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sobre Aguilar de Codés
Situado en una zona elevada con vistas dominantes; conserva restos de murallas y un trazado medieval interesante en la muga con La Rioja
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A media mañana, la luz cae oblicua sobre las fachadas de piedra de Aguilar de Codés y deja media calle en sombra. El silencio aquí no es total: cruje alguna puerta de madera, se oye un tractor a lo lejos, y a ratos un pájaro rompe la calma desde los huertos. El turismo en Aguilar de Codés tiene algo de paseo corto y atento. No hay mucho que tachar de una lista; más bien se trata de caminar despacio por un puñado de calles y mirar cómo está construido el pueblo.
Las casas son de mampostería irregular, con tejados de teja rojiza y muros gruesos. En invierno se entiende por qué: las ventanas son pequeñas y muchas puertas están protegidas por portales profundos. Algunas portadas conservan escudos tallados en piedra, gastados por décadas de viento y lluvia que llegan desde los montes cercanos.
El pequeño núcleo alrededor de la iglesia
La primera referencia clara al entrar es la iglesia parroquial dedicada a Nuestra Señora de Codés. La torre se reconoce desde la carretera y marca el centro del casco urbano. El edificio mezcla etapas distintas —algo habitual en pueblos de esta zona— y dentro suelen conservarse retablos y elementos de varios siglos, aunque el acceso depende mucho de que coincida con horario de culto o de que haya alguien que tenga la llave.
Las calles principales mantienen un trazado sencillo y bastante recto. No hace falta mapa: en pocos minutos se recorre casi todo el núcleo. Entre las casas aparecen detalles que cuentan la vida del lugar —antiguos corrales, pequeñas huertas pegadas a los muros, pilas de leña bien ordenadas para el invierno—.
No esperes tiendas ni movimiento constante. La mayor parte del tiempo el pueblo está tranquilo, con muy poca gente en la calle.
Los caminos que salen hacia los Montes de Codés
Lo interesante empieza cuando dejas atrás las últimas casas. Varios caminos salen directamente del borde del pueblo y se meten en praderas y laderas bajas que anuncian los Montes de Codés. El terreno alterna tramos de hierba con zonas pedregosas donde crecen encinas, matorral bajo y arbustos que aguantan bien el viento.
Si caminas un rato en silencio es bastante habitual ver buitres leonados planeando sobre las crestas. Su sombra pasa lenta por el suelo mientras el valle queda abierto hacia el sur.
Hay senderos que permiten dar paseos de una hora larga aproximadamente, aunque la duración depende mucho de hasta dónde quieras seguir. Algunos terminan en pequeñas elevaciones naturales desde las que se ve el mosaico de campos y pueblos dispersos de la zona.
Conviene llevar agua y algo de protección para el sol. En las partes abiertas apenas hay sombra.
Cuándo se disfruta más el paisaje
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradecidos para caminar por aquí. En primavera aparecen flores pequeñas entre las piedras y los arroyos bajan con algo más de agua desde las laderas. En otoño los robles cercanos cambian de color y el aire suele estar más limpio tras las primeras lluvias.
En verano el sol pega fuerte a partir del mediodía, sobre todo en los caminos sin árboles. Si vienes en esa época, lo mejor es salir temprano o esperar a la tarde.
El invierno tiene otro carácter: días cortos, bastante frío y un silencio aún más marcado en el pueblo.
Un alto breve en Tierra Estella
Aguilar de Codés es un municipio muy pequeño —apenas unas decenas de habitantes— y eso se nota en seguida. Se recorre rápido. Media hora basta para conocer el núcleo, y luego lo lógico es alargar el paseo por los alrededores.
Por eso mucha gente llega aquí después de haber visitado otros pueblos de Tierra Estella o como punto tranquilo desde el que acercarse a los montes. No hay demasiados servicios abiertos a diario, así que es buena idea venir con lo básico resuelto: agua, algo de comida y tiempo para caminar sin prisa.
La carretera que llega hasta el pueblo es secundaria y tiene tramos estrechos y con curvas. Conducir despacio ayuda a disfrutar del paisaje: campos abiertos, laderas secas y, al fondo, las cumbres de los Montes de Codés que dan nombre al lugar.