Artículo completo
sobre Pasaia (Pasajes)
Cantábrico, acantilados y sabor marinero en el corazón vasco.
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las redes de pesca cuelgan del techo del puente como cortinas de nylon naranja. Es martes, cerca de las nueve de la mañana, y el interior de la bahía de Pasaia huele a gasoil reciente y a sardina. Los barcos de cerco han amarrado hace poco en Pasai San Pedro y los marineros suben cajas de plástico azul con una cadencia que aquí se repite desde hace generaciones: sin prisa aparente, como si el reloj verdadero fuese la marea.
Desde el muelle, la hilera de casas de Pasai Donibane se encarama en la ladera como si alguien hubiera rociado colores suaves contra la piedra. Verde agua, rosa apagado, amarillo gastado por la humedad. Son casas estrechas, con balcones muy próximos entre sí. En algunas ventanas aún cuelgan macetas de geranio y ropa tendida que se mueve con la brisa de la ría. Hace no tanto, en una fachada había un cartel de madera que pedía silencio a los inquilinos. El cartel ya no está, pero la advertencia sigue teniendo sentido.
Aquí no hay playa abierta al mar. El agua llega hasta el muro de piedra y el viento se cuela por cualquier esquina. Aun así, cuando aprieta el calor, es habitual ver a chavales saltando desde el espigón mientras las abuelas conversan en euskera sin quitar ojo al agua. La bahía funciona como un patio interior largo y estrecho donde conviven cuatro barrios —Donibane, San Pedro, Antxo y Trintxerpe— y varios siglos de vida marinera.
El olor a txipiron y el ritmo del puerto
A primera hora, cerca de la lonja de San Pedro, se oyen voces cortas y golpes de cajas contra el suelo húmedo. El pescado cambia de manos rápido y luego desaparece hacia furgonetas o cocinas. En la plaza cercana, algunos vecinos se paran a comer algo caliente apoyados en la pared, con el papel manchado de grasa y pimentón.
La cocina de la zona gira alrededor de lo que llega del mar: chipirones pequeños, merluza, centollo cuando es temporada, bacalao trabajado con paciencia. No hace falta ponerse solemne: basta con sentarse donde lo haga la gente del puerto y dejar que el olor a plancha y a sal haga lo suyo.
Si se quiere entender Pasaia, conviene caminar junto al agua. El paseo que bordea la bahía permite ver las dos orillas muy de cerca: talleres, pequeñas embarcaciones, fachadas que casi se reflejan en el agua oscura. Para cruzar de San Pedro a Donibane, lo habitual es tomar la barca motora que va y viene continuamente de un lado al otro; el trayecto dura apenas unos minutos y forma parte de la rutina diaria del pueblo.
En San Pedro, junto al muelle, suele trabajar un grupo de carpinteros reconstruyendo el galeón San Juan, un ballenero del siglo XVI que se hundió en Terranova. La estructura de madera crece poco a poco. Cuando el viento cambia, el olor a resina se mezcla con el del puerto.
La subida que compensa (y la que no)
Desde San Pedro sale el camino hacia el faro de la Plata. Son unos tres kilómetros de subida suave entre eucaliptos, zarzas y tramos de sombra donde la tierra suele permanecer húmeda incluso en verano. El faro es discreto, casi utilitario, pero lo interesante ocurre antes de llegar: al girarse se abre toda la boca de la bahía, con los barcos moviéndose despacio y los tejados de chapa algo oxidados.
Si el día está limpio se distingue Donostia al fondo, con el perfil del monte Igueldo cerrando el horizonte. El ruido constante es el de las olas chocando contra la escollera.
Más largo es el sendero que se adentra por Jaizkibel en dirección a Hondarribia. La ruta recorre la cresta durante varios kilómetros, con viento casi siempre y ovejas desperdigadas entre la hierba. Hay tramos de barro después de días de lluvia y alguna pendiente que obliga a mirar bien dónde se pisa. Conviene llevar agua y algo de comida: arriba no hay servicios ni refugios.
Cuando el pueblo cambia de ritmo
A finales de agosto, las fiestas del Santo Cristo de Bonanza transforman Donibane durante unos días. Aparecen mesas largas en las calles, música de charanga y olor a fritura que sale de portales y sociedades gastronómicas. Es uno de esos momentos en que regresan muchos vecinos que viven fuera y el barrio vuelve a llenarse de caras conocidas.
La noche de San Juan, alrededor del 23 de junio, también tiene su liturgia. En zonas de Antxo o Trintxerpe suelen encenderse hogueras junto al agua. La gente se acerca con sardinas, pan, algo de beber y conversa hasta tarde mientras el humo sube recto si la noche está en calma.
La casa de Víctor Hugo
En 1843, Víctor Hugo pasó una temporada en Pasai Donibane. En su cuaderno dejó escrito que aquello era “un anfiteatro de agua y piedra”. La casa donde se alojó sigue en la calle San Juan, con fachada ocre y balcón de hierro. No funciona como museo: es una vivienda. Aun así, una placa recuerda el episodio y muchos se detienen un momento a mirar la ría desde ese punto.
A pocos pasos está la iglesia de San Juan Bautista. Dentro hay un retablo barroco dorado que cambia mucho con la luz de la tarde. Cuando el sol entra por las ventanas laterales, la madera brilla y el interior se llena de reflejos cálidos. Si coincide con una misa en euskera, lo que más se percibe es el eco de las voces y el crujido de los bancos.
Cómo llegar y cuándo acercarse
El autobús A1 conecta Donostia con Pasai San Pedro y suele tardar algo más de veinte minutos, según el tráfico de entrada a la ciudad. En coche conviene dejarlo en las zonas de aparcamiento de Antxo o cerca de la estación y continuar andando o cruzando en barca; las calles de Donibane son estrechas y el espacio es limitado.
En agosto hay bastante movimiento, sobre todo los fines de semana. Entre semana, por la mañana temprano o a última hora de la tarde, el ambiente vuelve a parecerse más al del puerto de siempre.
La luz más bonita suele caer hacia las siete u ocho de la tarde, cuando el sol entra por la boca de la bahía y las fachadas de Donibane se vuelven de un rosa suave, casi melocotón. Desde el muelle se oye el golpeteo de los mástiles y el murmullo del agua contra la piedra. Es un momento breve, pero explica bien por qué este lugar ha retenido a tanta gente durante siglos.