Artículo completo
sobre Lapuebla Labarka (Lapuebla de Labarca)
Viñedos, bodegas y pueblos de piedra entre colinas suaves.
Ocultar artículo Leer artículo completo
La primera vez que pasé por Lapuebla Labarka me dio la sensación de esos pueblos que no hacen mucho esfuerzo por llamar la atención. Como esa tasca de carretera donde paras casi por casualidad y luego piensas: “ah, pues aquí se está bien”. Aquí no hay grandes reclamos ni carteles diciendo dónde mirar. Hay calles cortas, casas pegadas unas a otras y viñedos rodeándolo todo. Y, curiosamente, eso ya es bastante.
La plaza y sus historias cotidianas
Cuando entras al casco urbano ves rápido cómo funciona el pueblo. No hay mucho teatro para el visitante. La plaza —en el centro— es más bien un lugar de paso: gente que charla un rato, alguien cruzando con la compra, chavales que aparecen con un balón.
La iglesia parroquial de San Pedro Apóstol asoma por encima de los tejados. Es un edificio del siglo XVI, sobrio por dentro, de esos donde la piedra manda más que la decoración. El campanario se ve desde varias esquinas y marca bastante el perfil del pueblo.
Alrededor salen calles cortas con casas de piedra, algunas con ladrillo visto y vigas de madera. No es un casco monumental al estilo de Laguardia, pero tiene ese aire de pueblo vitícola que lleva siglos viviendo a su ritmo.
Caminos entre viñedos sin complicaciones
Una cosa que me gusta de Lapuebla Labarka es lo fácil que es salir andando hacia el campo. No necesitas mapas ni rutas oficiales: sigues una pista que sale detrás de las últimas casas y en dos minutos estás rodeado de viñas.
Las lomas alrededor están plantadas casi por completo. Filas y filas de parras, muy ordenadas, como si alguien hubiera peinado el paisaje con un peine gigante. En verano el verde lo cubre todo; a partir de finales de verano empiezan a verse racimos ya formados y el ambiente cambia bastante con el movimiento de la vendimia.
Hay caminos agrícolas anchos, de esos por donde pasa el tractor. Algunos llevan a pequeñas construcciones de campo o a parcelas donde se trabaja a diario. No es senderismo de montaña ni falta que hace: es más bien caminar sin prisa entre viñedos.
Vino, bodegas y pueblos cercanos
Estamos en Rioja Alavesa, así que el vino aparece en cuanto rascas un poco. En el pueblo hay bodegas que suelen recibir visitas, muchas veces con cita previa. No son recorridos larguísimos ni montajes espectaculares: normalmente te enseñan cómo trabajan y acabas probando el vino que elaboran allí.
Si te quedas con ganas de más, tienes varios pueblos muy cerca en coche. Laguardia o Elciego están a pocos kilómetros y concentran más patrimonio y movimiento. Lapuebla, en cambio, funciona casi como la parte tranquila del mapa.
Un pueblo pequeño (y eso también tiene su gracia)
Lapuebla Labarka se recorre rápido. En serio: en media hora ya te has orientado y sabes dónde está todo. No hay museos grandes ni un casco histórico que te tenga entretenido toda la mañana.
Pero también tiene su punto. Es el típico sitio donde lo interesante no está en una lista de monumentos sino en cómo se vive el día a día: tractores entrando al pueblo, conversaciones sobre la cosecha, olor a mosto cuando toca vendimia.
Si vienes esperando un decorado turístico puede que se te quede corto. Si te gusta ver cómo funciona realmente un pueblo de viñas, entonces cambia bastante la percepción.
Cuándo venir
El otoño suele ser el momento más movido. Durante la vendimia —habitualmente entre septiembre y octubre— hay más actividad en los campos y el paisaje se llena de tonos rojos y dorados.
En primavera el paseo entre viñas se agradece mucho: temperaturas suaves y bastante tranquilidad. El verano aquí puede apretar, así que lo más sensato es caminar temprano o al atardecer.
En invierno el pueblo se queda muy calmado. Tiene su gracia si te gustan los sitios silenciosos, aunque muchos planes se reducen básicamente a pasear y poco más.
Una parada corta que funciona
Lapuebla Labarka no es un lugar para pasar todo el día. Yo lo veo más como una parada tranquila dentro de una ruta por Rioja Alavesa.
Das una vuelta por la plaza, te asomas a la iglesia si está abierta, sales un rato a caminar entre viñas y quizá te acercas después a alguno de los pueblos cercanos.
En dos o tres horas ya tienes una buena idea del sitio. Y a veces eso es justo lo que apetece: un pueblo pequeño, sin mucho ruido, rodeado de viñedos hasta donde alcanza la vista.