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sobre Donostia/San Sebastián
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A las ocho de la mañana, la bahía está cubierta de una niebla fina que huele a algas y a pan recién hecho. Los primeros surfistas cruzan la ciudad en silencio, las tablas bajo el brazo, camino de la Zurriola. En la Parte Vieja, los camareros sacan mesas a la calle mientras algunos gatos merodean cerca de los contenedores de pescado. En esos minutos tempranos se entiende bien el turismo en Donostia San Sebastián: una ciudad que todavía respira tranquila antes de que el día se llene de gente.
El olor a mar y a manteca
La ciudad cambia bastante según desde dónde la mires. Desde el monte Igueldo, las casas se ordenan alrededor de la bahía como un collar de piedra clara. Desde la playa de la Concha, los edificios de finales del XIX y principios del XX levantan balcones de hierro y miradores acristalados que reflejan la luz del Cantábrico.
Pero se entiende mejor caminando. Cada barrio tiene su propio olor cuando vas despacio. La Parte Vieja mezcla vino blanco, ajo frito y humedad de piedra antigua. El centro huele a cafetería recién abierta y a tiendas que levantan la persiana. En Gros aparece otro registro: cera de tabla de surf, neopreno mojado, cerveza recién tirada al final de la tarde.
En el mercado de la Bretxa todavía es fácil ver a gente mayor comprando pescado temprano. Las kokotxas de merluza —esa parte gelatinosa bajo la barbilla— siguen siendo un producto muy buscado aquí. Suelen pagarse bien, como casi todo lo que llega fresco de la costa cercana. Es una conversación habitual entre puestos: cuánto ha entrado hoy y de qué puerto viene.
Cuando los tambores callan
Alrededor del 20 de enero la ciudad cambia de ritmo. La Tamborrada arranca a medianoche y durante un día entero los tambores resuenan por todos los barrios. Las sociedades gastronómicas, las compañías que desfilan y las cocinas que no paran forman parte del paisaje sonoro de esa jornada.
Curiosamente, uno de los momentos más tranquilos llega justo después. Al día siguiente quedan restos de confeti pegados al suelo y un silencio raro para una ciudad que ha pasado veinticuatro horas tocando tambores. Mucha gente pasea despacio, con cara de haber dormido poco. Si vienes en esas fechas, merece la pena quedarse un día más para ver ese contraste.
El arte de comer de pie
En San Sebastián comer muchas veces significa moverse. Entrar en un bar, mirar la barra, pedir algo rápido y salir al siguiente. El gesto se repite decenas de veces cada noche en la Parte Vieja.
La Gilda —piparra, anchoa y aceituna atravesadas por un palillo— suele citarse como uno de los pinchos más antiguos de la ciudad. Dicen que el nombre viene de la película de Rita Hayworth: salada, verde y con un punto picante.
Lo importante no es acumular platos sino coger el ritmo. Un txakoli servido desde cierta altura para que se airee, dos bocados apoyado en la barra y otra calle más. Las distancias aquí son mínimas y la costumbre es circular.
La ciudad que no duerme en agosto
En agosto Donostia se llena. Durante la Semana Grande hay conciertos, feria y un concurso de fuegos artificiales que ilumina la bahía varias noches seguidas. Al caer la noche, mucha gente se sienta en la arena de la Concha o de Zurriola mirando al cielo mientras las barcas del puerto quedan en sombra.
Aun así, por la mañana la ciudad vuelve a su rutina. A primera hora la Zurriola tiene surfistas en el agua, incluso después de noches largas. En el puerto se siguen preparando redes y revisando motores. Y en algunas esquinas de Gros todavía hay quien lee el periódico con un vermut corto antes de comer.
El funicular que sube a Igueldo
El funicular del monte Igueldo funciona desde principios del siglo XX. La subida es lenta, con bancos de madera y ventanillas que se abren con una pequeña palanca metálica. Mientras asciende, la bahía se va desplegando poco a poco detrás de los tejados.
Arriba la perspectiva cambia. La Concha parece dibujada con compás, Santa Clara queda en medio como una piedra verde y el oleaje marca una línea blanca contra la arena.
Si puedes, baja cuando ya ha oscurecido. Las luces del paseo marítimo empiezan a reflejarse en el agua y el Cantábrico se vuelve casi negro. Desde esa altura la ciudad pierde el ruido de las terrazas y vuelve a algo más antiguo: puerto, mar y casas mirando a la bahía.
Cuándo ir: Septiembre suele ser un buen momento. El agua aún guarda temperatura del verano y la ciudad recupera un ritmo más tranquilo.
Qué evitar: Las zonas de marcha alrededor de la Parte Vieja muy entrada la madrugada. Cambia bastante el ambiente y se parece poco a la ciudad que ves durante el día.