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sobre Urduña (Orduña)
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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El viento de la meseta entra por el desfiladero y golpea la cara cuando bajas del tren. Son las nueve de la mañana, el andén está casi vacío, y el canto de los gorriones suena demasiado alto para lo que uno espera de una estación. La piedra del edificio tiene ese tono dorado de las mañanas despejadas. El pueblo empieza prácticamente ahí mismo: cruzas la carretera y ya estás caminando hacia las primeras calles.
Un pequeño bulto de casas sobre un cerro
Cinco minutos andando bastan para darse cuenta de la rareza del lugar. Urduña aparece como un pequeño bulto de casas sobre un cerro, rodeado de tierras que ya son Álava y, un poco más allá, Burgos, aunque administrativamente pertenece a Bizkaia. Un lugar que siempre obliga a mirar el mapa dos veces.
Las calles suben rectas, con pendientes que se notan en los gemelos. En lo alto todavía quedan tramos de muralla medieval agarrados a la loma. No es una muralla continua, pero sí lo suficiente como para recorrer algunos fragmentos y entender cómo se defendía el lugar. El parapeto llega más o menos a la cintura y desde ahí el valle se abre de golpe: campos que cambian de color según la época del año, nubes bajas que avanzan deprisa cuando sopla el viento del interior.
El olor a horno que sale de las casas
Alrededor del mediodía el aire cambia. Empieza a mezclarse el olor de la leña con el del cordero asándose. No hay carteles que lo anuncien; basta con levantar la cabeza y ver el humo salir de algunas chimeneas. En Urduña el horno de leña sigue siendo cosa de domingos largos.
La plaza de los Fueros actúa como punto de encuentro. Es uno de los pocos espacios completamente llanos y allí se juntan cuadrillas, familias y conversaciones que saltan del euskera al castellano sin que nadie lo piense demasiado. A veces alguien menciona el Santuario de la Antigua, en lo alto de la colina cercana. Desde allí se domina todo el valle y dentro se conserva una talla antigua de la Virgen vinculada a la historia del lugar.
Cuando la niebla se come el valle
Hay tardes en las que la niebla sube desde el fondo del valle y se queda atrapada alrededor del cerro. Entonces Urduña parece un barco varado en mitad de una nube: sobresalen los tejados, la torre de la iglesia y poco más.
El sonido cambia también. Los pasos sobre la piedra se oyen más, y el agua que baja por el desfiladero parece acercarse. Es buen momento para acercarse al tramo de muralla que queda detrás del Palacio de los Velasco. Si el sol ha dado durante la mañana, la piedra todavía guarda algo de calor.
Desde ese borde se distingue la estación abajo, pequeña, y la vía que entra y sale del túnel. Mirando el paso del valle se entiende por qué este lugar tuvo importancia estratégica: quien controlaba este punto vigilaba el camino natural entre la meseta y el interior de Bizkaia.
El momento de bajar
Cuando anochece, el viento suele aflojar. Las farolas dejan una luz amarillenta sobre las calles empedradas y todo se queda bastante tranquilo.
Bajar caminando hasta la estación es apenas un paseo cuesta abajo. El andén huele a hierba húmeda y a madera tratada de las traviesas. El tren que conecta con Bilbao pasa varias veces al día, así que no hace falta calcular demasiado: basta con sentarse un rato en el banco y mirar la vía desaparecer dentro del túnel mientras arriba, en la loma, Urduña se queda en silencio.
Cómo ir y cuándo
Hay tren desde Bilbao que llega directamente a Urduña, algo poco habitual para un pueblo de este tamaño. Entre semana el ambiente es bastante tranquilo; los fines de semana, sobre todo con buen tiempo, llegan bastantes excursionistas.
En invierno conviene venir abrigado. El viento que baja de la meseta entra por el desfiladero y atraviesa las calles sin pedir permiso. Aquí se nota más que en otros pueblos del entorno.