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sobre Lezo
Entre montes y mar, tradición vasca y buen comer en cada plaza.
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El tren que une Irún con San Sebastián para en la estación de Lezo‑Rentería, a los pies del Jaizkibel. Desde allí hasta el casco antiguo hay un paseo de unos quince minutos y, aunque la distancia es corta, el cambio de pendiente se nota enseguida: el pueblo se apoya en la ladera. Desde el andén se ve el monte casi encima y el mar se intuye detrás de los muelles de Pasajes. Lezo no es un pueblo costero; está un paso hacia dentro, mirando a la costa más que viviendo en ella.
El monte que lo explica todo
El Jaizkibel marca la geografía y, en buena medida, la historia de Lezo. Con algo más de cuatrocientos metros de altura, es el último relieve del Pirineo antes de caer hacia el Cantábrico. Compartido con Pasajes y Hondarribia, durante siglos fue un punto estratégico: desde sus lomas se vigila la entrada a la bahía de Txingudi y a la desembocadura del Bidasoa.
En este entorno creció Lezo, ligado al puerto cercano de Pasajes. Aquí fue bautizado Blas de Lezo, el almirante que defendió Cartagena de Indias en 1741. Había nacido en Pasajes, pero su familia tenía relación con la parroquia local, y su apellido quedó asociado al lugar.
El término municipal apenas tiene cursos de agua importantes: pequeños arroyos que bajan del Jaizkibel y terminan en el Oiartzun. El asentamiento siempre fue modesto. Hoy viven aquí algo más de seis mil personas y, aunque la continuidad urbana con Errenteria y Oiartzun puede dar otra impresión, Lezo mantiene una escala de pueblo.
La iglesia y la romería del Santo Cristo
La parroquia de San Juan Bautista es el edificio principal del casco antiguo. La torre se levanta sobre una fábrica del siglo XVI, aunque el conjunto ha pasado por reformas posteriores. No es un templo monumental, pero ocupa el centro simbólico del pueblo.
Durante mucho tiempo la vida religiosa de Lezo se repartía entre esta parroquia y la ermita del Santo Cristo, situada en el monte, a cierta distancia del casco urbano. Hasta allí sube cada 14 de septiembre una romería muy arraigada en la zona. Se sabe que ya existía en el siglo XVII, cuando Lope de Isasti —sacerdote, cronista y figura conocida en la Gipuzkoa de su tiempo— estaba vinculado a la parroquia y a la administración de los astilleros reales que funcionaban en el entorno de Pasajes.
Los astilleros desaparecieron hace siglos, pero la subida al Santo Cristo sigue formando parte del calendario local.
Calles y casas del casco antiguo
Lezo no es un lugar de grandes edificios históricos. El interés está más bien en el conjunto: calles estrechas, algunas casas con escudos y bastantes ejemplos de arquitectura popular guipuzcoana.
En varias viviendas aún se conservan balcones corridos de madera y corredores orientados al sur. Esa orientación tenía un sentido práctico: aprovechar el sol y el aire para secar pescado procedente del puerto cercano. Durante generaciones, muchos vecinos trabajaron en la pesca, en los astilleros o en actividades relacionadas con el puerto de Pasajes.
El pintor Elías Salaverria dejó una imagen muy reconocible de ese mundo en su cuadro La procesión del Corpus, premiado en la Exposición Internacional de Múnich de 1913. La obra se conserva en la iglesia de San Juan. No siempre está visible; cuando el templo está abierto se puede ver colgada en un lateral.
Cómo llegar y recorrer el pueblo
Lezo está muy cerca de San Sebastián y de Irún, conectado por carretera con ambas ciudades. El acceso habitual es la N‑121A, desde la que salen los desvíos hacia el núcleo urbano. En determinados momentos del año puede costar encontrar sitio para aparcar en el centro, así que muchos visitantes dejan el coche en las zonas de acceso y entran andando.
También se puede llegar en tren hasta la estación de Lezo‑Rentería. Desde allí el paseo hasta el casco antiguo se hace en unos quince minutos.
El núcleo histórico se recorre con calma en una hora aproximadamente. La plaza de la Constitución y las calles que suben hacia la parroquia concentran la mayor parte de las casas antiguas. Si te interesa la arquitectura tradicional, conviene fijarse en los balcones y corredores de algunas viviendas de calles como Zubieta.
Para caminar un poco más, el sendero que sube a la ermita del Santo Cristo sale del propio pueblo y gana altura de forma progresiva. Desde arriba se abre la vista hacia el valle del Oiartzun y, en días despejados, hacia la costa.
El Jaizkibel está lleno de caminos que se cruzan entre sí. No todos están señalizados, así que conviene llevar agua y mirar bien el tiempo antes de subir: en este monte las nieblas pueden entrar rápido desde el mar.
Un pueblo que sigue funcionando
Lezo no vive del turismo. El centro tiene comercio cotidiano, servicios básicos y la vida habitual de cualquier localidad pequeña de Gipuzkoa. Las fiestas más conocidas giran en torno al Santo Cristo en septiembre y a otras celebraciones tradicionales del calendario local.
Más que un lugar pensado para el visitante, es un pueblo que sigue su ritmo. Y quizá por eso resulta fácil entender su relación con el entorno: el monte detrás, el puerto cerca y una historia que siempre ha estado ligada a ambos.