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sobre Leza
Viñedos, bodegas y pueblos de piedra entre colinas suaves.
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A las ocho de la mañana, la plaza de Leza está casi en silencio. Solo se oye alguna puerta que se abre despacio y el canto insistente de un mirlo en un tejado cercano. La piedra de las calles, a veces húmeda por el relente de la noche, refleja un gris claro que cambia en cuanto el sol empieza a asomar por encima de las viñas. El turismo en Leza no tiene horarios: el pueblo se entiende mejor a esta hora, cuando el aire huele ligeramente a tierra y a bodega.
La iglesia que marca el centro del pueblo
La iglesia de San Juan Bautista ocupa el punto más reconocible del casco urbano. Es un edificio de caliza, sobrio, con un campanario que se ve desde varios accesos al pueblo. Sus muros gruesos cuentan la historia de una localidad ligada durante siglos al cultivo de la vid.
Cuando la puerta está abierta —suele ocurrir en algunos momentos del día— puedes asomarte. Dentro, la luz entra filtrada por ventanas pequeñas y deja zonas en penumbra donde aparecen detalles: rejas de hierro forjado, escudos en la piedra y bancos de madera gastados por el uso.
Calles cortas y señales de la vida agrícola
El casco urbano de Leza se recorre rápido. Las calles son estrechas y algo irregulares, con tramos que suben o giran de repente.
Hay portones grandes, muchos pensados para guardar maquinaria o remolques, y en algunas fachadas todavía se ven escudos o dinteles labrados. No todo está restaurado: hay muros con manchas de humedad, vigas oscuras y rejas que llevan décadas en el mismo sitio. Esa mezcla forma parte del paisaje cotidiano.
Caminos entre viñas a las afueras
En cuanto sales del núcleo urbano aparecen los caminos agrícolas. Basta caminar unos minutos para encontrarte rodeado de viñedo.
En primavera las cepas brotan y el color verde cubre las laderas suaves que rodean el pueblo. En otoño el paisaje cambia por completo: hojas rojizas, amarillas y ocres que se mezclan con el polvo de los caminos. Durante la vendimia es habitual ver tractores y remolques cargados de uva entrando y saliendo de las parcelas.
Son caminos fáciles para andar o pedalear un rato. Eso sí: hay tramos muy abiertos donde el viento sopla con fuerza, algo común en esta parte de Rioja Alavesa. Si el día viene soleado, conviene llevar agua porque apenas hay sombra.
Una parada tranquila dentro de Rioja Alavesa
Leza es un municipio pequeño, de poco más de doscientas personas. Aquí no hay museos ni calles llenas de tiendas. El tiempo lo marcan las viñas y las labores del campo.
Muchos viajeros pasan cerca camino de pueblos más conocidos de la comarca. Por eso Leza funciona bien como pausa: un paseo corto, un rato mirando el paisaje desde alguno de los caminos que rodean el casco urbano.
Cómo recorrer Leza en una mañana
Con un par de horas es suficiente para hacerse una buena idea del lugar.
Empieza por la iglesia y las calles inmediatas, fijándote en los portones, las rejas antiguas o los escudos que aparecen en algunas fachadas. Después puedes salir andando hacia los caminos que rodean el pueblo y caminar veinte o treinta minutos entre viñedos. Desde ciertos puntos se ven bien las lomas de la comarca y, en días claros, el horizonte abierto.
Si vienes en coche, lo más práctico es aparcar en los accesos al pueblo. Las calles interiores son estrechas y el espacio para maniobrar es limitado.
Cuándo acercarse
Entre primavera y otoño el paisaje alrededor tiene más movimiento. En primavera el verde domina las laderas; en otoño llegan los tonos rojizos y la actividad de la vendimia.
En verano conviene evitar las horas centrales del día si vas a caminar por los caminos agrícolas. El sol cae directo y apenas hay refugio. A primera hora de la mañana o al final de la tarde, en cambio, el pueblo recupera ese silencio tranquilo con el que empieza el día.