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sobre Bermeo
Cantábrico, acantilados y sabor marinero en el corazón vasco.
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Te lo digo de entrada: el turismo en Bermeo no va de ese pueblo vasco de postal que muchos se imaginan. No hay calles impolutas pensadas para la foto ni un decorado marinero montado para el visitante. Lo que hay es un puerto que huele a mar de verdad: redes mojadas, gasoil de barco y gente que se levanta cuando todavía es de noche para salir al Cantábrico.
Es de esos sitios donde, aunque vengas a mirar, te queda claro que la vida del pueblo no gira alrededor del que llega con cámara.
El puerto que sigue trabajando
Llegué un martes por la mañana y el puerto estaba más vivo que la puerta de un instituto en el recreo. Camiones cargando cajas de pescado, gente hablando por el móvil con el delantal puesto y gaviotas montando el mismo escándalo de siempre.
Durante siglos Bermeo fue uno de los puertos clave de Bizkaia, y algo de ese carácter todavía se nota. No porque haya grandes monumentos —aunque algún edificio antiguo aparece entre las calles—, sino por el ambiente. Aquí el puerto no es decoración. Se trabaja.
Siguen entrando barcos de pesca, se descargan capturas y hay movimiento casi todos los días. No es ese típico muelle donde han dejado una barca vieja para las fotos. Es un puerto que todavía funciona.
Comer sin demasiada ceremonia
Aquí viene una de las partes buenas del pueblo. Porque Bermeo no se anda con discursos gastronómicos raros. Comes y ya está.
Te sientas en cualquier bar del Puerto Viejo, miras la pizarra o preguntas qué tienen ese día, y probablemente acabes con un plato de marmitako delante.
El marmitako es uno de esos guisos que entiendes en cuanto lo pruebas: bonito, patata, pimiento y caldo con sabor a mar. Algo sencillo que, cuando está bien hecho, entra solo.
Y luego están las anchoas del Cantábrico. Mucha gente dice que no le gustan las anchoas hasta que prueba unas buenas. Aquí suelen llegar limpias, con buen aceite y pan al lado. Nada más. Y tampoco hace falta más.
Izaro y el Cantábrico cuando se pone serio
Justo frente a la costa aparece el islote de Izaro. Desde Bermeo se ve claro, como una roca grande plantada en medio del agua.
No es un sitio que se pueda visitar libremente. La isla está protegida y normalmente se observa desde el mar o desde los miradores de la costa. Aun así, verla desde el puerto o desde los acantilados cercanos ya dice bastante del paisaje de esta parte de Urdaibai.
Muy cerca está el cabo Matxitxako, que suena casi a nombre de grupo de rock, pero en realidad es uno de los puntos donde mejor se entiende el Cantábrico. Mar abierto, viento y un faro vigilando el extremo de la costa. En días de temporal el espectáculo es serio.
La playa pequeña del pueblo
Bermeo tiene una playa que, comparada con otras de la zona, parece casi un bolsillo de arena. Laidatxu no es grande y en verano se llena rápido.
Pero pasa algo curioso: la gente del pueblo la usa muchísimo. Para darse un baño rápido, para ir después del trabajo o simplemente para sentarse un rato mirando la ría. Es de esas playas pequeñas que funcionan más como punto de encuentro que como destino de día entero.
Las fiestas del Carmen
Si preguntas por las fiestas grandes del pueblo, casi todo el mundo te hablará del Carmen, a mediados de julio. Tradicionalmente hay procesión marinera, barcos engalanados y bastante ambiente en las calles.
Es uno de esos momentos en los que el pueblo se llena y todo gira alrededor del puerto. Si buscas tranquilidad, mejor elegir otro fin de semana. Si te gusta ver cómo se vuelca un pueblo entero con su tradición marinera, entonces puede tener gracia.
Cómo moverte por el pueblo
Consejo práctico: si vienes en coche o en bus, te moverás con más libertad para ver también los alrededores de Urdaibai.
El tren llega hasta Bermeo, pero la estación queda algo separada del puerto y hay cuestas de por medio. Nada dramático, pero conviene saberlo si vienes cargado o con poco tiempo.
Una vez en el centro, lo mejor es caminar sin demasiada prisa. Pasea por el Puerto Viejo, sube hasta la iglesia de Santa Eufemia —con su campanario ligeramente inclinado— y busca algún mirador alto del pueblo. Desde arriba se entiende bien cómo está colocado Bermeo: casas apretadas alrededor del puerto y el mar ocupando todo el horizonte.
Y te digo una cosa con total tranquilidad: no es el pueblo más bonito del País Vasco. Ni el más tranquilo. Ni el más pulido.
Pero es real. Aquí el mar sigue marcando el ritmo del día, y eso se nota en cada esquina. Y cuando un sitio mantiene ese pulso, aunque vengan visitantes, suele merecer la pena pasar.