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sobre Durango
Valles y caseríos a un paso de Bilbao, con mucha vida local.
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A primera hora de la mañana, cuando todavía hay poca gente cruzando la plaza de Santa Ana, el aire suele oler a pan recién hecho y a humedad del río. Las persianas de muchos comercios siguen medio bajadas y el sonido que más se repite es el de las campanas de Santa María de Uribarri marcando la hora. Durango se despereza así, sin prisa, con esa mezcla de ciudad pequeña y cabecera de comarca donde siempre hay alguien atravesando la plaza camino de algún recado.
El casco viejo conserva el trazado medieval: calles rectas, portales profundos y soportales que se agradecen cuando llueve, algo bastante habitual por aquí. Las murallas desaparecieron hace siglos, pero el Arco de Santa Ana sigue en pie desde el XVI. Durante mucho tiempo fue una de las entradas al recinto amurallado y hoy funciona casi como una frontera simbólica: detrás queda el tráfico que rodea el centro; delante, las calles donde la vida va más despacio.
La cruz que no olvida
A pocos minutos andando aparece uno de los elementos más conocidos de Durango: la Cruz de Kurutziaga. Está tallada en piedra oscura y alcanza algo más de cuatro metros de altura. La colocaron a finales del siglo XV y su relieve está lleno de figuras que obligan a acercarse despacio para entender qué se está mirando: escenas religiosas, criaturas extrañas, símbolos que remiten a un tiempo bastante más áspero que el actual.
La cruz suele relacionarse con los episodios de persecución por herejía que se vivieron en la villa en el siglo XV. Hoy se conserva protegida dentro de un pequeño edificio para evitar que la piedra siga deteriorándose. A mediodía, cuando la luz entra lateral por las ventanas, las figuras se llenan de sombras y el relieve se vuelve mucho más fácil de leer.
El sabor que no cambia
Si hay un día en el que Durango huele distinto es el de San Blas, a comienzos de febrero. La plaza y las calles cercanas se llenan de puestos y parrillas donde se asa chorizo mientras la gente camina con talos calientes doblados en la mano. El talo —una tortilla gruesa de maíz— se abre, se mete dentro el chorizo recién hecho y se come de pie, normalmente con las manos manchadas de grasa y pimentón.
Suele llover o, como mínimo, hacer frío. Por eso mucha gente se refugia bajo los soportales mientras sigue comiendo. El humo de las parrillas se queda atrapado entre las fachadas y durante horas todo el centro huele a leña y embutido.
El río que lo nombró todo
El Ibaizabal atraviesa Durango con un ritmo tranquilo. Desde el puente de Santa Ana se ve el agua pasar entre árboles y pequeñas orillas de hierba, con la silueta de las montañas del Duranguesado al fondo cuando el cielo está despejado.
A lo largo del río hay un paseo que permite caminar o pedalear varios kilómetros casi sin salir del verde. A ratos aparecen restos de antiguas infraestructuras ligadas a molinos o pequeñas presas. En otoño el suelo se cubre de hojas de castaño y roble, y algunas zonas se vuelven resbaladizas; conviene llevar calzado con buena suela si ha llovido el día anterior.
Cuándo acercarse con calma
Durango tiene bastante movimiento comercial durante todo el año, y los fines de semana el centro suele llenarse de gente de la comarca. Si prefieres verlo con más tranquilidad, lo mejor es venir entre semana y a primera hora de la mañana o ya al caer la tarde.
En los días despejados de otoño la luz baja desde la sierra de Anboto y tiñe de naranja las fachadas del casco viejo. A esa hora la plaza vuelve a quedarse medio en silencio y se oyen conversaciones sueltas bajo los soportales. Es un buen momento para entender el ritmo real de la villa: menos fotografía y más vida cotidiana.