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sobre Mendavia
La villa de las denominaciones de origen; tierra fértil que produce vino
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A las seis de la tarde, el olor a alcachofa llega antes que el pueblo. Flota sobre los campos de regadío, mezclado con el polvo de septiembre y el traqueteo de los camiones que vuelven de la cooperativa. Mendavia aparece entonces entre cereal y remolacha, un conjunto de casas bajas y tejados de teja roja que parecen haber crecido directamente del suelo fértil del valle del Ega.
El olor de las cosas que se cultivan
El mercado del martes invade la plaza Mayor desde primera hora de la mañana. Las mujeres mayores tocan los pimientos con la yema del dedo, comprueban el tacto de los cogollos. En los puestos se amontonan verduras recién cortadas y ristras de embutido que se balancean cuando corre algo de aire por la plaza.
Aquí la tierra se huele y se prueba. En muy pocos metros aparecen productos que en Navarra se reconocen por su origen: aceite, espárrago, pimiento, vino, alcachofa… Muchos vienen de las huertas que rodean el pueblo, esas parcelas planas que empiezan casi en la última calle.
En uno de los bares de la plaza, con el suelo de terrazo ya gastado, a menudo sale de la cocina olor a menestra. No suele ser una versión de restaurante, sino la de casa: judías verdes, alcachofa cuando toca, patata, algo de jamón y aceite de oliva de la zona. Cada verdura se añade en su momento. Aquí nadie tiene prisa con eso.
Un pueblo pegado a la huerta
Mendavia no tiene barrios separados ni pedanías claras: el pueblo termina y, casi sin transición, empiezan las huertas. Desde algunas calles se ven directamente los surcos de tierra oscura y los sistemas de riego brillando al sol.
El trazado del casco antiguo conserva algo irregular, con calles que se estrechan y de pronto desembocan en pequeñas plazas. A ciertas horas se oye el golpe seco de una pelota contra la pared de algún frontón cercano y el murmullo de la gente que charla en los portales cuando baja el calor.
Si caminas hacia el borde del pueblo, enseguida aparecen caminos agrícolas. Los utilizan tractores, gente que sale a andar al atardecer y algún ciclista que atraviesa la Ribera Alta siguiendo las carreteras secundarias que conectan con otros pueblos del valle.
El Castillar y la historia bajo los pies
Subir al Castillar es caminar entre romero y tomillo seco. El sendero serpentea por una loma donde el viento corre bastante incluso en días tranquilos. Las excavaciones han sacado a la luz restos muy antiguos: fragmentos de cerámica, muros apenas insinuados en la tierra. Los arqueólogos sitúan ocupación humana aquí desde la prehistoria.
Desde arriba el valle del Ega se abre entero. Se distinguen los campos en parcelas largas, los olivos que marcan lindes y, más lejos, las manchas más oscuras de choperas cerca del río.
No muy lejos de allí está el llamado campo de la Verdad. La tradición local sitúa en esa zona la muerte de César Borgia en 1507, durante una emboscada. Hoy lo que se ve son campos de cultivo. Algún agricultor cuenta que, al arar, a veces aparecen pequeños objetos metálicos o trozos de cerámica. Suelen acabar guardados en un cajón de casa, más por curiosidad que por otra cosa.
Cuándo ir y qué evitar
A finales de julio suele celebrarse en el pueblo una feria dedicada a productos con denominación de origen. Durante esos días la plaza y varias calles se llenan de puestos y de gente que llega de toda la comarca. Se come bien, pero el ambiente cambia bastante respecto a un día normal.
Si lo que apetece es ver Mendavia con calma, la primavera suele ser buena época. Entre abril y mayo las huertas están en plena actividad y el verde ocupa casi todo el paisaje.
Los fines de semana de agosto el pueblo se anima más, sobre todo a la hora de comer. Si prefieres caminar por las calles con tranquilidad, el martes temprano funciona mejor: el mercado acaba de montarse y el movimiento todavía es pausado.
Al atardecer, cuando el sol cae hacia los montes de Tierra Estella, la luz entra rasante por las calles y las fachadas de teja y ladrillo se vuelven más rojizas. Dura poco. En ese rato regresan tractores desde las huertas, alguien saca una silla a la puerta y los perros se tumban en mitad de la calzada como si supieran que aquí, a esa hora, casi nadie tiene prisa. Mendavia huele entonces a tierra regada y a cena que empieza a prepararse en las cocinas. Y el pueblo vuelve a quedarse en manos de los que viven aquí.