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sobre Zeberio (Ceberio)
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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A las ocho de la mañana, la niebla sube por el valle como si alguien hubiera abierto el grifo de un río invisible. Desde el pórtico de la iglesia de Santo Tomás, las tejas oscuras brillan con la escarcha y el aire huele a leña recién encendida y a pasto mojado. El turismo en Zeberio empieza a entenderse en momentos así, cuando apenas pasa un coche por la carretera del valle y el primer sonido del día suele ser el de una puerta de caserío abriéndose o un perro que levanta la cabeza antes de que tú levantes la cámara.
El valle que se partió en dos
Antes de constituirse como municipio independiente —algo relativamente reciente—, Zeberio ya funcionaba como dos mundos dentro del mismo valle. No lo marcaban carreteras ni límites administrativos, sino los oficios.
En las zonas altas predominaban los caseríos agrícolas. Más abajo, cerca del agua, estaban quienes trabajaban en ferrerías y molinos. El rastro aún se puede seguir si se camina con calma: pequeños humilladeros de piedra junto a los caminos, restos de caleros donde se quemaba la cal viva y algunas ferrerías cuyos muros todavía conservan ese olor metálico que aparece cuando la humedad se mezcla con el hierro antiguo.
En Ermitabarri suele abrirse al público un pequeño espacio dedicado al oficio de herrero. No es grande, pero basta para hacerse una idea: yunques pesados, herramientas gastadas por décadas de uso y la sensación de que este valle, antes de carreteras y coches, sonaba a martillo golpeando metal.
Doce ermitas y una senda que no perdona
La llamada ruta de las doce ermitas no es un paseo corto. Son cerca de veinte kilómetros de sendero que sube y baja por laderas cubiertas de robles y hayas. Después de varios días de lluvia —algo bastante normal aquí— el barro se pega a las suelas y obliga a caminar más despacio.
El recorrido pasa por pequeñas ermitas repartidas por los barrios del valle. Algunas son muy sencillas, casi rurales; otras guardan detalles curiosos, como ventanitas estrechas o piedras muy antiguas reutilizadas en las reformas. La de San Adrián, en Argiñao, tiene una abertura tan fina que al amanecer entra un hilo de luz que corta la penumbra del interior.
En invierno todavía se mantienen algunas costumbres ligadas a estas ermitas. Tras ciertas misas o romerías es habitual que se sorteen productos del caserío: gallinas, queso, embutido, huevos. No siempre ocurre igual cada año, pero la idea sigue siendo la misma: reunir al barrio.
Aguas sulfurosas y robledales en silencio
El antiguo balneario de Telleri desapareció hace ya mucho tiempo, aunque la fuente sigue manando. El agua tiene ese olor fuerte, a azufre, que recuerda al huevo cocido. Hay vecinos que todavía se acercan con garrafas pequeñas porque dicen que va bien para la piel.
La senda que llega hasta allí no es larga. Discurre entre helechos altos y robles torcidos que dejan pasar la luz a trozos, sobre todo a media tarde. Cerca hay un pequeño espacio donde parar, con mesas de piedra y un arroyo que en verano baja lo bastante limpio como para que los niños se metan hasta las rodillas.
Conviene llevar agua o algo de comida si se pasa el día por esta zona. No hay bares ni tiendas cerca; el plan aquí suele ser caminar, sentarse un rato y escuchar el agua.
Cuándo ir y qué dejarse en casa
Zeberio se disfruta más entre primavera y comienzos de otoño. En abril y mayo los robledales de Ermitabarri brotan de golpe y el valle se vuelve muy verde. En septiembre el ambiente cambia: las fiestas de San Antolín suelen reunir a medio municipio en torno a la plaza y al frontón, con música de txistu que se oye desde bastante lejos si el aire está quieto.
En agosto, sobre todo los fines de semana, aparecen más bicicletas de montaña y coches de lo habitual. No llega a ser un lugar saturado, pero el valle pierde parte de su calma.
Y conviene venir con expectativas sencillas. Aquí no hay escaparates gastronómicos ni menús con nombres rebuscados. Lo que aparece en la mesa suele venir del huerto o del caserío. Si en alguna reunión te ofrecen talo con queso recién hecho, aún caliente, acepta sin pensar demasiado: el maíz tostado deja un sabor que se queda un buen rato.
Cuando cae la tarde la niebla vuelve a subir desde el fondo del valle y las luces de los caseríos se encienden poco a poco. Desde cualquier loma se ven dispersas por la ladera, como pequeñas brasas amarillas. El resto es silencio, roto de vez en cuando por una vaca que muge o por el golpe seco de una puerta de madera.