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sobre Urduña/Orduña
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Las campanas de Santa María suelen sonar cuando la luz empieza a colarse por el arco de la muralla. En la Plaza de los Fueros todavía hay sombras largas, las persianas siguen medio bajadas y el aire huele a pan caliente y a los primeros cigarrillos del día. A esa hora, el turismo en Orduña todavía no existe: lo que hay es una ciudad despertando despacio, con la calma de quien lleva siglos en el mismo sitio.
La ciudad que no debería estar aquí
Caminar por Orduña tiene algo que descoloca al principio. Estás en Bizkaia, pero alrededor empiezan enseguida los campos de Álava y, un poco más allá, ya es Burgos. En el mapa aparece como una pieza separada, una especie de isla administrativa rodeada por otras provincias.
La muralla ayuda a entenderlo. Si subes por la cuesta de Santiago verás cómo rodea el casco antiguo con una curva irregular de piedra oscura. Quedan tramos largos todavía en pie, con portones y lienzos que marcan bien el perímetro antiguo. Desde algunos puntos altos se abre el paisaje: prados amplios hacia el sur, montes más ásperos hacia el norte y, en medio, el rectángulo ordenado de calles rectas que conservan un aire muy medieval.
El tiempo en piedra
En la calle Nueva conviene ir despacio y mirar hacia arriba. Muchos edificios guardan escudos de piedra en las fachadas, algunos bastante gastados. Si te acercas se nota la superficie lisa de tanto tiempo expuesta al viento y a las manos curiosas.
Aquí vivieron familias hidalgas que prosperaron con el comercio que atravesaba este paso entre la meseta y la costa. Quedan rastros de esa época en palacios urbanos y también en pequeñas capillas y cofradías que todavía mantienen actividad. Durante la Semana Santa, por ejemplo, algunas procesiones recorren las mismas calles estrechas siguiendo itinerarios muy antiguos.
El ayuntamiento ocupa un edificio histórico frente a la plaza. Dentro se conserva una vieja arca de documentos que, según la tradición local, se abría con varias llaves custodiadas por distintos pueblos del entorno. Esa forma de guardar papeles importantes dice bastante sobre cómo se organizaba la vida aquí durante siglos: acuerdos compartidos entre vecinos de todo el valle.
Subir hacia el santuario de la Antigua
Desde la fuente de San Juan arranca el camino que sube hacia el santuario de la Antigua, en lo alto del monte Txarlazo. Es una subida constante, de esas que obligan a coger ritmo tranquilo. A pie suele llevar algo más de media hora larga.
El sendero serpentea entre encinas, quejigos y tramos donde el suelo se vuelve pedregoso. A medida que ganas altura el valle se abre detrás: parcelas verdes bien dibujadas, carreteras pequeñas y Orduña encajado en el fondo.
A mitad de subida aparecen restos de una antigua fortificación medio ocultos entre la vegetación. Apenas quedan muros, pero sirven para imaginar la importancia estratégica de este paso durante siglos.
El santuario aparece casi de golpe al final. Blanco, bastante aislado, con el viento corriendo por la meseta de la cima. Desde allí arriba la vista es amplia: el valle queda muy abajo y si hay suerte con la bruma, la línea de montes se estira hacia Castilla.
Si subes, intenta hacerlo al atardecer. La luz cae de lado sobre los prados y el pueblo empieza a encender sus primeras luces.
El mercado y el aire de frontera
Los sábados por la mañana la Plaza de los Fueros cambia bastante. Suele haber puestos de mercado y el ambiente se vuelve más ruidoso: conversaciones cruzadas, bolsas de tela, gente que se encuentra después de toda la semana.
La mezcla de productos refleja bien la posición del lugar. Aparecen quesos de los valles alaveses, verduras de la zona y pescado que llega desde la costa vizcaína. En los soportales el olor a brasas y a masa caliente suele delatar los talos recién hechos.
Si te hablan de las tejas de almendra, prueba una. Es un dulce muy ligado a la ciudad, crujiente por fuera y más blando en el centro, con ese sabor intenso a almendra tostada que queda en los dedos después.
Cuándo venir y qué evitar
Las fiestas de Otxomaio, que se celebran en primavera, son uno de los momentos en que más se llena la ciudad. Muchos vecinos que viven fuera vuelven esos días y el ambiente cambia bastante: música en la plaza, cuadrillas por las calles y más movimiento del habitual.
En verano, sobre todo los fines de semana, llega bastante gente desde Bilbao y otros puntos cercanos a pasar el día. Si prefieres ver Orduña con más calma, lo mejor es venir entre semana y a primera hora.
A última hora del día también tiene algo especial. Cuando cae la tarde y el ruido baja, basta con sentarse en un banco de la plaza o caminar junto a la muralla. El valle se va oscureciendo poco a poco y la ciudad queda recogida dentro de su perímetro de piedra.