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sobre Soraluze (Placencia de las Armas)
Entre montes y mar, tradición vasca y buen comer en cada plaza.
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El río Deba parte Soraluze en dos como una cuchillada limpia. Desde el puente de la carretera principal se entiende bien la forma del pueblo: casas apoyadas en ambas laderas, calles que suben deprisa desde el agua y tejados oscuros muy juntos entre sí. No es costa ni montaña cerrada. Está en ese punto del valle donde la sierra de Karakate empieza a levantarse, pero aún deja espacio para la industria y las huertas. Aquí se fundó en 1343 una villa real ligada a un oficio muy concreto: trabajar el hierro para fabricar armas.
La villa que forjaba espadas
La carta puebla la concedió Alfonso XI a mediados del siglo XIV. La decisión tenía lógica en su momento: el valle del Deba comunicaba con Castilla y, además, ya existía tradición metalúrgica. El añadido “de las Armas” no es un recurso moderno. Durante siglos Soraluze fue uno de los lugares donde se fabricaron piezas para el armamento de la Corona.
Las ferrerías y talleres se concentraban junto al río, que movía los martinetes y facilitaba el transporte. De aquel paisaje industrial quedan pocas huellas claras: algunos muros gruesos, trazas en el parcelario y varios nombres de calle que recuerdan el oficio.
La iglesia parroquial se levanta en la parte alta del casco urbano. El edificio actual corresponde en gran parte al siglo XVI, aunque la existencia de un templo en este lugar aparece documentada antes, cuando la villa todavía se llamaba Plasencia. El pórtico de madera, del siglo XVII, llama la atención por su tamaño y por la carpintería en roble. Dentro hay un retablo neoclásico que suele atribuirse al entorno de Ventura Rodríguez. No es una pieza monumental, pero sitúa bien la ambición artística que podía permitirse una villa industrial en aquel momento.
Casas de mercaderes y armadores
La calle Mayor reúne varios edificios que hablan de la riqueza que generó el hierro. El ayuntamiento, terminado en el siglo XVIII, mantiene una fachada barroca sobria: piedra bien escuadrada, escudo real y balcón corrido sobre la plaza.
Muy cerca está la casa Zupide, de comienzos del siglo XVII. Pertenece al tipo de palacio urbano renacentista que aparece en muchas villas guipuzcoanas vinculadas al comercio del metal. El zaguán es amplio y alto; no cuesta imaginar el trasiego de caballerías cargadas.
Algo más abajo, la casa Arregigaraikua procede de una torre medieval transformada con el tiempo en residencia más cómoda. Los muros siguen siendo muy gruesos y algunas ventanas conservan formas propias del siglo XV.
El trazado del pueblo obliga a caminar siempre con cierta pendiente. Las calles paralelas al Deba son cortas; las que suben hacia la ladera lo hacen con bastante inclinación. En algunos tramos se mantiene el empedrado antiguo, que con lluvia se vuelve resbaladizo. En las plantas bajas se repiten portalones de madera y antiguos accesos a cuadras; en los pisos superiores, balcones de hierro que recuerdan el oficio dominante durante siglos.
La sierra que lo mira todo
Al sur se levanta la sierra de Karakate, visible desde casi cualquier punto del casco urbano. El punto más alto ronda los setecientos metros y se alcanza por una pista que sube desde el valle. A medida que se gana altura desaparecen los barrios y aparecen hayedos y claros de pasto.
Desde esta zona parte el recorrido conocido como Ruta de los Dólmenes de la zona de Karakate–Irukurutzeta, estudiada en su día por Barandiarán. Los monumentos megalíticos no son espectaculares: pequeños túmulos y cámaras de piedra señalizados en el cordal. Aun así ayudan a leer el paisaje con otra perspectiva, porque indican ocupación humana muy anterior a las ferrerías y a la propia villa.
Para caminar sin tanta pendiente, muchos vecinos utilizan la senda que acompaña al Deba hacia el barrio de Osintxu. Es un bidegorri largo y bastante llano que sigue el curso del río. En el recorrido aparecen restos de antiguas instalaciones industriales y un puente metálico de principios del siglo XX. En verano no es raro ver a chavales del pueblo bañándose en algunos remansos del río, aunque el agua suele estar fría incluso en los días más calurosos.
Lo que no se ve
Soraluze mantiene una vida cotidiana bastante reconocible en los pueblos industriales del Deba. El frontón a la entrada del casco concentra movimiento por las tardes. También sigue activo el juego de bolos en la zona de Ezozia, una tradición que aquí todavía tiene su pequeño grupo de fieles.
Por el término municipal hay varias ermitas dispersas en barrios y laderas. Cada una tiene su pequeña romería en el calendario local, celebraciones más de vecinos que de visitantes.
En los últimos años han llegado familias de distintos países y eso se nota en algunos comercios y en el ambiente de las calles. Conviven con cuadrillas de toda la vida que siguen hablando de pelota, de monte o del trabajo en los talleres de la comarca.
Soraluze se recorre en poco tiempo. Lo interesante suele aparecer cuando uno levanta la vista: las casas apretadas entre el río y la ladera, los restos de la vieja industria del hierro y, al fondo, la línea de Karakate cerrando el valle. Aquí la historia del lugar no está en un solo monumento, sino repartida por todo el casco.