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sobre Fustiñana
Pueblo de la Ribera con tradición en la huerta y cercanía a Bardenas; celebra con fervor la fiesta de las nueces
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El viento te canta en los oídos desde el momento en que bajas del coche. No es ese airecito tímido de montaña. Aquí sopla viento de llanura, de ese que viene desde las Bardenas y te despeina en treinta segundos. Si has llegado hasta Fustiñana, lo vas a notar enseguida. Y también otra cosa: el olor de la huerta.
Porque este pueblo de la Ribera navarra vive muy pegado al campo. Tanto que, si lo piensas un momento, Fustiñana funciona casi como una gran despensa: pimientos, tomates, verdura que sale de aquí y acaba en media Europa.
Migas con uva y otras historias que se oyen en la barra
Lo primero que llama la atención al acercarte por carretera son los cultivos y los túneles de plástico. Filas y filas que brillan al sol. Desde fuera puede parecer un paisaje un poco raro, pero cuando bajas del coche y huele a tomate maduro entiendes de qué va todo esto.
En la plaza siempre hay algún bar abierto donde acaba pasando medio pueblo a lo largo del día. Ahí fue donde escuché hablar de las migas con uva como si fueran una institución local. Según me contaban, es el plato típico de los domingos o de los días de cuadrilla, sobre todo cuando había pan duro que aprovechar.
El plato no es precisamente pequeño: pan desmigado, chorizo, algo de ajo y las uvas que aparecen al final para darle ese contraste dulce. Es de esos platos que parecen sencillos hasta que te das cuenta de que te has quedado lleno a mitad.
Un paisaje que parece de otro planeta
Desde Fustiñana se llega en coche, en poco rato, a una de las zonas más conocidas de las Bardenas Reales. Y allí está Castildetierra, esa formación de tierra que aparece en mil fotos.
La primera vez que la ves tiene algo de broma visual. Un montículo estrecho con una especie de sombrero arriba, como si alguien hubiera hecho un castillo de arena gigante y lo hubiese dejado secar al sol. Luego te acercas un poco más y empiezas a fijarte en las capas de tierra, en los colores que cambian según la luz.
Al atardecer el paisaje se vuelve casi dorado y todo alrededor —cabezos, barrancos, lomas— parece un mar seco lleno de formas raras. El viento sigue soplando, claro. De hecho, es parte del motivo por el que el terreno tiene ese aspecto tan erosionado.
No es un lugar con bancos, sombra y senderos cómodos. Es tierra, polvo y horizonte.
Cuando llega el tiempo de vendimia
Si pasas por Fustiñana en otoño es cuando el pueblo suele tener más movimiento. La huerta está en plena actividad y en la Ribera siempre hay alguna celebración ligada a la vendimia o al final de la campaña.
Las calles se llenan más de lo habitual, aparecen mesas largas y la música acaba sonando en algún momento del día. Es el típico ambiente donde la gente que vive fuera vuelve a casa unos días y todo el mundo se acaba encontrando.
Y sí, las migas vuelven a salir. Aquí eso no falla.
El consejo de quien ha estado
¿Merece la pena parar en Fustiñana? Depende un poco de cómo viajes.
Si vas buscando monumentos grandes o museos, probablemente seguirás hacia Tudela o Pamplona. Pero si te interesa entender cómo funciona la Ribera de Navarra de verdad —campo, viento y huerta— este tipo de pueblo explica muchas cosas.
Mi consejo: pasa por aquí de camino a las Bardenas. Date una vuelta por el centro, tómate algo en la plaza y luego sigue hacia el paisaje lunar que hay a pocos kilómetros.
En un par de horas te haces una buena idea del lugar. Y, si pillas el día adecuado, te llevarás también el recuerdo de unas migas con uva que entran mejor de lo que parece cuando las ves llegar a la mesa.