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sobre Amurrio
Piedra, historia y paisaje atlántico en el interior vasco.
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Te juro que el primer sorbo de txakoli me supo a eso que tu abuela llama "agua de fuego". Estábamos en la plaza, con la sierra Salvada vigilándonos por el sur, y pensé: “vale, el turismo en Amurrio no va de lo que suelen contar las guías”. Amurrio no se parece demasiado a lo que imaginas cuando piensas en un pueblo entre Vitoria y Bilbao. Es más bien como si un pueblo vasco de toda la vida hubiese crecido sin perder esa cara de sitio donde la gente ha trabajado siempre.
El pueblo que no se anda con rollos
Una parte importante de los vecinos sigue ligada a la industria del valle. Eso se nota en el ambiente. Aquí no hay esa sensación de decorado rural; más bien el plan es salir de currar y sentarse a cenar algo contundente. Si llegas esperando casitas de postal en cada esquina, igual te descoloca un poco.
El municipio además reúne varios concejos alrededor, así que Amurrio funciona como centro del valle. En fiestas o fines de semana se junta bastante gente: familiares que viven fuera, gente que sube desde el área metropolitana de Bilbao, cuadrillas que vuelven al pueblo. Aun así, el casco se recorre rápido. En veinte minutos ya te haces una idea del lugar y luego toca lo importante: sentarte a comer algo con calma.
Si vienes con hambre, has acertado
Empieza por lo sencillo: una tortilla de maíz con txistorra si coincide alguna feria o mercado local. Es de esas cosas que se comen de pie, con las manos, mientras hablas con quien tengas al lado.
Por la zona también es típico el morteruelo ayalés, una especie de paté caliente de carne de caza que suele servirse para untar en pan. No es el plato más ligero del mundo, pero funciona muy bien cuando hace fresco.
El txakoli que se produce en esta parte de Álava cada vez se ve más fuera de la comarca. Algunas bodegas de la zona suelen organizar visitas o catas, normalmente ligadas al viñedo que hay en las laderas del valle.
Y cuando llega la hora de la brasa, aquí no se andan con bromas. La chuleta se sirve gruesa y al punto que pidas, aunque ya sabes cómo va esto: si dices “muy hecha” te mirarán raro.
Dos marchas: la del acero y la del agua
Por la mañana puedes subir hasta el entorno del Monumento a la Virgen de la Antigua, que se levanta en una colina a las afueras. La estatua es grande, bastante visible desde la carretera, y más que por su estética llama la atención por la historia asociada al lugar: allí se recuerda el juramento de los fueros por parte de Carlos VII durante las guerras carlistas.
Desde arriba se entiende bien el paisaje de Ayala: prados muy verdes, caseríos dispersos y la sierra Salvada cerrando el horizonte.
Luego mucha gente coge el coche hacia el valle cercano desde donde parten las rutas al Salto del Nervión. El sendero hasta los miradores no es largo, pero el paisaje cambia bastante: de praderas a un cortado enorme. Cuando el salto lleva agua —no siempre ocurre— la cascada supera los doscientos metros y el efecto es bastante serio. Si hay nubes bajas, el río parece desaparecer en ellas.
Si te gusta caminar un poco más, otra subida conocida es la del Tologorri. Es la típica ruta de sierra con desnivel constante y final en un borde rocoso desde donde se abre todo el valle hacia Burgos. El clásico plan de bocata arriba y rato mirando el paisaje.
Más cerca del pueblo está Aresketamendi, donde hay un pequeño parque dedicado a las energías renovables con paneles, aerogeneradores y senderos cortos. Es un paseo fácil y bastante didáctico.
Fiestas donde el txokismo se defiende
San Antón, en enero, mantiene una costumbre curiosa: después de los actos religiosos se hace una subasta de productos de la tierra para apoyar a la ermita. La gracia está en ver cómo se pican los vecinos pujando por lotes de comida.
En agosto llegan las fiestas de la Asunción y ahí sí que el pueblo cambia de ritmo: comparsas, música en la calle, cuadrillas que se juntan para comer y bastante movimiento en la plaza.
El Carnaval también tiene su tradición particular. Los niños llevan un gallo negro de cartón y se escenifica una especie de “juicio” en la plaza. Si preguntas a los mayores, te contarán versiones distintas de por qué se hace.
Consejo de amigo
Amurrio no es ese tipo de sitio al que vienes buscando un fin de semana romántico con paseos eternos por calles históricas. Funciona mejor de otra manera: venir con hambre, moverte un poco por el valle y sentarte luego a comer con calma.
Date una vuelta por calles donde aún quedan casas grandes de indianos —esas construcciones que levantaron quienes volvieron de América— y luego escápate hacia la sierra o hacia el entorno del Nervión.
Y si el tiempo se tuerce, tampoco pasa nada. Puedes dedicar un rato a conocer alguna tradición local ligada a la elaboración de licores o a la cultura gastronómica del valle, que aquí tiene bastante peso.
Si después te apetece ambiente más urbano, Vitoria queda relativamente cerca en coche. Pero yo, si te soy sincero, muchas veces prefiero quedarme en la plaza un rato más. Ver cómo cae la tarde, escuchar a la gente charlando y pedir otro txakoli.
Amurrio es así: menos postal y más vida cotidiana. Y eso, cuando viajas, a veces se agradece bastante.