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sobre Cortes
Último pueblo de Navarra por el sur; famoso por su castillo medieval habitado y sus paloteados
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El castillo de Cortes es como ese compañero de piso que nunca se va: lleva ahí siglos, ha cambiado de manos unas cuantas veces y, aun así, sigue plantado en el mismo sitio mirando al pueblo. No es el castillo más grande de Navarra ni el que sale en todos los carteles, pero en Cortes todo gira un poco alrededor de él. Literalmente: el parque, las calles cercanas y buena parte de la historia del pueblo.
El castillo que no se rinde
Cuando te acercas lo primero que sorprende es el conjunto. El castillo ocupa unos 4.500 metros cuadrados, más o menos, lo que en papel parece enorme y luego sobre el terreno se siente como una fortaleza bastante manejable. Lo que sí llama la atención es el parque que lo rodea: una zona amplia de césped donde los fines de semana hay niños con bici, gente paseando y jubilados comentando cómo ha cambiado el pueblo.
Es curioso pensar que un sitio que durante siglos fue una fortificación hoy funcione casi como el patio del pueblo.
Dentro se conserva una pinacoteca con óleos de entre los siglos XVI y XIX. La sensación es un poco la de entrar en la casa de un familiar con historia: cuadros por todas partes, retratos serios y escenas que parecen mirarte mientras pasas. No es un museo enorme, pero sí da una idea de la importancia que llegó a tener el lugar.
Las visitas suelen organizarse algunos domingos y normalmente hay que informarse antes en el propio municipio. No es de esos sitios donde entras sin más; conviene preguntar con algo de margen.
Historia que se huele
El origen del castillo se remonta a una atalaya musulmana del siglo X. La típica torre de vigilancia que controlaba el paso por el valle. En aquella época la comunicación era bastante más básica que ahora: humo, fuego y alguien vigilando desde arriba.
En 1119 lo conquistó Alfonso I el Batallador, uno de esos reyes medievales con nombre que parece sacado de novela. A partir de ahí el lugar siguió creciendo en importancia dentro del Reino de Navarra.
Siglos después pasó por manos de la monarquía navarra y también por la Corona de Aragón. Aquí se celebraron reuniones entre reyes y cargos del reino. De esas que hoy llamaríamos cumbres políticas, solo que con armaduras y caballos esperando fuera.
El pueblo que hay detrás
Cortes ronda los tres mil habitantes. Es de esos pueblos donde todavía se nota el ritmo agrícola. Alrededor hay huertas y campos, y eso marca bastante la vida diaria.
Entre semana se ven tractores entrando y saliendo y gente que se conoce de toda la vida. Si llegas de fuera lo notan rápido. No con mala cara, más bien con curiosidad. Es lo normal en un sitio donde casi todos saben quién es el primo de quién.
El centro del pueblo es sencillo. Calles prácticas, casas de varias épocas y vida bastante tranquila. Aquí no hay grandes monumentos escondidos en cada esquina. El peso histórico está concentrado en el castillo.
La otra historia, la de abajo
A las afueras está el Alto de la Cruz, un yacimiento arqueológico bastante conocido entre quienes siguen la protohistoria de la zona. Allí apareció un poblado de la Edad del Hierro relacionado con la cultura hallstática.
Los restos indican que el asentamiento fue destruido hacia el 550 a.C., probablemente en un episodio violento. Los arqueólogos han discutido bastante sobre quién pudo atacarlo. Lo interesante es pensar que en este mismo territorio ya había comunidades organizadas más de dos mil años antes de que el castillo existiera.
Cortes, más castillo que postal
Si alguien llega esperando el típico pueblo navarro de calles medievales y casas de piedra muy apretadas, aquí la imagen cambia. Cortes es otra cosa. Un pueblo agrícola con una fortaleza potente en el centro de la historia.
La visita suele girar alrededor del castillo y del parque que lo rodea. Luego queda pasear un rato por el pueblo, ver cómo se mueve la vida diaria y parar a tomar algo donde lo hacen los vecinos.
A mí Cortes me deja esa sensación de lugar vivido, no de escenario. Un castillo que ha pasado por mil etapas, un parque lleno de críos y un pueblo que sigue a lo suyo. Y eso, en el fondo, también cuenta bastante de la Ribera.