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sobre Erro
Extenso valle pirenaico cruzado por el Camino de Santiago; bosques profundos y puertos de montaña míticos
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El primer olor al bajar del coche es a tierra mojada, incluso si no ha llovido. Es el valle respirando. El turismo en Erro se mueve por caminos de hierba pisada y pistas forestales, entre el sonido lejano de un cencerro y el crujido de una puerta de madera al cerrarse. Aquí no hay un gran espectáculo que anunciar, solo el transcurrir lento de un valle pirenaico.
El núcleo de Erro se compone de casas macizas, con piedras grandes en las esquinas y portales lo suficientemente altos como para que pasara un carro cargado de heno. Bajo los soportales, la temperatura baja varios grados. La iglesia de San Esteban no llama la atención con ornamentos; es un volumen de piedra oscura, con un campanario que se ve desde lejos cuando vuelves de paseo. Dentro, el aire huele a cera vieja y madera.
Un valle disperso entre prados y bosque
Erro es el nombre del pueblo y del municipio entero, una colección de aldeas desperdigadas por la ladera. Lintzoain, Zilbeti o Bizkarreta‑Gerendiain son nombres que aparecen en señales verdes, separados por tramos de carretera donde solo te cruzas con otro coche cada diez minutos.
La luz define el paisaje. Por la mañana, ilumina las fachadas blancas de Zilbeti; al atardecer, alarga las sombras de los hayedos cerca de Lintzoain. El agua está siempre presente: en el rumor constante de una regata oculta entre helechos, en las losas húmedas de una fuente junto a la carretera, en el barro oscuro que se pega a las botas después de una tormenta.
Caminos que cruzan el valle
Las conexiones entre pueblos son antiguas, trazadas para ir a pie o a caballo. Hoy son senderos bien marcados que pasan junto a bordas con tejados de losa, donde a veces se amontona leña para el invierno. Caminar por ellos es notar cómo cambia el suelo bajo los pies: hierba blanda, luego piedras sueltas, después tierra compactada por las ruedas de un tractor.
Esta es la ruta que siguen los peregrinos del Camino de Santiago hacia Roncesvalles. Si vas fuera del verano, es probable que te cruces con alguno, mochila grande y paso decidido, subiendo la cuesta hacia Ibañeta. El valle les sirve de antesala, un lugar ancho y verde antes del ascenso final.
Bosque y temporada de setas
Los bosques aquí son mixtos: robles de tronco retorcido cerca de los pueblos, hayedos más arriba donde la luz se filtra verde. En octubre, el aire se carga con un olor dulzón a manzana podrida y humus. Es cuando ves coches aparcados en los arcenes y figuras agachadas entre la hojarasca, con una cesta de mimbre en el brazo.
Se habla de níscalos y trompetillas, pero encontrar setas depende del año, de la lluvia y de la suerte. La gente local suele ir temprano, cuando el rocío todavía brilla sobre la hierba. Si vas, infórmate sobre los permisos necesarios y no te adentres en terrenos vallados.
Un lugar para parar, no para correr
La utilidad de Erro está en su ritmo. Es un buen sitio para dejar el coche y andar sin un plan preciso, para sentarse en un banco de piedra y ver cómo las nubes pasan por encima del monte Adi.
El tiempo es variable. Puede amanecer despejado y que a mediodía llegue un frente frío desde el noroeste, trayendo una llovizna que cala hasta los huesos. Lleva siempre más abrigo del que crees necesario.
No vengas buscando tiendas de souvenirs o carteles explicativos. Lo que hay es otra cosa: el silbido de un arrendajo en el bosque, el rastro profundo de un jabalí en el barro del camino, el humo que sale recto de una chimenea al atardecer. Gestos cotidianos de un valle que sigue viviendo a su manera.