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sobre Abadiño (Abadiano)
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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Abadiño es como cuando quedas con un colega para “dar una vuelta rápida” y acabáis en el monte sin haberlo planeado. Está a un salto de Bilbao, pero el ambiente cambia rápido: menos tráfico, más caseríos, y montes que parecen estar vigilando el valle desde arriba.
En poco más de media hora desde la Gran Vía llegas a un sitio donde todavía se ven pruebas de arrastre de piedra con bueyes y donde hay una cueva con restos de gente que vivía aquí miles de años antes de que alguien pensara en hacer carreteras. Ese contraste —tradición rural y montañas muy serias alrededor— explica bastante bien lo que es Abadiño.
Urkiola, cuando el paisaje se pone serio
A Urkiola a veces lo venden como la “pequeña Suiza vasca”. Lo habrás oído mil veces en folletos. Pero la comparación se queda corta y, sobre todo, un poco artificial.
Subes por la BI‑623, dejas atrás la zona industrial de Abadiño y el paisaje cambia de golpe. Las paredes de roca aparecen casi sin aviso, el valle se estrecha y el verde se vuelve más oscuro. Es de esos sitios donde el coche parece pequeño entre tanta piedra.
El Parque Natural de Urkiola ocupa una buena parte del municipio, así que no hace falta organizar una expedición para pisar monte. Sales a dar una vuelta y en diez minutos ya estás en un sendero.
Una caminata bastante habitual es la de los llamados Santos Antonios. Empieza cerca del santuario y se mete entre hayedos y peñas durante unos cuantos kilómetros. No tiene misterio técnico, más bien es el típico paseo que se alarga si te entretienes mirando el paisaje o parándote a hablar con gente que va subiendo.
La torre de Muntxaraz
En el barrio de Muntxaraz hay una torre antigua que parece sacada de otra época. No es una reconstrucción ni una decoración para turistas: es una de esas torres defensivas que se levantaban en la zona hace siglos, cuando cada valle tenía sus propias disputas.
El camino hasta allí es corto y pasa entre prados y caseríos. Mientras subes es fácil sentirte un poco observado por las vacas, que aquí suelen mirar al visitante como si estuvieran evaluando qué hace paseando por su terreno.
La torre está protegida como patrimonio, así que no se puede entrar. La gracia está más en el entorno y en imaginar cómo sería vivir ahí cuando el valle no tenía carreteras ni polígonos.
Por la zona también circula alguna historia curiosa. Se cuenta que en el Amboto, la montaña que domina todo el Duranguesado, habitan seres de la mitología vasca. Entre ellos los llamados Ximelgorris, unos duendecillos algo traviesos ligados a viejas leyendas del lugar. No esperes verlos, claro, pero forma parte de esas historias que la gente del valle ha escuchado desde críos.
Comer en Abadiño: cocina de valle
Aquí la comida va bastante al grano. Bacalao con salsa vizcaína, talos recién hechos en ferias, queso Idiazabal que huele fuerte y sabe mejor. No hay demasiadas vueltas modernas.
Si coincide alguna feria ganadera o jornada popular, es fácil encontrarse con puestos de talo con chistorra y exhibiciones de arrastre de piedra con bueyes. Es un espectáculo raro si no lo has visto nunca: animales enormes tirando de una piedra descomunal mientras la gente alrededor anima como si fuera un partido.
Y el txakoli, claro. Fresco, un poco ácido, y traicionero si te despistas con las copas.
Un pueblo que funciona mejor como plan de día
Voy a ser claro: Abadiño no es un sitio para organizar tres días enteros de turismo. Funciona mucho mejor como plan de jornada.
Subes por la mañana hacia Urkiola, haces una caminata tranquila, bajas al valle a comer algo contundente y te das una vuelta por los barrios. Al final del día te vuelves a casa con la sensación de haber salido del ruido de la ciudad sin haberte metido una paliza de kilómetros.
Tiene unos siete mil y pico habitantes, vida de pueblo real y un ritmo bastante más calmado que el de Durango, que está al lado.
Un consejo de amigo: si puedes elegir, ven en primavera. El valle está especialmente verde, el monte huele a humedad y todavía no hay tanta gente subiendo a Urkiola. Y si pasas por el santuario, fíjate en la famosa piedra que hay cerca. La tradición dice que si la rodeas varias veces encontrarás pareja en menos de un año.
Yo, por si acaso, la miré de lejos y seguí caminando. No sé si funciona, pero en el Duranguesado llevan siglos contándolo.