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sobre Olite
Capital del vino y sede del Palacio Real de los Reyes de Navarra; villa medieval de cuento de hadas imprescindible
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Olite es como ese primo que heredó la casa de los abuelos y decidió convertirla en palacio. Llegas pensando que vas a ver un pueblo de la Navarra media —viñas, ritmo tranquilo— y de repente te aparece un castillo lleno de torres como si alguien hubiese mezclado un palacio medieval con un decorado. Luego paseas un poco más y todo vuelve a su escala: calles estrechas, olor a pan, vecinos que se saludan desde la puerta y cigüeñas instaladas en los tejados como si pagaran alquiler.
El castillo que se creyó Disney
El Palacio Real de Olite es la razón por la que mucha gente viene hasta aquí, y se nota desde el momento en que cruzas la plaza. Hay cola bastantes días del año y la entrada se paga, pero cuando entras en el primer patio y levantas la vista a las torres entiendes rápido qué pasa.
Carlos III el Noble decidió convertir esto en una residencia real a finales de la Edad Media, y debió de tirar de presupuesto sin mirar demasiado. Durante siglos se repetía que tenía “tantas habitaciones como días tiene el año”, que suena a exageración medieval, pero ayuda a imaginar el tamaño del complejo.
Dentro no esperes grandes salas llenas de muebles antiguos. Está bastante desnudo. Lo interesante es subir a las torres y caminar por las galerías. Desde arriba se ve todo el entorno de viñedos que rodea Olite y el perfil del propio pueblo, con las cigüeñas ocupando las torres como si también fueran parte del palacio.
Una curiosidad: en su momento hubo incluso un pequeño zoológico con animales traídos de lejos. Cuesta imaginarlo ahora, pero parece que a la corte le gustaba presumir.
Pasear por la muralla (sin prisa)
Después del castillo, lo que mejor funciona es seguir andando sin mucho plan. Parte de la muralla medieval todavía se conserva y hay tramos por los que se puede pasear. No es un recorrido largo: en una media hora larga lo tienes visto si vas tranquilo y te paras a mirar.
Se levantan varias torres a lo largo del perímetro —una veintena, más o menos— que recuerdan que esto no era solo un pueblo de viñedos.
Desde arriba se ven bien los tejados rojizos del casco antiguo, las torres del palacio asomando por encima de todo y bastantes nidos de cigüeña. También es fácil ver escenas bastante cotidianas: ropa tendida entre balcones, patios interiores con macetas.
Vino, pochas y otras excusas para alargar la visita
Olite y el vino van de la mano desde hace siglos. La comarca está llena de viñedos y muchas bodegas tienen presencia en el propio pueblo o cerca. No todo funciona como esas visitas guiadas súper organizadas que ves en zonas más turísticas. Aquí a veces es tan sencillo como entrar, preguntar y probar.
En la mesa manda la cocina navarra de siempre. Pochas cuando es temporada, cordero guisado o asado, espárragos… platos de esos que no necesitan muchas vueltas porque funcionan tal cual.
Una cosa: el ambiente sigue siendo bastante local. No da la sensación de escenario montado para turistas. Si comes en el centro es muy posible que el pan venga de un horno cercano.
Cuando el casco antiguo se llena
A lo largo del año hay momentos en los que Olite cambia bastante. En verano, por las fiestas de San Fermín de Aldapa, el pueblo se anima con actos en la calle.
También suele celebrarse un fin de semana medieval en el que el casco antiguo se llena de puestos, trajes de época y bastante movimiento. Y cuando llega la vendimia, a finales de verano o comienzos de otoño, se organizan actividades relacionadas con el vino.
Fuera de esas fechas el ritmo es otro. Mucho más calmado. Un domingo por la tarde puedes cruzar medio casco histórico sin encontrarte con casi nadie.
Parar o no parar
Depende un poco de cómo viajes. Si vas buscando pueblos diminutos y casi vacíos, Navarra tiene otros que encajan más con esa idea. Olite es más conocido y se nota.
Pero el castillo realmente impresiona, el casco antiguo se recorre bien a pie y la relación con el vino le da personalidad al conjunto. No hace falta dedicarle un fin de semana entero: con una mañana larga y una comida tranquila te llevas una buena idea del lugar.
Llegar es sencillo desde Pamplona por carretera, y también hay tren regional que para cerca del pueblo.
Mi consejo: entra al castillo a primera hora si puedes, luego pasea por el casco antiguo sin mapa, busca una mesa donde comer algo con calma y termina con una vuelta corta por la muralla. Y si el día acaba con una copa local, mejor todavía. Aquí casi siempre hay alguna excusa para abrir una botella