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sobre San Adrián
Potencia industrial conservera; situada entre el Ebro y el Ega
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San Adrián huele a espárrago. No en plan cursi: a veces literalmente el aire carga ese aroma cuando pasas cerca de las zonas donde se procesan verduras. Es como cuando tu vecino pone la lavadora y toda la escalera huele a suavizante, pero en versión huerta. Y eso ya te avisa de que este pueblo de la Ribera Alta no funciona como otros del valle del Ebro.
Entre dos aguas y muchos tarros
Estoy en la plaza principal, donde se levanta la chimenea de una antigua fábrica conservera. Alta, de ladrillo rojo, visible desde bastante lejos. Los abuelos del lugar cuentan que cuando echaba humo era señal de que había trabajo y que el pueblo estaba en marcha. Ahora ya no funciona, pero se ha quedado como recordatorio de lo que fue la industria aquí durante décadas.
Lo de estar entre el Ebro y el Ega no es un dato de libro, se nota. Los sanadrianeses —a los que también llaman aguachinaos— han aprendido a vivir con los ríos cerca. El Ega pasa por el término municipal con curvas tranquilas y zonas húmedas alrededor que explican bastante bien por qué esta parte de Navarra acabó siendo territorio de huerta.
Las huertas se organizan en parcelas que van acercándose al río y en primavera todo se vuelve de un verde muy intenso. Espárragos, alcachofas, guisantes… buena parte de la despensa vegetal de la zona sale de aquí o de pueblos muy cercanos.
Cuando el pueblo era una lata (en el buen sentido)
En uno de los edificios ligados a la antigua industria conservera hay un pequeño museo dedicado a esa historia. Es de esos sitios modestos, más cercanos a una colección de memoria local que a un museo espectacular, pero precisamente por eso funciona.
Hay máquinas antiguas, herramientas y bastantes fotos. En muchas aparecen cuadrillas de mujeres pelando espárragos o trabajando en la conserva. Una señora que estaba por allí me dijo algo que resume bastante bien el lugar: “esto lo levantaron nuestros padres y nuestros abuelos”.
Paseando por el pueblo todavía aparecen restos de aquella época. Alguna chimenea, naves industriales reconvertidas o solares donde antes hubo fábricas. Durante buena parte del siglo XX la conserva fue uno de los motores económicos de San Adrián, y ese carácter trabajador todavía se nota.
Subir, bajar y lo que hay entre medias
Si te apetece estirar las piernas, junto al río Ega hay senderos bastante agradables para caminar. Uno de ellos recorre un tramo donde aparecen pequeñas cuevas excavadas en la roca blanda del talud. No son cuevas espectaculares; más bien refugios o huecos que en su día se usaron para guardar herramientas o como abrigo. Pero el paseo merece la pena por el entorno del río.
Conviene llevar calzado cómodo. En algunos tramos el camino se acerca mucho al agua y después de lluvias puede haber barro.
Para quien quiera un poco más de subida está el camino hacia la ermita de la Virgen de la Palma, situada en un punto elevado sobre el valle. No es una excursión larga, pero la cuesta se hace notar. Desde arriba se entiende bien la geografía de la zona: el Ebro abriéndose paso hacia tierras riojanas y todo el mosaico de huertas alrededor.
La ermita es pequeña, excavada en parte en la roca. Dentro suele oler a cera y a piedra húmeda, ese olor tan típico de los santuarios que llevan siglos recibiendo visitas.
Fiestas que no suelen salir en las guías
Las fiestas grandes del pueblo giran en torno a las Santas Reliquias. Durante esos días San Adrián cambia bastante: peñas, charangas, encierros y mucha vida en la calle.
Una de las tradiciones más curiosas es la arqueta antigua que se saca en procesión. Según la tradición contiene reliquias de mártires y durante generaciones se ha relacionado con la protección frente a tormentas y granizo. Creas o no en estas cosas, para mucha gente del pueblo tiene un valor simbólico enorme.
También es habitual que a lo largo del año se organicen ferias o mercados ligados al producto local. Nada demasiado escenográfico: más bien puestos de gente de la zona vendiendo miel, verduras o conservas. Ese tipo de ambiente donde acabas hablando más que comprando.
Lo que se come (y se bebe) cuando nadie mira
El espárrago blanco de la huerta del Ebro es la referencia más conocida. Aquí aparece en todas las versiones posibles: en ensalada con tomate y atún, con mayonesa casera o simplemente recién cocido y templado.
La menestra de verduras es otro clásico. Bien hecha, cada verdura mantiene su sabor y su textura, nada que ver con la versión de bote que mucha gente tiene en la cabeza.
Y sí, también hay mucha influencia riojana en la mesa. La frontera está cerca y eso se nota tanto en la carne a la brasa como en los vinos que suelen acompañar las comidas.
El momento de irse (con el maletero oliendo a huerta)
San Adrián no es un pueblo de postal. Hay calles rectas, bloques de los años setenta y zonas industriales que recuerdan bastante a cualquier localidad agrícola del valle del Ebro.
Pero tiene algo que a mí me gusta: sabe perfectamente de qué vive y de dónde viene.
Cuando te vas y vuelves a ver la chimenea de la antigua fábrica asomando entre las casas, entiendes que este sitio se explica mejor con huertas, ríos y tarros de conserva que con monumentos.
Mi consejo: pásate una mañana tranquila, da un paseo junto al Ega, sube hasta la ermita para ver el valle desde arriba y, si encuentras algún puesto de producto local, llévate unos espárragos o alguna conserva. Luego vuelves a casa con el coche oliendo a huerta. Y oye, eso ya es bastante buen recuerdo.