Artículo completo
sobre Viana
Última ciudad del Camino en Navarra; monumental
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las campanas de Santa María dan las ocho cuando el sol empieza a calentar los muros de piedra. En ese momento, la plaza Mayor todavía está medio vacía. Algún peregrino cruza con la mochila ajustada y la credencial en la mano, buscando dónde sellarla antes de seguir hacia Logroño. Huele a pan recién hecho y a calle húmeda después del riego nocturno, esa mezcla de harina, polvo y madrugada que se queda flotando un rato entre los soportales.
Un mirador sobre la llanura
Desde el mirador de la Media Luna la vista se abre de golpe hacia la llanura riojana. Campos amplios, líneas rectas de viña y cereal, y al fondo una luz más seca que la que suele quedarse en Tierra Estella. Viana está justo en ese borde. Basta caminar unos minutos cuesta abajo para notar cómo el paisaje cambia.
El casco histórico conserva el trazado medieval, con calles estrechas que suben y bajan sin mucha lógica. En días de viento —aquí sopla a menudo— las esquinas hacen de embudo y la brisa corre por el empedrado levantando polvo fino.
La iglesia de Santa María domina el perfil del pueblo. La portada renacentista, tallada en piedra clara, cambia mucho según la hora: por la mañana la luz entra de lado y marca bien los relieves. Dentro, cerca del altar mayor, está la tumba de César Borgia. Murió en Viana durante una escaramuza a principios del siglo XVI y terminó enterrado aquí, bastante lejos de los escenarios donde había pasado su vida política.
Lo que sale de las huertas y de las bodegas
Los miércoles por la mañana suele montarse mercado en la plaza. No es grande, pero se ven productos de la zona: verduras de temporada, conservas, algo de embutido. En otoño aparecen pimientos rojos colgados en algunas fachadas para secarse al aire; cuando el sol les da de lleno desprenden un olor dulce y algo ahumado.
En las cocinas del pueblo mandan los productos de la huerta del Ebro cercano: espárragos blancos en primavera, alcachofas cuando empieza el frío, menestra cuando coinciden varias verduras a la vez. También es territorio de vino; muchas familias tienen o han tenido viñas en los alrededores, y esa relación con la tierra sigue muy presente en las conversaciones.
Caminos entre ermitas
Viana cambia bastante según la época del año. En verano el Camino trae un goteo constante de caminantes y la plaza tiene movimiento desde primera hora. En invierno, en cambio, el pueblo se queda más callado y las tardes se acortan rápido cuando cae el sol.
Septiembre suele ser un buen momento para pasear por aquí. El calor afloja y los campos empiezan a cambiar de color. Desde el casco urbano salen varios caminos agrícolas que permiten rodear el cerro sin mucho desnivel. Uno de los recorridos más habituales enlaza varias ermitas dispersas entre cultivos; el paisaje es abierto, con viento casi siempre presente y grandes horizontes de cereal.
El sonido rítmico del Camino
A media mañana empiezan a llegar más peregrinos. Se nota por el sonido rítmico de las botas sobre el suelo y por las mochilas apoyadas contra las paredes mientras alguien estira las piernas en un banco.
El Camino atraviesa Viana de lado a lado. Entra por la parte alta, cruza el casco histórico y sale después hacia la carretera que lleva a Logroño. Es un tramo corto, pero suficiente para llenar las calles de acentos distintos durante unas horas.
Cuando cae la tarde y el flujo de caminantes se diluye, el pueblo recupera su ritmo habitual. En la plaza se oye a los niños jugando y a alguien arrastrando una silla en una terraza. Las fachadas de piedra van perdiendo color poco a poco hasta quedarse en ese tono gris azulado que aparece justo antes de que enciendan las farolas.
Si te quedas a dormir, merece salir a caminar un rato por el casco antiguo ya de noche. Las calles están casi vacías y el eco de los pasos rebota entre las paredes. Desde algunos patios llega olor a leña o a cena recién hecha. Es otro Viana: más silencioso, más doméstico.
Cuándo ir: Primavera y principios de otoño suelen ser las épocas más agradables para caminar por la zona. En pleno verano el paso constante de peregrinos llena bastante el centro. En invierno el ambiente es mucho más tranquilo y algunos locales reducen horarios.