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sobre Genevilla
Pueblo recóndito en la frontera con Álava; destaca por el retablo de su iglesia y el entorno de la Sierra de Codés
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La primera luz entra por el lado de la iglesia y cae sobre la piedra gris de las casas. A esa hora, en Genevilla, apenas hay movimiento. Alguna ventana se abre, se oye una puerta de madera y poco más. El turismo en Genevilla empieza así, con el pueblo todavía medio dormido y el eco de los pasos rebotando en las calles estrechas.
En Tierra Estella, muy cerca del límite con Álava, Genevilla mantiene un tamaño mínimo. Viven aquí menos de cien personas y eso se nota en el ritmo. El casco urbano se recoge alrededor de la iglesia de San Miguel Arcángel. La piedra de los muros está gastada y en varios portales aparecen escudos antiguos, algo ennegrecidos por los años. No es un pueblo grande: en pocos minutos se atraviesa de una punta a otra, pero conviene mirar despacio las fachadas, los aleros de madera oscurecida y los portones anchos que antes daban paso a corrales.
Las calles suben y bajan ligeramente. Algunas acaban en pequeñas eras o en salidas directas al campo. Cuando se sale del último grupo de casas, el paisaje cambia de golpe. Parcelas de cereal, líneas de caminos agrícolas y, aquí y allá, manchas de encina y roble bajo. En días despejados la vista se abre bastante hacia el sur, con la llanura agrícola extendiéndose sin muchos obstáculos.
Caminar por los alrededores es sencillo porque hay muchas pistas de tierra usadas por los agricultores. No suelen estar señalizadas como rutas, pero se siguen bien. En primavera el campo aparece muy verde y el viento mueve el cereal como si fuera agua. A finales de verano todo se vuelve dorado y el polvo se levanta con facilidad al pasar un coche.
Si subes por cualquiera de las cuestas que rodean el pueblo, se entiende mejor su posición: un pequeño núcleo rodeado de cultivo, sin demasiada protección frente al sol o al viento. Por eso, en los meses calurosos conviene evitar el centro del día. Apenas hay sombra fuera del casco urbano.
Genevilla es pequeño incluso para los estándares rurales de la zona. Se recorre rápido, pero no hay que venir con prisa. Tampoco conviene contar con encontrar servicios abiertos todo el año. En muchos momentos del año no hay comercio ni bar en funcionamiento, así que lo habitual es parar aquí un rato y luego seguir hacia otros pueblos de Tierra Estella.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para acercarse. El verano funciona mejor a primera hora de la mañana o al caer la tarde, cuando la luz baja y el calor afloja. En invierno el viento se deja notar en las calles más abiertas y el campo alrededor queda bastante expuesto.
Desde Estella‑Lizarra se llega en coche en algo menos de media hora por carreteras comarcales. Algunos tramos son estrechos y con curvas suaves. Conviene aparcar al entrar en el pueblo y moverse andando. Un paseo corto basta para hacerse una idea del lugar, pero si te alejas un poco por los caminos agrícolas verás el silencio del que vive rodeado Genevilla. Aquí el sonido más constante suele ser el del viento pasando por el cereal.