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sobre Oñati (Oñate)
Verde intenso, caseríos y montañas cercanas con rutas y miradores.
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Las campanas de San Miguel dan las ocho cuando el sol todavía no ha entrado del todo en el valle. Desde la plaza de los Fueros, las fachadas de piedra arenisca, del color de la tierra mojada, parecen haber crecido de la montaña misma. A esa hora, antes de que empiece el ir y venir de coches por la GI‑627, el aire huele a pan recién hecho y a la humedad del río que corre por debajo de algunas calles.
El aire de los claustros
La Universidad Sancti Spiritus aparece de repente al girar una esquina: una fachada con el escudo de Carlos V, donde las hojas de acanto de los capiteles aún conservan un filo sorprendente para algo tallado hace siglos. Al cruzar la puerta el sonido cambia; los pasos resuenan en el patio y el murmullo de la calle queda atrás.
Aquí se enseñaban leyes o teología cuando muchas universidades actuales todavía no existían. En el claustro bajo hay un detalle que siempre llama la atención: el agua pasa entre los arcos y acompaña el recorrido con un sonido continuo, casi doméstico. Algunos dicen que es uno de los pocos claustros atravesados por un cauce natural. Sea o no el único, el efecto es claro: la gente baja la voz y camina más despacio.
El edificio conserva espacios históricos, con bancos de madera gastada y cátedras elevadas desde donde se daban las lecciones. Hoy el conjunto se usa con otros fines académicos, pero todavía se ven estudiantes entrando con mochilas, muchos llegados de otras ciudades vascas.
El sabor del valle
A mediodía, el sol cae de lleno en la plaza y la piedra empieza a devolver el calor acumulado. En una de las panaderías del centro envuelven pequeños dulces de chocolate en papel marrón. No son grandes, apenas del tamaño de una nuez, y suelen desaparecer en un par de bocados.
En el mercado aparecen con frecuencia productos de los caseríos cercanos. El queso Idiazabal —con su etiqueta de denominación— es el más fácil de encontrar. Cuando lo cortan, el olor es inmediato: leche de oveja, hierba seca, a veces un ligero toque de humo. Más de un vendedor repite el mismo consejo: probarlo cuando ha perdido el frío, cuando la pasta empieza a ablandarse un poco.
La plaza funciona como sala de estar del pueblo. A media tarde se mezclan jubilados que juegan a las cartas, estudiantes que atraviesan con prisa y familias que salen a dar una vuelta corta antes de volver a casa.
Bajo tierra
A pocos minutos en coche del centro está la cueva de Arrikrutz. El cambio es brusco: del verde del valle se pasa a una boca de roca fría donde la temperatura baja varios grados.
Durante la visita guiada llega un momento en que se apagan las luces. La oscuridad es total y lo único que se oye es el goteo del agua. Cuando la linterna vuelve a encenderse, aparecen estalactitas y columnas que han tardado miles de años en formarse. En algunas galerías se encontraron restos de oso de las cavernas, hallazgos que dieron bastante que hablar cuando se excavaron.
El recorrido subterráneo suele durar alrededor de una hora. Incluso en pleno verano conviene llevar una chaqueta ligera: dentro siempre hace fresco. Al salir, la luz del exterior parece exageradamente verde.
Desde esa zona parten senderos que suben hacia las montañas que rodean el valle. Algunos se internan en hayedos y ganan altura poco a poco hasta abrir vistas amplias sobre Oñati.
La noche que calla
En Semana Santa hay una procesión conocida aquí como la del Silencio. Suele celebrarse por la noche y transforma por completo el ambiente del centro. Las calles se llenan de gente, pero apenas se oye nada: solo el golpe seco de un tambor marcando el paso.
Las velas iluminan las fachadas y durante un rato todo parece otro, más antiguo. Cuando termina, el murmullo vuelve poco a poco a las calles y la gente se reparte por los bares a comentar la noche.
Cuándo ir y qué llevar
Los días cercanos a San Blas, a comienzos de febrero, el pueblo suele oler a chocolate y a queso recién hecho. Es una época tranquila, todavía invernal.
En agosto la cosa cambia. Entre semana todavía se puede pasear sin agobios por las calles principales, pero los fines de semana llegan muchas familias de ciudades cercanas y el movimiento se nota en las plazas y en los aparcamientos.
Si piensas subir caminando hacia Arantzazu por la senda del río, lleva buen calzado: hay tramos de piedra húmeda y alguna cuesta seria. Y si visitas la cueva, mete algo de abrigo en la mochila. Dentro la temperatura se mantiene fresca todo el año, aunque fuera el termómetro marque pleno verano.