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sobre Irun
Entre montes y mar, tradición vasca y buen comer en cada plaza.
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El turismo en Irun no funciona como en otros sitios. Aquí casi todo el mundo está de paso. El tren para de madrugada y el primer olor es el Bidasoa. No el río: la fábrica de papel que lo acompaña. Ciudad fronteriza. Coches con matrícula francesa aparcados a medias en la avenida y carteles en euskera, castellano y francés. La gente cruza deprisa. Como si el paso de peatones fuese otra frontera.
Aparcar y empezar
Si vienes en sábado, deja el coche en algún aparcamiento grande de la zona comercial. En la calle el ticket dura poco y la grúa trabaja.
El casco viejo empieza en la plaza de San Juan Harria. La columna del centro recuerda que Irun fue villa mucho antes de ser frontera. A pocos pasos está el Museo Oiasso. Es pequeño y se ve rápido. Explica que aquí hubo un puerto romano conectado con Britannia. Lo más curioso es un mosaico con figuras marinas que parece sacado de la pared de una piscina. Entra, da una vuelta y sigue.
Lo que queda del pasado
La iglesia del Juncal tardó más de un siglo en levantarse y se nota. Mezcla gótico con añadidos posteriores. Desde fuera parece un almacén grande. Dentro guarda una virgen románica bastante antigua y un retablo barroco enorme que no dice gran cosa si no te interesan estas cosas.
Más curiosa es la ermita de Santa Elena, cerca del estadio. Probablemente es el templo más antiguo de Gipuzkoa que sigue en pie. Bajo el suelo aparecieron urnas funerarias romanas. El espacio es pequeño y a veces está cerrado, así que depende del día.
El Alarde y otras movidas
El 8 de septiembre cambia todo. El Alarde recuerda una batalla del siglo XVI contra tropas francesas. Miles de vecinos desfilan con uniformes y tambores por el centro. La discusión sobre quién participa y cómo sigue viva, pero la ciudad entera gira alrededor de ese día.
Si apareces esa mañana, llega pronto. Las calles principales se llenan rápido y moverse cuesta.
Ese ambiente también se nota en los bares del centro durante el resto del año. Aquí se come como en cualquier ciudad guipuzcoana: producto sencillo y raciones sin muchas historias. El txangurro suele aparecer en carta cuando hay, gratinado en su concha. Las kokotxas salen con salsa verde. Y el pastel vasco cambia según quién lo haga y qué tenga a mano.
Senderos para quitarse la ciudad
Cuando el tráfico cansa, hay dos escapatorias rápidas.
La senda del Bidasoa sale por Behobia y sigue el río hacia la costa. Es prácticamente llana y la usan ciclistas y gente que sale a correr. A ratos ves garzas en la orilla.
Irugurutzeta es otra cosa. Antiguos hornos mineros escondidos en el monte. Restos de piedra oscura y túneles cortos. Paseo fácil si vas con críos.
Si te gusta subir cuestas, tira hacia Aiako Harria. Desde algunos altos se abre el Cantábrico al fondo.
Consejo de frontera
Irun funciona mejor como base que como destino largo. Puedes dormir aquí y moverte luego por la costa o cruzar a Francia en minutos.
Pasea al anochecer por el centro, cuando la gente vuelve del trabajo en Hendaia o de los polígonos de alrededor. Pide un zurito, escucha un rato el lío de idiomas y acentos. Con eso ya entiendes bastante bien cómo va esta ciudad.