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sobre Errenteria
Entre montes y mar, tradición vasca y buen comer en cada plaza.
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A las ocho de la mañana, el río Oiartzun huele a agua fría y a pan recién hecho. Las panaderías de la calle Mayor abren temprano, y el vapor del café se mezcla con el olor a masa caliente que sale a la acera cuando alguien empuja la puerta. Es el momento en que el pueblo todavía va despacio: las fábricas del entorno aún no han arrancado del todo y en los bares hay gente apoyada en la barra, llamándose por el nombre mientras se toma un cortado rápido antes de ir a trabajar.
Piedra gris y luz sesgada
Las calles estrechas del centro tienen tejados que casi se rozan. Las fachadas de piedra tienen ese gris mate que deja la humedad atlántica después de muchos inviernos. Si pasas por la plaza de la Asunción cuando la luz entra de lado, la iglesia gótica parece más grande de lo que es: los contrafuertes proyectan sombras largas y las vidrieras colorean a ratos el suelo irregular.
El ayuntamiento está en el mismo sitio desde hace siglos, con escudos tallados en la fachada y un reloj de sol que muchos pasan por alto si no levantan la vista. Es uno de esos edificios que los vecinos ya no miran demasiado, pero que siempre ha estado ahí mientras el pueblo crecía alrededor.
En una de las casas antiguas del centro funciona un pequeño museo dedicado al traje tradicional. Dentro, las telas conservan ese olor leve a armario viejo y a naftalina. Hay vestidos de boda, mantones bordados y ropa cotidiana que recuerda una época en la que la ropa se arreglaba, se guardaba y acababa pasando de una generación a otra.
Merluza en servilleta
A mediodía, la calle San Juan cambia de ritmo. La gente entra y sale de los bares con bocadillos envueltos en servilletas. Aquí es común el bocadillo koxkero: merluza guisada con cebolla, pimiento y tomate, metida en pan crujiente. Es comida rápida de casa, de la que se come de pie o caminando hacia el trabajo.
En las pastelerías también se ven cajas de galletas muy finas, doradas, que se rompen con un chasquido seco cuando las muerdes. Mucha gente de la zona las asocia con los domingos en casa de los abuelos: café, conversación larga y una caja metálica que siempre estaba llena de esas pastas.
Cuevas cerradas
A poca distancia del centro urbano, el valle de Aizpitarte cambia completamente el paisaje. El terreno se abre y aparecen paredes de caliza cubiertas de musgo, con senderos que serpentean entre helechos. En varias cuevas de este entorno se encontraron pinturas prehistóricas con animales, hechas hace miles de años. Hoy no se visitan por dentro: están protegidas para evitar el deterioro.
Aun así, a veces se organizan recorridos guiados por el valle que llegan hasta las entradas. Desde fuera ya se intuye lo que debió de ser aquello: abrigo natural, agua cerca y un bosque espeso alrededor.
No muy lejos hay también algunos restos megalíticos, como el dolmen de Aitzetako Txabala. Es un conjunto de grandes piedras cubiertas en parte por tierra y hierba. El sendero que llega hasta allí es sencillo, aunque suele estar húmedo buena parte del año, así que conviene llevar calzado con suela decente.
Chupetes colgados
En julio llegan las fiestas de la Magdalena, cuando el pueblo cambia de ritmo durante unos días. Los gigantes y cabezudos salen a la calle y los niños participan en un pequeño rito que aquí se toma muy en serio: colgar el chupete del gigante para despedirse de él. Los críos hacen el recorrido con el chupete puesto y, al final, lo dejan colgado del traje del personaje.
Durante esas mismas fiestas también aparecen casetas de colectivos que llegaron hace décadas desde otras regiones, sobre todo del sur. En ellas se cocina, se baila y se habla con acentos distintos. Forma parte de la historia reciente de Errenteria, marcada por la llegada de muchas familias que vinieron a trabajar a la industria.
El ritmo del río
Errenteria no funciona bien con prisas. El río cambia de olor cuando la marea sube desde la ría, y en algunos tramos el paseo junto al agua es tranquilo, con bicicletas pasando despacio. Cerca queda el antiguo molino de Fandería, uno de esos lugares que recuerdan que aquí hubo ferrerías, agua moviendo ruedas y una economía ligada al hierro.
Si vienes en primavera, el valle cercano se llena de flores blancas pequeñas —muchos aquí las llaman txirlak— y el suelo suele estar húmedo después de la lluvia. El aire huele a tierra mojada y a hojas.
En verano buena parte de la gente se mueve hacia la costa cercana. El pueblo se queda más calmado entre semana. En invierno la lluvia aparece a menudo y las calles del centro reflejan las farolas cuando cae la tarde.
El domingo por la tarde el ambiente baja mucho y bastantes comercios cierran. Es mejor venir por la mañana o cualquier día laborable, cuando Errenteria está en marcha y se oye ese murmullo constante de gente que entra y sale de los portales, bicicletas cruzando el puente y conversaciones rápidas en euskera.