, y vuelve a hacerlo cuando llega octubre, con los amarillos y ocres del robledal.
En verano el sol cae fuerte al mediodía, sobre todo en los caminos sin sombra. Si vas a caminar, mejor hacerlo temprano o al final de la tarde, cuando la luz es larga y dorada. Cuando llueve varios días seguidos, algunos senderos se embarran con facilidad; lleva calzado que agarre bien.
Ollo está a poca distancia de Pamplona por carreteras locales tranquilas. El acceso no tiene complicación, aunque los últimos tramos son los habituales de esta zona: curvas suaves, campos a ambos lados y la sensación tangible de ir dejando el ruido atrás. Una vez allí, lo mejor es aparcar y recorrer el pueblo a pie. Es pequeño, y así se perciben mejor sus ritmos: el lento pasar del día, el cambio de la luz sobre la piedra.