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sobre Mutriku (Motrico)
Cantábrico, acantilados y sabor marinero en el corazón vasco.
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Las campanas de San Andrés repican a las siete y media de la mañana cuando el sol todavía no ha salido del otro lado del Arno. Desde el muelle, las luces de los barcos se reflejan en el agua quieta del puerto y el aire huele a sardina asada y a café torrefacto. Es el momento en que el turismo en Mutriku todavía no se nota demasiado: el pueblo sigue con su ritmo de puerto, antes de que los coches empiecen a buscar sitio y la calle Narrika levante del todo las persianas.
El tiempo en las piedras
Caminar por el casco antiguo es tropezarse con siglos de historia en cada esquina. Las casas de piedra oscura se apoyan unas en otras como si se protegieran del viento del norte. En la plaza de la Constitución, la Torre Berriatua sigue plantada con sus muros gruesos —dicen que de varios metros— y con la memoria de un gran incendio que arrasó buena parte del pueblo en el siglo XVI. Aquel Mutriku anterior al fuego quedó en el nombre antiguo que todavía se oye a veces: Sulaingoa.
Bajando por la calle Narrika —estrecha, siempre en ligera sombra— se llega a la Antigua Lonja. El olor a salitre se cuela entre los arcos de piedra donde durante siglos se movía el pescado recién descargado. Hoy no hay subastas, pero cuando el puerto está en actividad todavía se oyen motores, voces en euskera y el golpe seco de las cajas contra el suelo húmedo.
Donde el mar se come la montaña
A mediodía la luz cambia. Desde el paseo del puerto se ve cómo el acantilado cae casi a plomo sobre el Cantábrico. Muy cerca empiezan los tramos del flysch de esta costa, esas capas de roca que parecen hojas apiladas y que cuentan la historia geológica del lugar mejor que cualquier panel explicativo.
El paseo continúa hasta las piscinas naturales excavadas en la roca junto al mar. No hay arena: solo plataformas de piedra calentadas por el sol y agua salada que entra y sale con la marea. En verano se llenan de chavales saltando desde los bordes mientras las toallas se extienden sobre el hormigón del paseo. El olor aquí cambia según el día: algas secas, crema solar, a veces gasoil de las barcas que vuelven al puerto.
La central de las olas
En el espigón del puerto hay algo que no se parece a nada del resto del paisaje: una fila de turbinas integradas en el dique que aprovechan el movimiento de las olas para generar electricidad. Cuando el mar está movido se oye un zumbido grave que sale de los respiraderos del dique, como si el puerto respirara.
Fue uno de los primeros proyectos de este tipo en Europa y sigue funcionando como un pequeño laboratorio abierto al mar. Muchos pasan por delante sin fijarse demasiado, pero si te quedas un rato mirando el oleaje contra el dique entiendes de dónde sale la energía.
Mesa de madera, servilleta de hilo
A la hora de comer, la plaza se llena de mesas bajo los soportales. El marmitako suele aparecer en cazuela de barro, con el bonito deshaciéndose entre patatas teñidas por el pimiento choricero. En las mesas circulan botellas de txakolí joven, servido desde cierta altura para que el vino caiga con un poco de aire.
En la mesa de al lado, alguien abre un centollo con calma mientras otra persona limpia anchoas con pan. Las conversaciones bajan de volumen cuando llega el postre: cuajada todavía tibia con miel oscura. Es una sobremesa tranquila, más de murmullos que de brindis.
Cuándo ir y qué conviene saber
El puerto cambia mucho según la época. En verano, con las fiestas de Andramari y los días largos, hay más gente en el paseo y el ambiente se alarga hasta bien entrada la noche. Si prefieres ver Mutriku con más calma, prueba entre semana o fuera de agosto.
En otoño el mar suele estar más bravo y el pueblo huele a humedad, a redes mojadas y a madera salada. No es mala época para caminar por el casco antiguo sin prisa.
Aparcar en el centro puede complicarse en días de mucha afluencia. Si ves el puerto lleno, lo más práctico suele ser dejar el coche en la parte alta del pueblo y bajar andando. El camino acaba siempre en el mismo sitio: el muelle, las barcas balanceándose y ese sonido constante del Cantábrico contra la piedra.