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sobre Berantevilla
Verde intenso, caseríos y montañas cercanas con rutas y miradores.
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Hay pueblos que son como una postal y otros que son como la casa de un amigo: no están ordenados para la visita, simplemente están viviendo. Berantevilla es de los segundos. Lo has pasado mil veces por la N-1, entre Vitoria y Miranda de Ebro, sin pensar en frenar. Es ese tipo de lugar que no grita para que te bajes del coche.
Cuando lo haces, te das cuenta de que su gracia está precisamente en eso: en no intentar impresionarte. Las calles están tranquilas, las fachadas tienen esa pátina del tiempo bien ganada y alrededor solo hay campo. Campo de verdad, de trabajo.
Aquí mandan los cultivos de cereal. En primavera es una manta verde; en verano, un mar dorado que se mueve con el viento. Hay encinas y algún viñedo solitario que te recuerda que Rioja Alavesa está a tiro de piedra. No es un paisaje para poner de fondo de pantalla, es el paisaje del día a día. El que ves cuando la prioridad es sacar patatas, no likes.
Callejear sin propósito (el mejor plan)
Lo bueno de Berantevilla es que no necesitas un plan. Aparcas donde puedas, empiezas a andar y en media hora has captado el ritmo. No hay circuito marcado.
La iglesia de San Juan Bautista se encuentra pronto. Es como esas personas fiables: sólida, de piedra, sin florituras. Si la encuentras abierta —cosa que no siempre pasa—, échale un vistazo por dentro. Tiene ese aire sereno de los sitios que han visto pasar siglos sin alterarse.
Lo demás es lo interesante: las huertas pegadas a las traseras de las casas, la furgoneta del vecino descargando cajas, las herramientas apoyadas en una pared. Detalles cotidianos que te explican más del pueblo que cualquier placa informativa.
Un consejo práctico: sal del casco urbano por cualquiera de los caminos agrícolas y date la vuelta para mirar el pueblo desde fuera. Desde ahí se entiende todo: un puñado de casas apretadas contra la llanura infinita.
Caminos para perderte (sin perderte del todo)
Si te apetece estirar las piernas o dar una vuelta en bici sin complicaciones, estás en el sitio ideal. La red de pistas agrícolas alrededor es enorme. Son caminos anchos, de tierra compactada, por donde pasan más tractores que senderistas.
No busques señales ni paneles explicativos. Aquí se camina a pulso: eliges una dirección y vas hasta donde te apetezca. Los días despejados las vistas son amplias; comprendes la escala llana y enorme de esta Álava profunda.
Pero ojo con dos cosas: el viento aquí puede ser contundente, y en verano la sombra brilla por su ausencia. Lleva agua y gorra siempre.
Mucha gente aprovecha para combinar la visita con el Valle Salado de Añana, que está a un salto en coche y sí es una parada más monumental. La combinación funciona bien.
Comer como en casa (de alguien de aquí)
La cocina por estos pagos no tiene secretos ni modernidades. Es la de siempre: platos contundentes, hechos con lo cercano y para aguantar una jornada en el campo.
El cordero asado es estrella en comidas familiares o domingos especiales. Las alubias o las lentejas guisadas son clásicos infalibles, y los embutidos suelen hacer acto de presencia como entrante o dentro de guisos. Para regarlo, lo lógico es un vino tinto de Rioja Alavesa; tienes las bodegas ahí al lado.
No esperes presentaciones vanguardistas ni cartas interminables. Espera raciones generosas y sabores claros.
Antes de ir (para que no te lleves sorpresas)
Ven con las expectativas ajustadas: Berantevilla no es un museo al aire libre ni tiene una lista interminable de must-see. Su encanto —si se le puede llamar así— está en lo contrario.
Funciona mejor como una pausa respiratoria dentro de una ruta por la comarca o como destino para una mañana tranquila si estás cerca. Su valor está en bajar las revoluciones: pasear sin rumbo fijo, observar el juego de luz sobre los campos y entender cómo vive un pueblo metido entre cultivos.
Si vas con prisa
Con cuarenta minutos o una hora puedes recorrer sus calles principales con calma y captar su esencia. Si te sobra algo más, sigue uno cualquiera de los caminos rurales durante diez minutos hacia ningún sitio concreto. Gírate entonces. Esa imagen —el perfil compacto del pueblo recortado sobre la llanura— probablemente sea el mejor recuerdo que te lleves. A veces eso basta. Y puedes volver al coche sabiendo exactemente dónde has estado