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sobre Legutio (Villarreal de Álava)
Verde intenso, caseríos y montañas cercanas con rutas y miradores.
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A las ocho de la mañana, la niebla se agarra al agua del embalse como algodón húmedo. Desde uno de los miradores de la carretera que rodea Urrunaga, las copas de los hayas asoman entre la bruma y, más abajo, en el valle, Legutio todavía duerme con las persianas entornadas. A esa hora el pueblo huele a pan recién hecho y a leña encendida. Apenas se oye nada: algo de viento bajando del Albertia y, muy de vez en cuando, el golpe seco de una barca contra el pantalán.
Quien llega buscando turismo en Legutio suele encontrarse primero con el agua. Es lo que ordena el paisaje hoy.
El agua que lo cambió todo
Legutio no siempre tuvo este olor a lago. Durante siglos fue Legutiano, un pequeño núcleo en el fondo del valle del Zadorra. Cuando se construyó el embalse de Urrunaga, a mediados del siglo XX, el paisaje cambió de golpe: campos y sotos quedaron bajo el agua y el borde del pueblo pasó a ser orilla.
Aún quedan pistas del pasado si miras con calma. En una de las entradas del casco antiguo se conserva un portalón de piedra que suele fecharse en la época medieval, cuando la villa fue fundada como Villa Real en el siglo XIV. No es grande ni monumental, pero marca bien la transición entre la calle estrecha y el espacio abierto que ahora mira al embalse.
En los días sin viento el agua se queda lisa como una lámina. Entonces la iglesia de San Blas aparece reflejada casi entera: la torre barroca, el pórtico renacentista de piedra clara, el tejado rojizo que con los años se ha ido oscureciendo. Es una imagen que los vecinos de Vitoria conocen bien; muchos se acercan a caminar por las sendas que rodean el agua cuando el tiempo acompaña.
Subir al Albertia
La subida empieza cerca del frontón. El asfalto dura poco: enseguida se convierte en pista de tierra que se mete en el bosque. Son varios kilómetros de subida constante entre hayas y quejigos. El suelo suele estar cubierto de hojas y, cuando ha llovido, se vuelve blando y oscuro.
A mitad de camino el bosque se abre y aparece el embalse de Albina. Es más pequeño y queda algo escondido entre montes. Desde ciertos puntos la orilla tiene una arena clara que sorprende en mitad del hayedo.
La cima del Albertia ronda los 800 metros largos. Desde arriba se entiende bien la forma del valle: el agua verde oscura, las carreteras que serpentean entre los montes y los pueblos desperdigados en las laderas. Si subes en otoño o invierno lleva abrigo aunque el día parezca templado abajo. El viento del norte suele colarse por el valle y arriba se nota mucho más.
Para bajar hay varios desvíos hacia el entorno de Jarindo. Algunos atraviesan hayedos trasmochos con troncos retorcidos y claros donde entra una luz muy limpia. Conviene llevar el recorrido más o menos claro porque en el bosque las pistas se cruzan bastante.
El olor a humo viejo
En el Museo‑Taller de Alfarería se conserva un horno antiguo que todavía se utiliza en algunas demostraciones. Al entrar huele a humo viejo y a tierra húmeda. La arcilla, tradicionalmente extraída en la zona de Zubialde, tiene un tono rojizo muy particular.
En las estanterías se acumulan piezas de uso cotidiano: cazuelas, lebrillos, jarras robustas. El proceso es lento. Primero el amasado, luego el torno girando despacio, después el secado que depende del tiempo y, finalmente, el horno, que se calienta durante horas. Todo aquí tiene un ritmo distinto al de fuera.
Cuándo venir y cuándo no
San Blas, a principios de febrero, sigue siendo una fecha muy señalada en el pueblo. La iglesia huele a cera y a romero, la plaza se llena de gente charlando con las manos en los bolsillos y suelen repartirse tortas de aceite todavía tibias. Si el cielo se encapota, el viento baja rápido del norte y conviene llevar algo más que una chaqueta ligera.
El puente de agosto cambia bastante el ambiente. El embalse se llena de gente pasando el día y las carreteras de acceso se saturan; aparcar cerca del casco urbano puede volverse complicado.
Entre semana, en primavera, Legutio tiene otro pulso. Se oyen las campanas con claridad, las sendas junto al agua están casi vacías y el embalse se queda quieto durante horas.
Antes de marcharte, si sales por la carretera hacia Aramaio, para un momento en alguno de los miradores del alto. Hay una pequeña bancada de piedra desde la que el pueblo queda abajo, con el campanario sobresaliendo entre las casas y el agua pegada a la carretera. Cuando el aire trae olor a encina quemada desde alguna chimenea, ese olor se queda dentro del coche durante unos cuantos kilómetros.