Artículo completo
sobre Mendaro
Entre montes y mar, tradición vasca y buen comer en cada plaza.
Ocultar artículo Leer artículo completo
El olor a chocolate caliente te atraviesa antes de ver el río. Si uno piensa en el turismo en Mendaro, probablemente empiece por ahí: ese aroma espeso que sale de un viejo obrador del centro cuando todavía no ha amanecido del todo. Es día de mercado y la plaza Txurruka despierta despacio. Los bancos de piedra guardan el frescor de la noche; un señor desata al perro mientras silba algo que se pierde entre las campanas de la Asunción y las de la Concepción, repicando a la vez desde barrios distintos. Mendaro arranca la mañana así, entre dos parroquias y un río que se abre en V, como si el pueblo estuviera colgado de un abanico de agua.
Dos campanas para un solo pueblo
Andar por aquí es entender por qué nadie se puso de acuerdo en dónde acababa el casco. A mediados del siglo XV levantaron la primera parroquia en Azpilgoeta; pocos años después apareció la segunda en Garagarza. Ambas siguen ahí, hoy protegidas como patrimonio, con portadas renacentistas donde el musgo se agarra a los sillares cuando llega el invierno húmedo.
Entre medias serpentea el Deba. Las casas se asoman al agua como quien se inclina a escuchar una conversación: la de los antiguos muelles de piedra, la de los talleres donde durante siglos se trabajó el hierro y se fabricaron cables para barcos, la de la gente que bajaba del monte con la ropa mojada de rocío.
Desde el puente viejo se ve bien la disposición del pueblo. A un lado, una torre defensiva del siglo XV con aspilleras abiertas hacia el valle; al otro, el frontón y las naves donde desde hace generaciones se trabaja el cacao. No hace falta elegir bando: en diez minutos se cruza de un barrio a otro y se vuelve por el puente más moderno, donde los coches suenan huecos cuando el río baja crecido.
El macizo que da de beber
A mediodía la luz se vuelve verde. Subir hacia el macizo de Arno es salir del fondo del valle y entrar en un monte donde predominan las encinas y los claros de roca caliza. Hay una ruta circular conocida entre los vecinos que arranca cerca del polideportivo: ronda los once kilómetros y suele llevar algo más de tres horas si se camina sin prisa.
El primer tramo es pista ancha, casi un paseo. Luego el sendero se mete entre arbolado y el suelo empieza a cubrirse de musgo húmedo. En días nublados huele a tierra y a hoja vieja. Desde los puntos más altos el valle se abre entero: el Deba dibuja su V, Mendaro queda reducido a un puñado de tejados y, hacia el norte, a veces se adivina una franja de mar entre las colinas.
Conviene mirar el tiempo antes de subir. Cuando ha llovido varios días seguidos, algunas bajadas se vuelven resbaladizas.
Fuegos y romerías
Cuando se acerca julio empiezan a oírse los tambores de las fiestas de Santa Ana. Durante esa semana el pueblo cambia de ritmo: pruebas de deporte rural en el frontón, música por la noche bajo las carpas y olor a parrilla que se queda pegado a la ropa.
Los que viven fuera suelen volver esos días. Se nota en las conversaciones largas en la plaza y en los niños que juegan alrededor del quiosco mientras los mayores sacan sillas a la puerta. Si prefieres ver el ambiente sin demasiada gente, los días entre semana suelen ser más llevaderos que el fin de semana.
Las romerías tienen otro tono. El Domingo de Trinidad mucha gente sube andando hacia la ermita de Mendarozabal con cestas de comida y botellas de sidra o txakolí. El pequeño edificio —de origen medieval, según se suele contar— apenas tiene espacio dentro, así que la celebración acaba haciéndose fuera, en el prado, con el viento del monte moviendo las hojas de los robles.
A comienzos de marzo también hay una procesión hacia la ermita del Santo Ángel, más abajo en el valle. Ese día el barrio entero huele a romero y a pan recién bendecido.
Chocolate y otras religiones
El chocolate forma parte del paisaje tanto como el río. En el centro del pueblo hay una fábrica histórica que todavía trabaja con métodos bastante tradicionales. No tiene grandes carteles; lo que la delata es el olor, que se escapa por las rendijas de las puertas cuando están abiertas por la mañana.
A veces, desde fuera, se alcanzan a ver bandejas de bombones enfriándose o moldes metálicos alineados sobre las mesas. El chocolate que sale de allí es oscuro y quebradizo, de los que hacen un chasquido seco al partirlo.
Si entras a comprar, lo más habitual es que lo envuelvan en papel sencillo. Un trozo suele bastar para perfumar todo el coche en el camino de vuelta.
Cuándo venir y qué dejar para otro día
El verano trae ambiente y fiestas, pero también más tráfico en las calles estrechas del centro. Septiembre suele ser un mes agradecido: todavía hace buen tiempo y la costa queda a media hora en coche.
En invierno la niebla se queda muchas mañanas atrapada en el valle. Las campanas suenan apagadas y el río parece más ancho de lo que es. Tiene su belleza, aunque algunos senderos —sobre todo los que siguen el curso del Deba hacia la costa— se vuelven pesados de barro después de varios días de lluvia.
Lo mejor es volver a la plaza al final de la tarde. Cuando el sol cae detrás de las lomas, las fachadas se tiñen de un rojo ladrillo suave y el aire vuelve a oler a cacao caliente. Sentado en uno de los bancos, con el murmullo del río a pocos metros, se entiende rápido el tamaño real del pueblo: dos iglesias que se responden con campanas, un valle estrecho y ese olor dulce que se queda en la ropa mucho después de cruzar el puente.