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sobre Buñuel
Localidad más meridional de Navarra junto al Ebro; tradición taurina y agrícola en un entorno de soto de ribera
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Te juro que el primer espárrago triguero que probé haciendo turismo en Buñuel me supo casi a espárrago de lata. Culpa mía, claro: fui en agosto. Es como ir a Logroño en plena vendimia esperando encontrar tranquilidad. En Buñuel no se trata de si hay o no turismo; se trata de que el pueblo tiene un calendario interno marcado por los espárragos y el Ebro, y si vienes fuera de temporada te lo vas a encontrar medio dormido.
El pueblo que huele a verdura
Buñuel es de esos sitios donde el olor te delata la época del año. En abril huele a tierra mojada y a algo verde que pinchas con la nariz antes que con la boca. Los campos de cultivo llegan hasta las mismísimas casas, y los regadíos dibujan un laberinto de acequias que parecen carreteras para hormigas. Da igual dónde mires: si no ves lechugas, ves espárragos; si no ves espárragos, ves algo que dentro de tres semanas será espárrago.
La población ronda las 2.300 personas repartidas entre el casco y las barriadas que se pegan a la carretera como pegamento viejo. No es pequeño, no es grande: es un pueblo de esos que tienen de todo pero en versión mini. Hay colegio, instalaciones deportivas, servicios básicos… lo suficiente para que la vida diaria funcione sin tener que salir cada dos por tres a Tudela. Y encima está el Ebro al lado, que aquí no es postal ni paseo marítimo: es río de verdad, ancho, con huertas alrededor y caminos que siempre terminan en barro si te descuidas.
La iglesia que no grita
La de San Pedro Apóstol no es la típica iglesia que te obliga a sacar la cámara antes de cruzar la puerta. Es más bien al revés: pasa desapercibida hasta que te paras delante y te fijas en el campanario y en la piedra, que cambia bastante con la luz del día. Tiene ese aire de iglesia de pueblo que lleva siglos ahí sin necesidad de presumir demasiado.
Lo mejor es sentarse un rato en la plaza y mirar cómo pasa la gente. Los mayores caminan despacio, haciendo paradas para hablar con medio mundo. Los jóvenes cruzan la plaza como si fuese un atajo entre una cosa y otra. Nadie tiene prisa. En Buñuel correr llama la atención, salvo que seas agricultor y se te haya olvidado cerrar el agua de la acequia.
Cuando el campo se come el pueblo
Aquí la primavera no es una estación, es un acontecimiento. Los espárragos trigueros asoman como alienígenas verdes entre la tierra oscura, y los agricultores salen temprano a cortarlos antes de que el sol apriete demasiado. Si te mueves por los caminos de la ribera a primera hora verás gente con cuchillo en la mano y la espalda curvada como si llevaran toda la vida haciéndolo. Probablemente sea así.
Es el momento en el que el campo se come el pueblo: todo gira alrededor de la campaña. Se habla de cómo viene el año, de cuánto están pagando el kilo y de si la tierra está respondiendo o no. Incluso aunque vengas solo de paso, acabas enterándote de algo.
Mi consejo: si puedes, ven en abril o en plena primavera. No porque haya grandes eventos ni nada parecido, sino porque es cuando Buñuel huele a lo que es. En agosto huele más a asfalto caliente y coche aparcado; en abril huele a tierra recién abierta.
Cómo no perderse sin querer
Buñuel no es un laberinto, pero casi. Las calles paralelas al río se parecen bastante entre sí y el GPS a veces se lía cuando entras en la zona de los puentecillos que cruzan las acequias. La trampa está en pensar que el pueblo acaba donde acaban las casas. Error: sigues por los caminos de la ribera y aparecen huertos que parecen pequeños mundos aparte, con casetas de herramientas que muchos usan como refugio de fin de semana.
Lleva calzado que no sufra con el barro y, si vas en coche, aparca cuando veas un sitio claro. Luego todas las esquinas empiezan a parecer la misma y terminas dando vueltas como hámster en ruleta.
Y si comes en el pueblo, asume la lógica del sitio: lo que hay es lo que toca ese día. Normalmente cocina de casa, bastante contundente. Si aparece espárrago, comerás espárrago; si toca cardo, tocará cardo. Y cuando cae un potaje de los de verdad, de los que se hacen sin mirar el reloj, sales rodando pero contento.
Dicho claro: Buñuel no es un lugar al que vengas a llenar tres días de agenda. Es más bien una parada tranquila en la Ribera. Pero si pasas por la zona en temporada de huerta y te apetece ver cómo funciona un pueblo agrícola de verdad, merece la pena parar un rato, comprar espárragos en algún puesto de carretera y sentarte un rato en la plaza. Con un poco de suerte acabarás hablando con alguien que conoce a alguien de tu pueblo. Aquí esas conexiones pasan más de lo que parece.