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sobre Castejón
Histórico nudo ferroviario y energético; población moderna con fuerte identidad obrera y multicultural
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El tren de mercancías cruza el puente metálico varias veces al día. El ruido se mete por las ventanas de la Plaza de España como un recordatorio: Castejón existe porque el Ebro permite que las cosas pasen por aquí. El pueblo entero parece girar alrededor de ese tránsito constante —trenes, camiones, agua— que rara vez se detiene del todo.
Un pueblo que mira al río de reojo
Castejón no es un pueblo de postal. No tiene casas colgadas ni calles empedradas que inviten a perderse. Su arquitectura es de ladrillo y función: bloques bajos levantados en el siglo XX, naves industriales al otro lado de la vía, alguna casa anterior que sobrevivió a la guerra y a las décadas de crecimiento ferroviario. Pero el Ebro —ancho, con sus islas de vegetación y cambios de nivel según la época— impone su ritmo.
Los puentes, tres en menos de un kilómetro, son la versión local de monumentos: el metálico del ferrocarril, el de la autopista que zumba sin parar y el puente de carretera que sigue absorbiendo el tráfico cotidiano.
Desde el Fuerte Fusilero, una posición defensiva levantada en el siglo XIX y hoy convertida en mirador, se entiende la lógica del lugar. El río hace aquí una curva amplia antes de seguir hacia Tudela. Durante las guerras del siglo XIX este punto permitía vigilar el paso entre Navarra, La Rioja y Castilla. Hoy quedan muros de piedra, restos de artillería y, sobre todo, una vista clara del valle: regadíos, parcelas largas de maíz y hortaliza, y la línea recta del canal de Lodosa cortando el paisaje.
La iglesia que no era la más importante
La iglesia de San Miguel es la parroquia actual. El edificio se levantó en el siglo XVIII sobre una ermita anterior y su torre de ladrillo sigue siendo la referencia del casco antiguo. No es un templo monumental ni guarda grandes piezas de museo, pero tiene el peso habitual de las parroquias de ribera: durante siglos fue lugar de reunión, anuncio de cosechas y espacio donde se ordenaba la vida del pueblo.
Durante mucho tiempo Castejón dependió eclesiásticamente de la vecina Cintruénigo. Allí estaba la parroquia principal y allí se celebraban algunas de las fiestas religiosas más importantes. Esta relación habla bastante bien de la posición histórica del lugar: un punto de paso junto al río donde paraban arrieros, barqueros y comerciantes que cruzaban el Ebro.
Dentro de San Miguel se conserva un Cristo de madera policromada que sale en procesión el Viernes Santo. No es una talla especialmente conocida, pero forma parte de esas devociones muy locales que se transmiten más por costumbre que por interés artístico.
El arroz con leche que no es postre
En Castejón el arroz con leche a veces aparece de una forma poco habitual: más espeso de lo que se espera y servido templado, casi como un plato de cuchara. Algunas familias lo preparan con leche entera y canela en rama durante bastante tiempo, hasta que el grano queda muy ligado. Luego cada casa añade lo suyo: azúcar, aceite de oliva o simplemente nada.
La explicación que suelen dar los vecinos mayores es práctica. Era un plato barato, energético y fácil de recalentar en la cocina económica antes de salir al campo. No es algo que se encuentre en cartas ni menús: pertenece más al ámbito doméstico que al de la hostelería.
Primavera entre campos de regadío
La ribera del Ebro marca el calendario del pueblo. En primavera los campos alrededor de Castejón están en pleno movimiento: plantaciones de pimiento, tomate y maíz que todavía dejan ver la tierra oscura entre las líneas de riego.
En esos meses es frecuente ver ciclistas siguiendo los caminos agrícolas que acompañan al río. Son rutas prácticamente llanas, entre choperas y parcelas de regadío, más pensadas para pedalear tranquilo que para hacer deporte de competición.
Los sábados por la mañana se instala el mercadillo ambulante con algunos puestos de fruta, ropa y menaje. No tiene grandes pretensiones, pero es uno de esos momentos en que el pueblo se concentra en la calle: vecinos con la bolsa de la compra, agricultores comentando la campaña y chavales que cruzan la plaza sin demasiado interés por lo que se vende.
Cómo llegar y qué hacer con el día
Castejón está a unos quince minutos en coche de Tudela y aproximadamente a una hora de Pamplona. El ferrocarril sigue siendo importante: la estación mantiene conexiones regionales, aunque los horarios no siempre encajan bien con una visita breve.
Si se llega en coche, suele ser fácil aparcar cerca del polideportivo o en las calles próximas al centro.
El recorrido básico se hace sin prisa en un par de horas: cruzar el puente viejo, acercarse al Fuerte Fusilero, entrar en San Miguel y caminar un rato por el paseo del Ebro. Desde ahí también se puede continuar hacia otros pueblos de la Ribera o acercarse a las Bardenas por carreteras secundarias.
Castejón no intenta llamar la atención. Es un lugar que ha vivido siempre del paso —del río, del tren, de las carreteras— y que todavía conserva esa condición de cruce más que de destino. Precisamente por eso resulta interesante mirarlo con calma.