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sobre Bilbao
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Bilbao es como ese compañero de piso que llegó siendo un desastre y se acabó convertido en el más guay del piso. En los 90 olía a fábrica y a río sucio, y ahora huele a bacalao al pil‑pil y a perfume caro. La diferencia es que, a diferencia de tu compañero, Bilbao no se ha vuelto insoportable: sigue siendo la misma, solo que con mejores zapatos.
Del Casco Viejo al Guggenheim
El turismo en Bilbao suele empezar donde empezó todo: el Casco Viejo. Arranca en las Siete Calles (que hoy en realidad son unas cuantas más, pero el nombre se quedó) y enseguida notas que aquí la ciudad funciona casi como un barrio grande donde la gente se reconoce. Tiene ese punto de plaza mayor permanente.
La Catedral de Santiago lleva ahí desde la Edad Media, aguantando el tipo entre tiendas de recuerdos, cuadrillas que salen de poteo y portales que parecen haber visto de todo. Si te fijas, el puente de San Antón que aparece en el escudo de Bilbao es el mismo que cruza la ría unos metros más abajo. No es casualidad: aquí las cosas nuevas suelen convivir con lo de siempre.
Y luego está el Guggenheim. Yo fui la primera vez con la sospecha de que sería uno de esos edificios que funcionan mejor en las postales. Pero pasa justo lo contrario. En las fotos parece un montón de placas de metal revueltas; cuando lo tienes delante, con la ría al lado y el puente de La Salve detrás, entiendes por qué cambió la imagen de la ciudad.
Eso sí: el museo por dentro a veces te entusiasma y otras sales encogiéndote de hombros. Pero el conjunto funciona. El perro de flores, la gente sentada junto a la ría, niños corriendo entre las fuentes… todo eso ya forma parte del paisaje cotidiano.
Comer en Bilbao: aquí se viene a picar
En Bilbao sentarse a comer muchas veces significa lo contrario: levantarse cada diez minutos. Lo normal es ir de pintxos. Uno aquí, otro dos calles más allá, otro que alguien recomienda porque “lo hacen bien”.
La gilda —anchoa, guindilla y aceituna pinchadas en un palillo— es casi un ritual de iniciación. Algo tan simple y, aun así, difícil de hacer mal. Luego aparece el bacalao al pil‑pil, que sobre el papel parece una receta de tres ingredientes, pero que cuando alguien no controla termina con una salsa que parece yeso.
Con el txangurro pasa algo curioso: lo verás anunciado en muchos sitios del centro. Si quieres probarlo, intenta hacerlo en un local donde la carta no esté pensada para seis idiomas distintos. Suele ser una buena pista.
Y una cosa más: el chuletón rara vez se pide para uno. Aquí llega a la mesa y empieza la negociación silenciosa por los trozos buenos. Es parte de la gracia.
Cuando Bilbao está de fiesta
Si te coincide el viaje con Aste Nagusia, verás otra cara de la ciudad. Son las fiestas grandes de Bilbao, en agosto, cuando aparecen las comparsas, los gigantes y cabezudos, los conciertos en plazas y los fuegos artificiales sobre la ría.
La ciudad cambia el ritmo. Gente en la calle hasta tarde, cuadrillas cenando en mesas largas, música que sale de cualquier rincón. No es un espectáculo montado para turistas; es más bien una semana en la que Bilbao se desordena un poco y nadie parece tener prisa.
Alrededor del día de la Virgen de Begoña mucha gente sube hacia la basílica. No hace falta ser especialmente religioso para hacerlo: desde allí arriba la ciudad se ve entera, con la ría serpenteando entre edificios y montes alrededor.
Pasear siguiendo la ría (y cruzar algún puente)
Una forma muy simple de entender Bilbao es caminar junto a la ría sin demasiada ruta. Empieza cerca del Ayuntamiento y ve alternando de orilla cuando te apetezca. Los puentes van marcando el paseo y cada uno tiene su carácter.
El de San Antón es casi histórico, el de La Salve se mete dentro del paisaje del Guggenheim, y el de Pedro Arrupe parece sacado de una película futurista. Sin darte cuenta te plantas en zonas muy distintas de la ciudad.
Si te apetece ver Bilbao desde arriba, el funicular de Artxanda sigue siendo el atajo clásico. En unos minutos te deja en lo alto del monte, donde hay un parque y varios miradores desde los que la ciudad parece más pequeña de lo que realmente es. Entonces se entiende esa frase que repiten muchos de aquí: Bilbao es como una tacita rodeada de montes.
La parte menos brillante (que también existe)
Bilbao tampoco es una postal constante. En invierno puede llover varios días seguidos, el tráfico a ciertas horas se pone pesado y cuando el Athletic pierde el ambiente en algunos bares se vuelve bastante serio.
Pero justamente por eso funciona. No es un decorado bonito sin vida. Es una ciudad que cambió muchísimo en pocas décadas y que todavía mezcla industria, barrios de toda la vida y esa capa más moderna que llegó con el museo.
Si vas a venir, con dos días te haces una buena idea. Uno para caminar entre el Casco Viejo y el Guggenheim. Otro para moverte sin plan: cruzar puentes, subir a Artxanda, entrar en algún bar a ver fútbol aunque no seas del Athletic.
Y cuando te vayas probablemente entenderás una cosa: los bilbaínos hablan mucho de su ciudad. No siempre con modestia, todo hay que decirlo. Pero después de pasar un par de días aquí, se entiende bastante bien por qué.