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sobre Hernani
Entre montes y mar, tradición vasca y buen comer en cada plaza.
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El olor a sidra derramada flota entre las mesas del frontón a las ocho de la mañana. Es el día después del txotx: botellas vacías, pan duro, algún plato olvidado en una esquina. En Hernani, la fiesta no se programa. Simplemente ocurre. A veces es martes.
Desde Zikuñaga, donde las casas se arriman al monte, se abre el valle: tejados de teja roja, la torre de San Juan y, más allá, los polígonos industriales que también forman parte del paisaje. Hernani vive entre ambas cosas. Entre el caserío antiguo y la nave metálica, entre el olor a pan reciente y el de hierro húmedo después de la lluvia.
Una muralla que todavía se nota
Las murallas medievales se conservan como una cicatriz: visible, sin disimularla demasiado. Caminar por aquí es pasar junto a coches aparcados contra piedra antigua y balcones donde cuelga la ropa tendida.
En la calle Nagusia, estrecha y algo torcida, las casas casi se tocan arriba. Las persianas de madera de algunos comercios crujen al levantarse. La iglesia de San Juan Bautista domina con esa presencia sobria de piedra oscura. Dentro suele haber poca gente: alguna vela encendida, un ramo sencillo de flores del campo cerca de un altar lateral, el silencio fresco que tienen las iglesias grandes incluso en verano.
En la plaza, a media mañana, es habitual ver a los de siempre sentados bajo un toldo jugando a las cartas. Nadie presta demasiada atención a quien pasa.
El monte que lo mira todo
El monte Santa Bárbara queda justo detrás del pueblo, elevándose poco a poco entre pinos y roble. No es una subida larga, pero sí constante. El sendero que utilizan muchos vecinos empieza entre casas y pronto entra en zona de bosque húmedo, donde el suelo suele estar cubierto de hojas y tierra oscura.
La caminata se hace en alrededor de una hora si se sube sin prisa. A mitad de camino aparecen claros desde los que ya se ve el valle del Urumea: el río serpenteando, las naves industriales brillando cuando les da el sol, y la línea urbana de San Sebastián insinuándose a lo lejos.
Arriba, el viento suele soplar con más fuerza. En días despejados, algunos aseguran que llega a verse el mar como una franja azul fina en el horizonte.
Si vienes después de varios días de lluvia —algo frecuente aquí— conviene llevar buen calzado: el barro aparece rápido en los tramos de tierra.
El caserío de Chillida
A las afueras del núcleo urbano, entre prados suaves y manzanos, está Chillida-Leku. El museo se organiza alrededor del caserío Zabalaga, una construcción antigua restaurada donde Eduardo Chillida encontró el lugar adecuado para trabajar sus esculturas a escala grande.
Las piezas de hierro y granito se reparten por el césped sin demasiada distancia entre ellas. Algunas parecen muy pesadas incluso a varios metros; otras juegan con el vacío y con la luz que atraviesa sus huecos. Cuando el cielo está gris —algo habitual en la zona— el metal oscuro contrasta con el verde del prado de una forma muy particular.
Dentro del caserío, las salas mantienen la madera vista y una luz bastante suave. Afuera, si el día está tranquilo, se oye el viento pasando entre las piezas de acero y, de fondo, algún mugido de las vacas de los prados cercanos.
Conviene consultar los horarios antes de ir, porque varían según la época del año.
Sidra, barriles y conversación
En Hernani la sidra no es una atracción: es una costumbre. Durante la temporada del txotx —normalmente en los primeros meses del año— muchas sidrerías de los alrededores abren los barriles de la nueva cosecha.
El ritual es sencillo. Alguien grita “txotx”, se abre el tonel y la sidra sale en un chorro fino. La gente se acerca con el vaso, lo llena lo justo y lo bebe de un trago antes de volver a la mesa o quedarse charlando junto a los barriles.
La comida suele seguir un orden bastante reconocible: pescado, tortilla de bacalao o algún plato similar, y después carne a la brasa que llega en bandejas grandes para compartir. El pan es de hogaza, con corteza gruesa y miga húmeda. Las conversaciones se mezclan entre euskera y castellano y el ruido de los vasos chocando.
Si vas solo o en pareja, es habitual acabar sentado junto a otras personas. Forma parte del ambiente.
Cuándo ir y cómo moverse
En primavera el valle está especialmente verde y los senderos alrededor del pueblo se disfrutan más. También coincide con la época en la que muchas sidrerías están abiertas.
En verano el ambiente cambia. San Sebastián queda muy cerca y algunos fines de semana aparecen más coches buscando dónde aparcar antes de seguir hacia la costa.
El núcleo antiguo se recorre mejor a pie. Las calles son estrechas y a veces cuesta encontrar sitio para dejar el coche cerca, así que mucha gente opta por aparcar en zonas más amplias a las afueras y entrar caminando.
Desde San Sebastián hay conexión frecuente en transporte público y el trayecto es corto.
Si te quedas hasta el anochecer, cuando las luces empiezan a encenderse en las sidrerías y el aire del valle se vuelve más fresco, el pueblo recupera un ritmo más pausado. Se oyen conversaciones en las terrazas, alguna puerta que se cierra, y el eco lejano del río bajando hacia el mar.