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sobre Milagro
Capital de la cereza en Navarra; situada en la desembocadura del Aragón en el Ebro
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Las campanas repican a las siete de la mañana desde el cuerpo octogonal y el sonido baja por las fachadas de ladrillo como agua de mayo. En la panadería de la plaza huelen los borrachos recién horneados: vino tinto, canela y ese punto de almizcle que deja el bizcocho cuando absorbe el licor. Afuera, el aire todavía huele a la noche anterior, a campo regado y a esa humedad dulce que sube del Ebro cuando el río baja gordo.
Desde la atalaya —mil metros de altura en un pueblo llano— se ve todo lo que no se ve desde abajo: el Moncayo con sus primeros copos de nieve, la línea dentada de los Pirineos y la vega del Ebro convertida en un tapiz de parcelas rectangulares que cambian de verde a marrón según el riego. El camino de subida es corto pero tiene tramos de piedra suelta. A los lados crecen romeros que huelen fuerte cuando les da el sol. El viento de la ribera aparece de repente en la parte alta. Conviene llevar agua porque arriba no hay fuente y en primavera el sol pega más de lo que parece.
El tiempo de las cerezas
A mediados de junio el pueblo se tiñe de rojo oscuro. En la vega los cerezos empiezan a pesar. Las cajas de madera se apilan en remolques y en algunos patios se oye el golpe seco de la fruta al caer en los cubos.
En esas semanas suele celebrarse una jornada dedicada a la cereza. La plaza se llena de cestas y de manos manchadas de morado. La escena es bastante simple: gente comprando fruta, comiéndola de pie, charlando a la sombra. Los mayores todavía pelan algunas con navaja pequeña, como se hacía antes para quitar el hueso sin partir la carne.
Fuego y cadenas
El 3 de febrero, día de San Blas, el pueblo amanece con olor a leña. En la plaza alta levantan una hoguera con troncos de chopo de la ribera. Por la tarde sale la procesión.
Algunos vecinos llevan cadenas en los tobillos. Al caminar suenan contra el suelo, un ruido metálico que se mezcla con las campanas. La costumbre se relaciona con el escudo de Navarra y con relatos antiguos de guerras medievales. Hoy se vive más como un gesto simbólico que como una recreación histórica.
La gente da vueltas alrededor del fuego. Tres, dice la tradición, para proteger la garganta durante el año. El humo acaba picando en los ojos y todo el mundo termina riéndose mientras se seca las lágrimas con la manga.
Entre dos ríos
Milagro se coloca en un meandro del Ebro y muy cerca llega el Aragón. Entre los dos ríos hay caminos de tierra bastante llanos. En primavera se oyen carriceros escondidos en los cañaverales y mirlos acuáticos moviéndose entre las orillas.
Con unos prismáticos se pueden ver garzas reales quietas durante minutos enteros. A veces también aparecen cormoranes secándose con las alas abiertas sobre postes viejos cerca del agua.
La vega es abierta y el viento corre sin obstáculos. Si sales a caminar o en bici, lleva algo que corte el aire y protección para el sol. El reflejo del agua engaña y se acaba el paseo con la cara más roja de lo previsto.
Ladrillo y barroco
La Basílica de la Virgen del Patrocinio aparece de golpe entre las casas. Mucho ladrillo visto y una torre cilíndrica que se reconoce desde lejos. A mediodía, cuando la luz entra de lleno, el interior se vuelve muy blanco.
El retablo mayor conserva ese dorado algo apagado que tienen las maderas antiguas. La imagen de la Virgen es pequeña. En el pueblo la llaman la Morenica, un apodo que sale en muchas conversaciones cuando llega noviembre y se acerca la romería.
Ese día la imagen se traslada en procesión por caminos que, si el Ebro ha crecido en semanas anteriores, suelen estar húmedos y pesados. El barro alarga el recorrido y obliga a caminar más despacio.
Cuándo ir y qué evitar
La primavera suele ser el momento más agradecido para acercarse a Milagro. Entre abril y mayo la vega está muy verde y el aire todavía corre fresco por las tardes. Es cuando los campos se trabajan más y se ve movimiento constante de tractores y remolques.
En agosto el calor aprieta y el viento levanta polvo en las calles abiertas. Coinciden además las fiestas patronales y el ambiente cambia: más música, más gente y encierros por el recorrido del pueblo. Si buscas calma, conviene escoger otra época.
El invierno tiene días claros y fríos. En febrero la hoguera de San Blas reúne a medio pueblo en la plaza, pero el viento de la ribera corta la cara, así que abrigo serio.
Al caer la tarde, cuando el sol se esconde detrás de la atalaya, las fachadas de ladrillo se vuelven de un rojo anaranjado muy parecido al de las cerezas maduras. En la plaza se oyen platos, conversaciones lentas y el sonido de las campanas anunciando el rosario. Poco a poco el ruido baja. El pueblo se queda en ese silencio suave que tienen los lugares pegados al río cuando llega la noche.