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sobre Beasain
Verde intenso, caseríos y montañas cercanas con rutas y miradores.
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El turismo en Beasain no empieza con una foto bonita ni con una calle de postal. Empieza con olor. A hierro, a fábrica… y a txistorra recién hecha si tienes suerte con la hora. Cuando sales de la A‑1 y entras al pueblo la sensación es esa: un sitio que funciona, como ese compañero de piso que se levanta a las seis para ir a trabajar y vuelve con el mono lleno de grasa. No es bonito en el sentido clásico ni está pensado para Instagram, pero tiene algo que muchos pueblos rehechos para el visitante han perdido: callo.
El sábado que descubrí que el maíz puede ser religioso
Llegué el primer sábado de mes sin saber que el mercado de San Martín de Loinaz es algo así como un Black Friday a la vasca, pero con productores que te miran a los ojos. Me metí en la plaza sobre las diez y salí más de una hora después con un talo aún caliente que manchaba el papel como una pizza barata recién sacada del horno.
La diferencia es que este disco de maíz lo ha hecho alguien que muele el grano en el molino hidráulico de Igartza desde hace años, de los que ya ni se cuentan.
El truco del talo está en no tener prisa. Te lo dan envuelto en papel de estraza, te miran como diciendo “ya sabrás tú lo que haces”, y te apartas. Si te lo comes caminando, en diez minutos. Si te sientas en un bordillo a mirar cómo las baserritarras —las agricultoras de los caseríos— discuten sobre el precio de la col o del queso, el rato se te puede ir sin darte cuenta.
El palacio que Google Maps no explica
Igartza es de esos sitios que ves y piensas: “aquí ha pasado algo importante”, aunque no sepas exactamente qué.
El palacio es una gran casa de madera y piedra junto al río Oria, con una galería aérea de madera que cruza el patio como un puente interior. Cuando lo ves entiendes por qué todo el conjunto —palacio, molino, ferrería y puente— tiene tanta fama en la zona.
Dentro hay pinturas de barcos hechas directamente sobre la madera. No cuadros colgados: pintura sobre las paredes, con varios siglos encima, humo de chimenea incluido. Algo así como el “yo estuve aquí” de otra época, pero con brocha.
El molino hidráulico sigue funcionando algunas veces. Cuando lo ponen en marcha se entiende bien la lógica del lugar: el agua del Oria movía ruedas, y esas ruedas movían trabajo. En el siglo XIX la industria del hierro empezó a crecer en esta zona y de ahí salió buena parte del carácter industrial de Beasain. No es casualidad que aquí naciera una de las grandes fábricas ferroviarias del país.
La ruta que casi nadie hace
Desde el conjunto de Igartza sale un sendero que sigue el antiguo camino que conectaba la península con Europa. Mucho antes de autopistas y camiones, por aquí pasaban comerciantes con carromatos rumbo a Francia.
En el camino hay un crucero antiguo colocado para proteger a los viajeros. Hoy los que pasan son caminantes del Camino de Santiago que enlazan rutas por el interior de Gipuzkoa.
Cuando estuve caminando por allí —unos veinte minutos tranquilos siguiendo el río— me crucé con dos japoneses con bastones que me saludaron con un “kaixo” muy serio. Luego entendí por qué.
Beasain es lugar de nacimiento de Martín de la Ascensión, un religioso del siglo XVI que murió en Japón y que allí tiene bastante devoción. Así que algunos visitantes japoneses llegan hasta aquí para ver su casa natal. La escena es curiosa: un pueblo industrial guipuzcoano convertido, de repente, en pequeña parada de una historia que conecta con Nagasaki.
Por qué viene bien que Beasain no sea San Sebastián
A menos de media hora de Donosti, Beasain juega otra liga. Y se agradece.
Aquí aparcar no es un problema y el ambiente es claramente de pueblo que trabaja: talleres, comercios de los de toda la vida, cuadrillas que salen a cenar después de la jornada. Nada de colas para hacerse fotos ni terrazas pensadas para el turista de fin de semana.
El primer sábado de mes, eso sí, la cosa cambia. Llegan coches de toda Gipuzkoa para el mercado y muchos se van con el maletero lleno de queso, verduras o embutido del caserío.
Mi consejo: llega hacia media mañana. Come un talo en el mercado, acércate a Igartza con calma y da un paseo corto por el antiguo camino de los mercaderes. Antes de la hora de comer probablemente ya habrás visto lo esencial.
Beasain funciona así: sin intentar impresionar a nadie. Y quizá por eso, cuando te vas, te queda la sensación de haber visto un sitio bastante auténtico.