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sobre Carcastillo
Sede del impresionante Monasterio de la Oliva; puerta de entrada a las Bardenas Reales por el norte
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Las cigarras empiezan a cantar cuando el sol toca la línea de los trigales. Desde la carretera que viene de Pamplona, el turismo en Carcastillo empieza antes de aparcar el coche: el pueblo aparece de golpe sobre la vega del Aragón, con los tejados rojizos muy juntos entre sí y la torre de la iglesia recortada contra el cielo azul pálido. Detrás, hacia el sur, el terreno empieza a secarse y a aclararse de color hasta que asoman las primeras lomas de arcilla de las Bardenas.
A primera hora la luz es limpia y el aire todavía guarda algo de frescor del río. Luego el calor se queda pegado a las paredes.
El silencio del monasterio de La Oliva
El monasterio de La Oliva está a pocos minutos del pueblo, entre campos abiertos. La carretera atraviesa parcelas de cereal y de viña y, de repente, aparece la fachada de piedra clara, ancha y bastante sobria.
Al cruzar el umbral el sonido cambia. Se oyen pasos, alguna puerta lejana, y poco más.
El claustro bajo conserva ese olor húmedo de la piedra antigua, incluso en pleno verano. Las columnas no son idénticas: algunas están más gastadas, otras tienen pequeñas marcas que se notan al pasar la mano. El monasterio empezó a levantarse en el siglo XII y, aunque ha tenido etapas de abandono y restauración, sigue habitado por monjes cistercienses.
En la iglesia la luz entra muy recta por las aberturas altas y cae sobre el suelo en rectángulos claros. En la portada se ve un crismón tallado en piedra, uno de esos símbolos medievales que aparecen también en otras iglesias del norte. La visita suele ser tranquila, pero conviene comprobar antes los horarios del monasterio porque no siempre está abierto.
El borde de las Bardenas desde Larrate
Desde Carcastillo se entiende bien dónde empieza a cambiar el paisaje. Basta subir hacia la zona de Larrate.
La subida es corta. En unos quince o veinte minutos andando —según el ritmo— el pueblo queda abajo y el valle del Aragón se abre hacia el norte: campos muy verdes en primavera, más ocres cuando llega julio.
Si giras hacia el sur el color cambia de golpe. Las Bardenas empiezan justo detrás de las últimas parcelas cultivadas, con barrancos de tierra amarilla y laderas que parecen desmoronarse poco a poco con cada tormenta.
Si te quedas un rato quieto se ve más vida de la que parece al principio. Rapaces planeando alto, alguna bandada pequeña de pájaros moviéndose entre los campos, rebaños que avanzan despacio entre los caminos de tierra. Por aquí pasa una de las cañadas que históricamente utilizaban los rebaños en sus desplazamientos entre zonas de pasto.
En verano conviene subir temprano o al atardecer: no hay apenas sombra.
Lo que sale de la huerta del Aragón
La vega del Aragón se nota también en la cocina del pueblo. Los bares abren pronto y a media mañana ya hay movimiento de gente que viene o va de las huertas.
En temporada aparecen las pochas frescas, que se cocinan con verdura y algo de chorizo para dar color al caldo. Los tomates de la ribera —cuando están en su punto— tienen esa piel fina que se rompe casi sola al cortarlos. También es habitual el cordero guisado despacio, en cazuela de barro, con salsas que piden pan para no dejar nada en el plato.
Son platos sencillos y bastante ligados al calendario del campo. Si vienes fuera de temporada, no siempre encontrarás lo mismo.
Cuándo venir y cómo moverse por el pueblo
El calor marca mucho el ritmo aquí. En julio y agosto el sol cae fuerte sobre la ribera y a mediodía las calles se quedan muy quietas. Si vienes en esos meses, lo más agradable suele ser salir temprano o esperar a que baje la luz por la tarde.
En septiembre suelen celebrarse las fiestas del Cristo del Consuelo, cuando el pueblo tiene más ambiente. También es habitual que en primavera se suba andando hasta Larrate en romería, una caminata corta en la que participa bastante gente del pueblo.
Para recorrer Carcastillo no hace falta plan. Aparca cerca de la plaza y camina. En veinte minutos habrás cruzado prácticamente todo el casco urbano, entre casas de ladrillo rojizo, patios con macetas y alguna conversación que se escapa por las ventanas abiertas.
Si te apetece alargar el paseo, el camino hacia la presa del Aragón es uno de los recorridos más tranquilos de la zona. A ratos huele a barro húmedo y a sauces, y cuando el río baja calmado todavía hay quien se acerca a la orilla a refrescarse.
Carcastillo no busca llamar la atención. Es más bien un lugar de paso lento: campos que cambian de color según el mes, un monasterio donde el silencio pesa un poco más de lo normal y ese viento seco que llega desde las Bardenas cuando cae la tarde. A veces, con eso basta.