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sobre Laudio/Llodio
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A las nueve de la mañana, el mercado de Laudio Llodio huele a pan recién hecho y a txistorra. Algunas conversaciones saltan del castellano al euskera sin que nadie se dé cuenta. Entre los puestos se oye el arrastre de las cajas de fruta y, al fondo, el ruido constante de la carretera que baja hacia Bilbao. Aquí, en el valle de Ayala, la vida diaria pesa más que cualquier postal: gente que entra y sale con prisa, carros de la compra, saludos breves entre vecinos.
Laudio no se parece demasiado a la imagen que muchos tienen de un pueblo alavés. Creció alrededor de la industria y todavía se nota: bloques de los años sesenta, talleres, calles anchas pensadas para quien va a trabajar más que para pasear. Pero si te quedas un rato, empiezan a aparecer otras capas.
El Nervión a su paso por el valle
El río Nervión atraviesa Laudio cuando todavía es un río relativamente estrecho. Más abajo cambiará de carácter camino de Bilbao, pero aquí discurre entre árboles, naves industriales y algunos huertos que sobreviven pegados a la ribera.
Hay un paseo bastante utilizado por los vecinos que sigue el curso del agua durante varios kilómetros. No es un sendero salvaje: es más bien un camino cómodo, con tramos asfaltados, por donde pasan corredores, gente paseando al perro y familias con bicicletas.
Los fines de semana el ritmo es tranquilo. Los niños se asoman a los puentes para mirar el agua y contar patos, mientras los mayores se paran a charlar apoyados en la barandilla.
Si vienes en un día laborable por la tarde, verás otra escena: trabajadores que salen de las fábricas cercanas y utilizan el paseo para volver a casa caminando, con el ruido del tráfico siempre presente al fondo.
La iglesia de San Pedro en el centro del pueblo
La torre de San Pedro de Lamuza aparece entre los edificios como una referencia constante. No es una iglesia aislada en una plaza abierta; está rodeada de calles muy vividas, comercios, paradas de autobús y gente que atraviesa la zona sin detenerse demasiado.
El exterior mezcla piedra oscura y añadidos de distintas épocas, algo habitual en templos que han ido creciendo con el tiempo. La entrada tiene un trabajo de hierro que llama la atención si te acercas despacio, con esas formas retorcidas que recuerdan la tradición metalúrgica de la zona.
Dentro el ambiente cambia. Huele a cera apagada y a madera vieja. A ciertas horas suele haber silencio, interrumpido por alguien que entra, se sienta unos minutos y vuelve a salir a la calle.
Si te interesa verla con calma, conviene pasar por la mañana. A mediodía la zona se llena de movimiento y el interior pierde esa quietud que todavía conserva en las primeras horas del día.
El santuario del Yermo y la vista sobre el valle
Desde muchos puntos de Laudio se distingue, en lo alto de una peña, el santuario de Santa María del Yermo. Parece pequeño desde abajo, casi pegado a la roca.
La subida más habitual empieza entre barrios residenciales y pronto se mete en un camino que gana altura con rapidez. No es especialmente largo, pero sí tiene pendiente en algunos tramos, así que conviene tomárselo con calma.
Arriba el paisaje se abre de golpe. El valle de Ayala aparece como una mezcla de verde, tejados y polígonos industriales. El Nervión se adivina entre las hileras de árboles, y en días claros se distinguen los montes que cierran la comarca.
Es un lugar al que sube bastante gente del propio pueblo: caminantes, ciclistas o familias que llegan en coche para pasar un rato. A última hora de la tarde la luz cae lateral sobre el valle y el ruido de la carretera queda bastante amortiguado.
La feria de San Blas
A comienzos de febrero, alrededor del día de San Blas, Laudio cambia de ambiente durante unas horas. En el centro suelen colocarse puestos de productores de la comarca: miel, queso de oveja, dulces y embutidos.
También es habitual que aparezcan platos de invierno muy contundentes. En muchos hogares del pueblo ese día se cocinan patas de cerdo, a veces con alubias o en guisos largos que llevan horas al fuego. El olor a manteca y vino caliente se queda flotando por las calles si el tiempo es frío, que suele serlo.
La feria atrae a bastante gente de los alrededores, así que el centro se llena. Si prefieres moverte con tranquilidad, lo mejor es acercarse a primera hora de la mañana.
Un pueblo que no gira alrededor del turismo
Laudio no vive del turismo y eso se nota enseguida. Entre semana la gente camina deprisa y las calles funcionan al ritmo del trabajo y los horarios de fábrica.
Pero si te quedas un poco más de lo previsto empiezas a ver la vida cotidiana: partidas de cartas en el frontón cubierto, cuadrillas hablando en la plaza al caer la tarde, niños saliendo de los entrenamientos con las mochilas colgando.
El valle cambia bastante según la estación. En otoño la humedad se queda atrapada entre los montes y las hojas de los robles empiezan a oscurecerse. En invierno la niebla baja algunos días hasta las calles y todo suena más apagado.
Un consejo sencillo: evita las horas centrales de los días laborables si buscas pasear con calma por el centro. Y si puedes, acércate al anochecer. Cuando se encienden las luces de las casas y el ruido del tráfico baja un poco, Laudio muestra una cara mucho más tranquila que la de la mañana.