Artículo completo
sobre Valtierra
A la entrada de Bardenas; famosa por sus cuevas turísticas y pasado agrícola
Ocultar artículo Leer artículo completo
A esa hora en que el cielo empieza a aclararse sobre las Bardenas, Valtierra todavía está medio en silencio. Las campanas de Santa María marcan las ocho y en la plaza se mezcla el olor del pan recién hecho con el aire seco que llega de los campos. El turismo en Valtierra empieza a entenderse así, en esos minutos lentos de la mañana en los que solo pasa algún coche y la luz cae oblicua sobre las fachadas.
El pueblo despierta despacio. Aquí el día suele empezar pronto en el campo y más tarde en las calles.
El retablo que habla
Dentro de la iglesia la temperatura baja de golpe. La piedra guarda el fresco incluso en verano. La penumbra se rompe cuando alguien abre la puerta sur y entra una franja de luz que cruza el suelo hasta el retablo mayor.
Es grande, dorado, con ese rojo oscuro que todavía conserva fuerza en las túnicas. Juan Martínez de Salamanca empezó el trabajo en 1575 y otros talleres lo terminaron años después. Se nota si miras los rostros o los pliegues de los mantos. Cada mano parece tallada por alguien distinto.
Si te acercas mucho, la madera tiene pequeñas grietas y zonas donde el dorado se ha suavizado con el tiempo. Aun así, el conjunto sigue imponiendo bastante silencio.
A veces se puede subir a la torre si hay alguien que tenga la llave. No siempre ocurre. Cuando se abre, arriba sopla un viento distinto al de la calle. Desde allí se ve la vega del Ebro extendiéndose en verde y, hacia el sur, las primeras formas secas de la Bardena.
Casas cueva y un palacio incompleto
En la calle Mayor queda la fachada del antiguo Palacio de los Gómara. Dos torreones y una portada barroca levantada en el siglo XVIII. El resto desapareció en los años setenta. El hueco se nota: la fachada parece quedarse sin cuerpo detrás.
Los escudos siguen bien marcados en la piedra. Si el sol cae de lado, las figuras del león y el castillo proyectan una sombra nítida sobre el muro.
A unos diez minutos andando hacia la ladera norte aparecen las casas cueva. La arcilla aquí es blanda y durante generaciones se excavaron viviendas directamente en la tierra. Muchas puertas están pintadas en colores vivos. Azul, verde, a veces rojo.
Algunas cuevas siguen usándose como almacén o bodega. Otras se han rehabilitado para vivir o pasar unos días. Si apoyas la mano en la pared se nota enseguida el fresco interior, incluso cuando fuera aprieta el calor de la Ribera.
Agosto en la calle
Las fiestas suelen caer hacia mediados de agosto y cambian bastante el ritmo del pueblo. Las mesas salen a la calle, aparecen parrillas improvisadas y el humo del carbón se queda flotando entre las casas cuando cae la noche.
Hay música, vaquillas en la plaza y muchas comidas largas en familia. No tiene el tamaño de otras fiestas navarras más conocidas, pero durante esos días la población crece bastante y el ruido dura hasta tarde.
Quien prefiera ver el pueblo más tranquilo suele venir en otra época o, si coincide con las fiestas, dormir en alguna localidad cercana y acercarse durante el día.
Entre la vega y la Bardena
Valtierra queda justo en la transición entre la huerta del Ebro y el terreno seco que anuncia las Bardenas Reales. En pocos minutos el paisaje cambia.
Desde el pueblo salen varios caminos agrícolas que se internan hacia el sur. Uno de los paseos más conocidos atraviesa campos y pequeñas ramblas de yeso hasta llegar a una zona donde antiguamente se marcaban lindes con pilares de piedra. El recorrido ronda los cuatro o cinco kilómetros y apenas tiene desnivel.
En primavera el suelo se llena de flores bajas y el olor del tomillo aparece cada vez que alguien pisa el sendero. Después de lluvias fuertes, algunas ramblas llevan agua durante unas horas y el terreno cambia de color.
También pasan bastantes ciclistas camino de la Bardena. Conviene llevar agua desde el pueblo porque en esa dirección apenas hay sombras ni fuentes.
Lo que se come aquí
En los bares del pueblo la cocina es la de la Ribera. Platos de cuchara y producto de huerta. El ajoarriero suele llegar bien ligado, con el huevo duro mezclado en la salsa. El cardo con bacalao aparece mucho en invierno, cuando el frío aprieta en la vega.
Las migas se preparan cuando el pan está realmente seco y el aire mueve el humo de la sartén hacia la calle. De postre, en algunas casas todavía se hacen pestiños con miel o las roscas típicas del pueblo, que se parten mejor con la mano que con cuchillo.
Para beber, lo habitual es un rosado de Navarra, que en esta zona suele salir con más cuerpo del que uno espera.
Cuándo ir y qué conviene saber
La primavera suele ser uno de los momentos más agradables. Los campos de espárrago están en plena actividad y la Bardena todavía conserva algo de verde entre los tonos ocres.
Agosto trae ambiente y fiestas, pero también más ruido y alojamientos llenos. Si lo que buscas es caminar por los caminos de alrededor con calma, mejor mirar fechas fuera de esas semanas.
Los domingos por la mañana el pueblo se mueve despacio. Muchas persianas siguen bajadas hasta media mañana, así que conviene prever compras el día anterior.
Cuando sales por la carretera y miras por el retrovisor, la torre de la iglesia queda sola contra el cielo ancho de la Ribera. A partir de ahí el paisaje se abre y empieza otra vez la tierra seca que rodea Valtierra. El olor a romero y a polvo caliente suele quedarse un rato más dentro del coche.