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sobre Aiara (Ayala)
Piedra, historia y paisaje atlántico en el interior vasco.
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El turismo en Aiara empieza un poco así: llegas a Respaldiza y te da la sensación de que el pueblo va al grano. Calles cortas, casas bajas, y un frontón plantado en la plaza como si siempre hubiera estado ahí. Estaba aparcando —cuesta arriba, claro— cuando vi a un señor con boina cargando un saco de patatas con más soltura que yo mi mochila. Ahí pensé que Aiara no es de esos sitios que se explican mucho: lo ves y ya está.
Un mapa lleno de pueblos pequeños
Aiara es el municipio más grande de esta parte del valle de Ayala. Son unos 140 kilómetros cuadrados repartidos en más de veinte pueblos que, vistos en el mapa, parecen fichas dispersas de una partida de Monopoly. Respaldiza hace de capital, pero la vida del municipio está muy repartida.
Desde allí salen carreteras que se enroscan entre prados y caseríos. Al fondo siempre aparece la sierra, con Tologorri marcando el techo del valle. Sus 1.178 metros no impresionan en un mapa del Pirineo, pero aquí funciona como mirador natural: cuando el día está claro se alcanzan a ver varias provincias sin demasiado esfuerzo.
La gracia de Aiara es que cada pueblo parece una variación del mismo tema. En Zuaza hay una casa‑torre que parece haber pasado más de una pelea; en Murga otra se mantiene firme, con esa mezcla rara entre caserón y fortaleza. En el valle hay bastantes de estas torres defensivas, más de las que uno espera en un sitio tan tranquilo hoy en día.
El asunto del nombre
Durante mucho tiempo el municipio se conocía simplemente como Ayala. Con el tiempo se oficializó la forma bilingüe Ayala/Aiara, que es la que verás en los carteles. El nombre cambia según quién lo diga, pero el paisaje sigue siendo el mismo: prados, piedra y ganado.
De hecho, conduciendo por las pistas secundarias es fácil cruzarse con más vacas que coches. Tiene bastante lógica en un lugar donde la hierba crece rápido y los pueblos viven muy pegados al campo.
Historia que todavía se ve
Por aquí se movieron los autrigones, uno de los pueblos prerromanos de la zona. Después llegaron romanos, señores medievales y, sobre todo, la familia Ayala, que dejó su apellido bastante marcado en la historia del valle.
En Quejana está el llamado Solar de los Ayala, un conjunto monumental que funciona casi como casa familiar elevada a castillo. Paseas por el puente, miras las torres y entiendes rápido quién mandaba por aquí durante siglos.
También hay restos mucho más antiguos. Los dólmenes de Añes y Menoio suelen situarse varios milenios antes de nuestra era. Hoy quedan como grandes piedras ordenadas en mitad del monte. No es un lugar espectacular en el sentido de postal, pero cuando piensas en el tiempo que llevan ahí cambia bastante la mirada.
Cómo moverse por Aiara
La carretera A‑624 es la que estructura el valle y conecta con Vitoria‑Gasteiz por un lado y con la zona de Orduña y Bilbao por el otro. Desde Vitoria el trayecto ronda los tres cuartos de hora; desde Bilbao algo más, dependiendo del tráfico.
Una vez dentro del municipio empiezan los desvíos a cada pueblo. Son carreteras cortas, a veces estrechas, que suben y bajan entre prados. No tiene mucha pérdida: casi siempre acabas en algún núcleo con iglesia, frontón y unas cuantas casas alrededor.
Para caminar, hay senderos que suben hacia la sierra Sálvada. El ascenso a Tologorri desde la zona de Respaldiza es bastante conocido entre la gente de la comarca. Calcula un par de horas largas de subida si vas tranquilo. Arriba no hay refugios ni servicios, solo pradera, ganado y ese silencio que parece el de cuando se va la luz en toda una ciudad.
Lo que uno se encuentra de verdad
Aiara no es un sitio que intente impresionar. No hay grandes museos ni un casco histórico enorme que te tenga toda la tarde mirando fachadas. Lo que hay es campo, pueblos pequeños y una forma de vida bastante tranquila.
Los pueblos tienden a recogerse pronto. Al caer la tarde el movimiento baja y se nota que aquí la rutina gira más alrededor del trabajo en el valle que del turismo.
A cambio pasan cosas muy simples que cada vez cuestan más en otros sitios: aparcar sin pensar demasiado, comprar pan del día o hablar cinco minutos con alguien que te explica por dónde seguir el camino.
La primavera suele ser el momento más agradecido para recorrer la zona. Los hayedos de la sierra se ponen muy verdes y los senderos están en buenas condiciones. En invierno a veces nieva en las zonas altas y el valle se queda envuelto en niebla varios días. En verano hace calor, pero suele ser más llevadero que en la costa.
Un plan corto para conocer Aiara
Si vienes con pocas horas, empieza por Respaldiza para ubicarte. Das una vuelta por el centro, tomas algo caliente y ya tienes una primera idea del ritmo del valle.
Después merece la pena acercarse a Quejana y caminar un rato por el entorno del conjunto monumental. No lleva mucho tiempo y ayuda a entender la historia del lugar.
Y si te apetece una vista amplia del valle, busca algún mirador natural hacia la zona del Nervión y la sierra. Desde arriba se entiende mejor cómo encajan todos estos pueblos pequeños entre montes y prados.
Luego vuelves al coche y sigues camino. Aiara funciona un poco así: no intenta retenerte, pero cuando te marchas tienes la sensación de haber visto un trozo bastante auténtico de Álava. Y eso, hoy en día, ya tiene bastante valor.